por Gustavo Bravo

 

July 2008
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Historias de Club

Es Azul ¿lo oyes?

Te alza un escenario. Huele a café con humo. Colores tosen polvo del aire en el café Central. Billie holiday telonea desde los altavoces de las esquinas. Telarañas de viudas grises. Vienes a un concierto de Jazz para olvidar esa llamada de teléfono. Todo lo que oigas es mentira. Superman murió axfixiado como López Vázquez en la cabina, nada de criptonita. Cacique con Coca-Cola. Los móviles tendrán puertas de cristal cuando nos importe más nuestra conversación que la de los demás. Recientemente he oído un fá sostenido ¿Quién lo desostendrá?. Para Thelonious era Evidence. Para mí era la primera fila. Prácticamente esquivando la mandarina del saxofonista.

A veces, cuando me apetece jazz, me paso por el Central. El jueves fui con Jose. Buscábamos a mi profe…

Puertas de cristal separan mundos. El frío de la calle y el calor de los acordes de Reggie Moore. Un pianista neoyorquino bastante excéntrico en aspecto, aunque capaz de encontrar las melodías que el piano custodia receloso para sus adentros. La garganta del saxo carraspea. Tengo la sensación de haber vivido esto antes. Aunque sé que eso es mentira. Es sin duda uno de los mejores conciertos de jazz que he visto en mi vida. Pero no puedo ser objetivo. Mi profesor de percusión está dando lecciones desde la batería.

Polvos de talco en las manos y la darbuka nos saca de las sillas. Al menos en nuestra mente de menta. El óxido de los metales no afecta a las clavijas del saxo tenor dorado. Ni siquiera del soprano, cuando nos interpreta un réquiem por una niña perdida. El humo y los cafes vuelan en dos horas. Toda la gente está sorprendida, excepto los que ya vinieron ayer y hacen trampas. Ojalá pudiera hacerlas yo y volver antes del domingo que es cuando se acaba…

Historias de club

Siempre pasa que cuando estás buscando algo por la habitación encuentras algo que buscaste otro día y que retiene tu atención lo suficiente como para que te sientes en la cama y te abstraigas a los recuerdos que te evoca eso que acabas de coger, que haces girar entre tus dedos, que manoseas como si fueras ciego, porque se nublan los ojos y el cerebro enfoca hacia dentro de tu cabeza… Empieza la película.

Un flyer de cartón del tamaño de una tarjeta de crédito me lleva de viaje 3 años atrás. Me hace recordarme cargado con maletas, bien abrigado, con el corazón a 100 por hora… Era el gran día. El primero; y nadie debía darse cuenta de ello.

Lo de a nadie le importa lo que piensen los demás es algo que suele repetirse la gente a la que más le importan ese tipo de cosas. Por aquel entonces ya me importaban menos, pero todavía me importaban.

El garito se encontraba en la calle Sagasta, entre Alonso Martínez y la Glorieta de Bilbao, un lugar muy poco apto para la música que yo traía en mi maleta, con la que yo, iluso de mí, había prometido a los dueño que llenaría el local durante las horas que habíamos acordado.

Era una oportunidad de esas que no puedes dejar escapar. Daba igual cuantas cosas hubiera que inventarse. Yo solo quería pinchar, quería empezar de una vez con esto. Pasar el mal trago, y darme cuenta de una vez por todas de que no tenía ni idea para así poder empezar a aprender. Cuantas emociones juntas. Recuerdo que me daba tanto miedo como ganas de hacerlo. Tantas ganas de llenar la sala como de que no viniera nadie…

Un saludo con una gran sonrisa me ponía dentro del local donde los dueños “limpiaban” y ordenaban todo para la gran noche. Para ellos: un viernes más; para mí era mi estreno como Dj en un local del centro de la capital. Desde las 9 de la noche hasta las 3 de la mañana debía conseguir que al menos 300 personas disfrutaran con Hip Hop y música negra totalmente anticomercial en una local donde pusieron pop y pachanga el día anterior… Y donde todavía se podía escuchar muy bajito mientra bajaba las escaleras…

Ellos estaban cansados, resacosos, sin ganas de hablar… Yo quería poner mi equipo lo antes posible y empezar a poner instrumentales con las que llamar a la gente desde dentro, invitándoles a todos a entrar a mi fiesta. A mi gran noche. Me faltaban los zapatos nuevos.

Pregunté por alguien que me ayudara a instalar el equipo y me acomodé para empezar a poner música. Cómo algo tan simple como eso, que había hecho tantas veces en mi casa me podía hacer tan feliz… Es algo que aún hoy no entiendo.

Mis amigos me cosían a mensajes deseandome suerte mientras yo me colocaba los discos fuera de la maleta en algún tipo de orden que hoy ya ni recuerdo…

Y empezó a entrar gente…

¿Saltaría la aguja?