Guardar en la agenda
Supongo que todo habría ido bien si yo no hubiera cruzado la línea. Si me hubiera ceñido al plan acordado. Si jamás me hubiera enamorado.
Ignoro cuánto tiempo ha pasado desde que nos intercambiamos los móviles. Con agenda y número incluidos. A efectos telefónicos yo sería ella y ella sería yo, para todo lo demás supongo que mi vida era como siempre.
Colgué ese anuncio en Internet simplemente para probar. Era una tarde de esas aburridas en las que poco hay que hacer más que pensar en uno mismo. En ese momento me pareció una buena idea. Yo acaba de romper con mi novia, y la mayoría de los amigos eran comunes. La verdad es que nunca tuve eso que se conoce como “un amigo de verdad”.
Siempre me habían gustado esos libros en los que el protagonista lo dejaba todo y se marchaba, muy lejos, sin rendir cuentas a nadie… Lástima que yo no tuviera el valor que caracterizaba a esos personajes. Tenía un trabajo que mucho me había costado conseguir como para dejarlo sin más; un casa preciosa, con un balcón bañado por el sol anaranjado que se derrama por la Plaza de Santa Ana; y unos padres que, aún siendo como suelen ser normalmente unos señores prácticos a los que la edad les ha vuelto más conservadores que progresistas, no se merecían mi desaparición unilateral. No después de lo que habían hecho por mí.
Recuerdo el día que me inventé la excusa de que me habían robado el teléfono, y que mientras recuperaba mi tarjeta usaría un numero viejo que tenía por casa de una vez que necesité tener una línea distinta a la habitual. Aunque para mis adentros sabía que ese número no era algo temporal, sino más bien un cambio en mi suerte.
Como mujer que era, mi cómplice en la fuga tenía la agenda repleta de números, muchos de ellos supongo que meros dígitos sin valor. Pero en mi caso, todos significaban lo mismo. Eran nombres, y ninguno me decía más que otro. Me gustó la idea de que mi agenda pasara a estar formada por letras con las que nunca hablaba, a nombres preciosos de mujeres que en algún momento podrían llamarme. Nunca se me dio bien eso de “pedir el número”. Y ahora me habían sido entregados todos los que nunca pedí. Como una especie de favor devuelto por un ser supremo. Como un caramelo envuelto en papel de seda.
Mi perdición fue enamorarme del único número que no estaba en la agenda. Me daba miedo llamar y que ella ya se hubiera ido. Que mi número sirviera de suerte a otra persona que jamás había visto. En ese momento me di cuenta de que había entregado algo más que un número y una agenda.
Ahora nunca marco, y siempre que me llaman cuelgo. Quizá por eso ya no me da miedo pedir el teléfono.
Posted: May 9th, 2008 under Historias pixeladas.
Comments: 1
Comentarios
Comment from RWO
Time: 12 May, 2008, 7:32 am
Necesitas mi chorva-agenda?













Write a comment