por Gustavo Bravo

 

July 2008
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Historias pixeladas

Por si la conciencia pide cuentas

Se cruzaba con ella cada mañana. Al principio, cuando decidió ir caminando a la oficina, le hizo gracia encontrársela un par de días seguidos, pero nunca habría imaginado que podría suceder cada día, en la misma manzana, como un mismo milagro.

Cada amanecer, ella se cruzaba. Él la miraba, pero sin excesivo descaro. Ella pasaba de largo, y se pasaba de guapa. Las baldosas que ella había pisado, ahora sostenían la vergüenza del que la miraba. Las que sostuvieron los deseos de éste, eran ahora pisadas por ella. Cuando él venía ella iba. Cuando ella iba, él la perdía. Como la ceniza que se consume, y cae esparcida. Trizas de alma carcomida era cada paso que un desorientado daba en dirección prohibida.

“Walking up a one way street!” gritaba Willie Tee en sus auriculares malogrados. Los demás gritos eran silencio en baja frecuencia. Ríos que bajaban por Gran Vía con destino alcantarilla sucia desatendida. Afluentes de mierda negra formando un delta en sus zapatos. Ventanas de cristal tintado que no se puede saber si se han manchado, o es que siempre lo han estado. Querer es poder seguir queriendo, pero nada más. Lo lamento.

Resulta curioso que siendo millones permanezcamos la mayor parte del tiempo con las mismas caras. Resulta indignante entonces que también se repitan los extraños con los que te cruzas. Debería poder reclamarse en alguna ventanilla de damnificados. Quiero desconocidos nuevos o mi dinero. Me siento estafado por un destino negligente y descuidado. Amén de haber rezado al dios equivocado, o de haber participado en el sorteo amañado de la mala torpeza que reza el sujeto más pringado.

Un día ella dejó de cruzarse. Así él dejó de mirarla. Así, sin sentido, dejó de amarla. Como vino se fue. Volvió a coger el autobús, como había hecho desde que su memoria le daba. Le pidió al quiosquero un metrobús, y un paquete de chicles mordientes. Busca saliva clorofílica descalza.

Pasaron los días, y ya no pensaba en ella. Dejó de obsesionarse con aquella desconocida y sus pasos de tacón. Le hacía gracia coincidir cada mañana con una chica que se subía dos semáforos tras él, y se bajaba tres paradas antes de la suya.

Sin duda es cierto lo que se murmura.

—–

Esto es lo que sonaba en sus cascos malogrados

Guardar en la agenda

Supongo que todo habría ido bien si yo no hubiera cruzado la línea. Si me hubiera ceñido al plan acordado. Si jamás me hubiera enamorado.

Ignoro cuánto tiempo ha pasado desde que nos intercambiamos los móviles. Con agenda y número incluidos. A efectos telefónicos yo sería ella y ella sería yo, para todo lo demás supongo que mi vida era como siempre.

Colgué ese anuncio en Internet simplemente para probar. Era una tarde de esas aburridas en las que poco hay que hacer más que pensar en uno mismo. En ese momento me pareció una buena idea. Yo acaba de romper con mi novia, y la mayoría de los amigos eran comunes. La verdad es que nunca tuve eso que se conoce como “un amigo de verdad”.

Siempre me habían gustado esos libros en los que el protagonista lo dejaba todo y se marchaba, muy lejos, sin rendir cuentas a nadie… Lástima que yo no tuviera el valor que caracterizaba a esos personajes. Tenía un trabajo que mucho me había costado conseguir como para dejarlo sin más; un casa preciosa, con un balcón bañado por el sol anaranjado que se derrama por la Plaza de Santa Ana; y unos padres que, aún siendo como suelen ser normalmente unos señores prácticos a los que la edad les ha vuelto más conservadores que progresistas, no se merecían mi desaparición unilateral. No después de lo que habían hecho por mí.

Recuerdo el día que me inventé la excusa de que me habían robado el teléfono, y que mientras recuperaba mi tarjeta usaría un numero viejo que tenía por casa de una vez que necesité tener una línea distinta a la habitual. Aunque para mis adentros sabía que ese número no era algo temporal, sino más bien un cambio en mi suerte.

Como mujer que era, mi cómplice en la fuga tenía la agenda repleta de números, muchos de ellos supongo que meros dígitos sin valor. Pero en mi caso, todos significaban lo mismo. Eran nombres, y ninguno me decía más que otro. Me gustó la idea de que mi agenda pasara a estar formada por letras con las que nunca hablaba, a nombres preciosos de mujeres que en algún momento podrían llamarme. Nunca se me dio bien eso de “pedir el número”. Y ahora me habían sido entregados todos los que nunca pedí. Como una especie de favor devuelto por un ser supremo. Como un caramelo envuelto en papel de seda.

