por Gustavo Bravo

 

July 2008
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vinilos y CDs

Mi etapa de comprar CDs fue bastante breve. La recuerdo como una transición entre las cintas y el vinilo, mientras inventaban algo que pudiera llevar en el bolsillo sin que éste explotara o sin que la música saltase con cada paso que daba. Para cuando se consiguió yo ya tenía en mi manos un reproductor de Minidisc, donde pude grabar muchos de mis vinilos y hacer mis primeros intentos de mixtapes. Me sirvió para hacer muchas entrevistas, mezclas y traspasos de audio, y me resistí a abandonarlo incluso cuando no cerraba bien y me veía obligado a ponerle una goma elástica a presión.

Hoy me he encontrado con un artículo en Elpais.com en el que Iñigo López explica algo que sentimos los que compramos vinilo desde hace tiempo: que ni el CD terminó con las ediciones en 12″ y que su desaparición en realidad no comenzó nunca. Otra cosa muy distinta le está ocurriendo al CD con el MP3, y es que a los que consumen música en vez de coleccionarla poco les importa la calidad de la misma, y el CD está ya superado por el mp3 en casi todo (comodidad, rapidez, portabilidad…)

Después de probar todos los formatos inventados, y ver como mi Walkman evolucionaba hasta rebobinar en segundos y encontrar los cortes de canciones, mi primer Discman pasaba a coger polvo en la estantería y mi reproductor de Minidisc era derrotado con todas sus heridas por mi primer iPod. He llegado a la conclusión de que el futuro de la música pasa por venderse en Vinilo con descargas mp3 para los que queremos coleccionarla, y en mp3 para los que simplemente quieren consumirla.

Me di cuenta de todo esto el día que se me rompió un CD y me importó poco menos que una mierda, y lo notaré más aún el día que se me rompa un vinilo y me eche a llorar, porque tardaré otra vida en volver a encontrarlo.

—-

  • En la imagen, el segundo Lp de Sólo los Solo, Quimera, en sus ediciones en CD, Triple LP y Triple Lp instrumental. Al fondo, el Lp One Word Extinguisher, de Prefuse 73, en su versión en CD, Doble LP y los Extinguished: Outtakes en LP.
  • Nada suena como un vinilo.

Te cambio el azul por el naranja

Ayer en el Café Central tuvimos la suerte de coger el último tren a Lisboa, mientras el maquinista daba el último aviso, y apresurados románticos se colaban en sus vagones como podían…

El tren en sí parecía querer hacer escala en algún planeta anaranjado, con doce gajos como las buenas mandarinas. Y entre las vías se podían ver cinco líneas de pentagramas que jugaban a ver cual llegaba antes a darse un baño en la fuente de la plaza empedrada.

Cuando era niño, Javier Colina le pidió una guitarra flamenca a los reyes magos, pero éstos le trajeron un contrabajo. Como él nunca había visto una pensó que no había ningún error, y acepto el regalo con mucha ilusión, sin saber que lo que tenía que abrazar era un instrumento de seis cuerdas, y no de cuatro, como el que él tenía.

Cuando le dijeron que los reyes no existían decidió seguir tocando, aunque con un sabor un poco más agridulce. Eso sí, sin cambiar de color. Los atardeceres son naranjas existan los reyes o no.

Habiéndose dado cuenta de esto, se encontró un día con un niño tocando en plaza algo que sonaba más bien como un saxofón, mezclando colores de amanecer y acordes veraniegos salpicados en sal.

Vaya, creí que era un saxo - dijo Javier.

El niño, atónito, dejó de tocar y le respondió malhumorado - Pues claro que lo es. ¿Qué crees que es si no?

Su enfado era más que lógico. Pues él le había pedido a los reyes un saxofón, y eso deberían de haberle traído. Aunque lo que Antonio Serrano estaba sujetando era en realidad una armónica.

Cuando ambos se dieron cuenta de lo que estaba pasando ya no había vuelta atrás. Estaban creando atardeceres de acuarela en el escenario del Café Central, y aunque sus instrumentos fueran los equivocados y fuera se padeciese una noche más bien fría, los demás buscábamos la sombra en la que protegernos del sol que se derramaba por las ventanas.

Cayendo

Es como dos personas sentadas, mirando al infinito, sin hablar ni escuchar, sin pensar. Es un mensaje sin contestar a las dos de la madrugada. Es un café solo deprisa y corriendo, de pie y en la barra, en medio de una cafetería a 20 metros enterrada. Es abrazar el vacío cuando despiertas porque no hay nada al otro lado de tu cama.
Son miles de citas con nadie. Mujeres que vienen y que se llevan algo de ti sin dejarte nada más a cambio que aire, polución sucia y lamentable. Es mirar la hora en el móvil con la excusa de imaginarte que te ha llamado alguien.

Una canción en braille.

Es no tener sitio en tu oficina. Que nadie te de lo buenos días. Que nadie te sujete la puerta. Que te retiren el plato mientras terminas. Son dos hielos en un tubo, un codo en la barra y lágrimas como pupilas, porque bebes a escondidas. Lo que le dijo la naranja a la mandarina. Chocarte contigo mismo al doblar la esquina.

Como el que escribía lo que nadie leía. Como el que sólo se leía a sí mismo. Es la gente pudiente inqueriente, y la gente que quiere y no puede. Una vez vi a un tipo que se reía.

Componer música que nadie escucha. Tener un amigo para cada cosa que hagas. Que un amigo te diga que no tiene ganas…

Tropezar en el metro. Escribir después de mucho tiempo sin hacerlo. Tocar muy lejos en la noche una canción perdida en tu cuerpo. Pensar que duermo. Intentar anotar lo que no recuerdo.

Es usar películas y libros para llenar los huecos que nadie llena. Anestesiarte a partir del arte de otros, que no tuviste la suerte de encontrarte antes de que tiraran la toalla del ánimo. Poema inválido de suspiros pálidos. Así podríais ser felices como el resto de los acompañados y no hablar sobre nada. Inventar la palabra incálido. Ser feliz como cuando no había reloj. Dejar de torturarte porque algo se acaba o porque no era como lo habías pensado. Jugar con tu cuello al ahorcado.

Que te dejen por teléfono, por mail o por mensajes. Quien quiera que inventara eso debería estar más solo que nadie.

Es como que te ocurra algo increíble, y mirar a ambos lados en balde. Ni un alma para compartirlo… ni unas hojas donde escribirlo… ni una cámara donde plasmarlo. Sólo un cigarrillo roto y un móvil sin batería ni saldo.

Hojas de un árbol hundiéndose en un charco, extraños que te sonríen por un momento, pero que se marchan por donde venías andando.

Es una canción en los cascos… que molesta al de al lado. Es un vagón de metro vacío. Una voz que te llama. Sonreír fozado. Leer novelas en la cama. Quedarte un viernes en casa… Dormir pensando en mañana.
Imaginar que lo que ves son las imágenes del videoclip de la canción que escuchas, y que lo que esté sonando sea Delicate de Damien Rice en modo random, mientras caminas por el paseo marítimo de cualquier sitio olvidado. Un vaso de ginebra de un trago. Un barco encallado en tu regazo.

Que la manta no te cubra los pies. Sentir el frío de tu maldad. Caminar si hace sol y mojarme. Esperar a que llueva para ducharme. Descansar de la verdad. Pensar sin querer que estoy muriendo.

La soledad es describir la soledad. 1000, 900, 800, 700, 600… y cayendo.

Feliz Navidad y próspero… desarme nuclear

  • Adornos navideños de la calle Príncipe de Vergara de Madrid