Mi perdición fue enamorarme del único número que no estaba en la agenda. Me daba miedo llamar y que ella ya se hubiera ido. Que mi número sirviera de suerte a otra persona que jamás había visto. En ese momento me di cuenta de que había entregado algo más que un número y una agenda.

Ahora nunca marco, y siempre que me llaman cuelgo. Quizá por eso ya no me da miedo pedir el teléfono.

Huimos de quién, detrás de alguien

Caminas huyendo de alguien, observas el ruido de fondo. Corres tras lo que no sabes. Y miras atrás por si lo que te persigue no gime, ni vive del aire. Por si tu muerte o tu vida en ese momento no le importara a nada ni a nadie. Mientras sigues… mientras aún vives.

Ves dos piernas más adelante. Ellas tienen miedo de lo que les haces. Por eso cada vez más distantes… hacen que reconsideres si lo que persigues es quien te persigue un instante… Pero bien sabes, que lo único que te une a su miedo es un ciego reecelo a caminar por la calle.

No te invitaron al baile, pero si no lo haces tú sabes que no lo hará nadie. Desniveles urbanos con salsa picante. Tienes una grada en la nuca, un cristal tintado con sangre… sientes las pisadas que bailan al ritmo en tu pecho sin aire.

Por como suenan, tienes los bolsillos llenos de llaves, pero en ninguno hay una sola puerta, o al menos ninguna se abre. En realidad son monedas sueltas, cero herramientas con las que dibujar una salida de emergencia. Cero paciencia cuando lo nervios hacen temblar los adoquines que te sujetan.

La verdad, no creo que llegues a la cena. Vas caminando trás dos piernas que creen que las persigues, cuando lo único que te importa son los zapatos en tu espalda y los susurros de sus calcetines… ¿Miedo? Nunca, dices. ¿Entonces? Dirige el aliento hacia otra calle, sumerge la mirada que te cree oculta. Dile a su voz que se calle… mírale a los ojos y di… ¿Miedo? Nunca. Mírale sus zapatos de baile.

“Voy por mal camino y me persiguen”

Te cambio el azul por el naranja

Ayer en el Café Central tuvimos la suerte de coger el último tren a Lisboa, mientras el maquinista daba el último aviso, y apresurados románticos se colaban en sus vagones como podían…

El tren en sí parecía querer hacer escala en algún planeta anaranjado, con doce gajos como las buenas mandarinas. Y entre las vías se podían ver cinco líneas de pentagramas que jugaban a ver cual llegaba antes a darse un baño en la fuente de la plaza empedrada.

Cuando era niño, Javier Colina le pidió una guitarra flamenca a los reyes magos, pero éstos le trajeron un contrabajo. Como él nunca había visto una pensó que no había ningún error, y acepto el regalo con mucha ilusión, sin saber que lo que tenía que abrazar era un instrumento de seis cuerdas, y no de cuatro, como el que él tenía.

Cuando le dijeron que los reyes no existían decidió seguir tocando, aunque con un sabor un poco más agridulce. Eso sí, sin cambiar de color. Los atardeceres son naranjas existan los reyes o no.

Habiéndose dado cuenta de esto, se encontró un día con un niño tocando en plaza algo que sonaba más bien como un saxofón, mezclando colores de amanecer y acordes veraniegos salpicados en sal.

Vaya, creí que era un saxo - dijo Javier.

El niño, atónito, dejó de tocar y le respondió malhumorado - Pues claro que lo es. ¿Qué crees que es si no?

Su enfado era más que lógico. Pues él le había pedido a los reyes un saxofón, y eso deberían de haberle traído. Aunque lo que Antonio Serrano estaba sujetando era en realidad una armónica.

Cuando ambos se dieron cuenta de lo que estaba pasando ya no había vuelta atrás. Estaban creando atardeceres de acuarela en el escenario del Café Central, y aunque sus instrumentos fueran los equivocados y fuera se padeciese una noche más bien fría, los demás buscábamos la sombra en la que protegernos del sol que se derramaba por las ventanas.

Cayendo

Es como dos personas sentadas, mirando al infinito, sin hablar ni escuchar, sin pensar. Es un mensaje sin contestar a las dos de la madrugada. Es un café solo deprisa y corriendo, de pie y en la barra, en medio de una cafetería a 20 metros enterrada. Es abrazar el vacío cuando despiertas porque no hay nada al otro lado de tu cama.
Son miles de citas con nadie. Mujeres que vienen y que se llevan algo de ti sin dejarte nada más a cambio que aire, polución sucia y lamentable. Es mirar la hora en el móvil con la excusa de imaginarte que te ha llamado alguien.

Una canción en braille.

Es no tener sitio en tu oficina. Que nadie te de lo buenos días. Que nadie te sujete la puerta. Que te retiren el plato mientras terminas. Son dos hielos en un tubo, un codo en la barra y lágrimas como pupilas, porque bebes a escondidas. Lo que le dijo la naranja a la mandarina. Chocarte contigo mismo al doblar la esquina.

Como el que escribía lo que nadie leía. Como el que sólo se leía a sí mismo. Es la gente pudiente inqueriente, y la gente que quiere y no puede. Una vez vi a un tipo que se reía.

Componer música que nadie escucha. Tener un amigo para cada cosa que hagas. Que un amigo te diga que no tiene ganas…

Tropezar en el metro. Escribir después de mucho tiempo sin hacerlo. Tocar muy lejos en la noche una canción perdida en tu cuerpo. Pensar que duermo. Intentar anotar lo que no recuerdo.

Es usar películas y libros para llenar los huecos que nadie llena. Anestesiarte a partir del arte de otros, que no tuviste la suerte de encontrarte antes de que tiraran la toalla del ánimo. Poema inválido de suspiros pálidos. Así podríais ser felices como el resto de los acompañados y no hablar sobre nada. Inventar la palabra incálido. Ser feliz como cuando no había reloj. Dejar de torturarte porque algo se acaba o porque no era como lo habías pensado. Jugar con tu cuello al ahorcado.

Que te dejen por teléfono, por mail o por mensajes. Quien quiera que inventara eso debería estar más solo que nadie.

Es como que te ocurra algo increíble, y mirar a ambos lados en balde. Ni un alma para compartirlo… ni unas hojas donde escribirlo… ni una cámara donde plasmarlo. Sólo un cigarrillo roto y un móvil sin batería ni saldo.

Hojas de un árbol hundiéndose en un charco, extraños que te sonríen por un momento, pero que se marchan por donde venías andando.

Es una canción en los cascos… que molesta al de al lado. Es un vagón de metro vacío. Una voz que te llama. Sonreír fozado. Leer novelas en la cama. Quedarte un viernes en casa… Dormir pensando en mañana.
Imaginar que lo que ves son las imágenes del videoclip de la canción que escuchas, y que lo que esté sonando sea Delicate de Damien Rice en modo random, mientras caminas por el paseo marítimo de cualquier sitio olvidado. Un vaso de ginebra de un trago. Un barco encallado en tu regazo.

Que la manta no te cubra los pies. Sentir el frío de tu maldad. Caminar si hace sol y mojarme. Esperar a que llueva para ducharme. Descansar de la verdad. Pensar sin querer que estoy muriendo.

La soledad es describir la soledad. 1000, 900, 800, 700, 600… y cayendo.

Despiertas. Compones. Mueres

Llenas un vaso de vino. Bebes un trago. Lo saboreas. Te sientas. Escribes.

Abres el grifo del agua fría. La pruebas. Abres el grifo del agua caliente. La pruebas. Te quemas. Cierras un poco. Te empapas de agua.

Te tumbas. Piensas. Recuerdas. Piensas. Sueñas. Duermes.

Te abrazas y cambias de postura. Cierras los ojos. Los abres. Miras la hora. Miras por la ventana. Te duelen los ojos. Te recuestas boca arriba. Piensas en lo que vas a hacer hoy.

Te secas la cabeza. Te pones los calzoncillos. Los pantalones. Los calcetines. Desodorante y por último, la camiseta y la camisa. Zapatillas. Colonia. Llaves. Abrigo. Cartera. Ipod. Puerta. Calle.

Caminas calle arriba. Miras a la gente a los ojos. Nadie te reconoce ni te importa. Nadie que importe. Nada en concreto. Te alegras de no ver. Echas de menos algo.

Sólo sonríes cuando estás triste, para que no se note. El resto del tiempo brillo en los ojos. Sombra el labios. Te muerdes las uñas por vicio. Costumbre horrible como tantas.

Escuchas la música. Más o menos. Primero la de otros. Al final la tuya. Buscas los errores, hasta que no los encuentras. Te invade algo por un momento. Pero toda invasión es pasajera.

Llenas un vaso de leche. Te sientas. Lo saboreas. Compones.

Suena el móvil. Alguien se preocupa o necesita algo. Suele ser la segunda.

Abres la ventana. Un patio horrible. Huele a frito y a ruidos. Humanidad.

Alguien te habla. Dice que ya tiene casi el tema. Por un instante algo te inunda. Pero toda inundación es pasajera.

Texturas tristes

Un sintetizador me roza… Me acaricia el brazo. La electricidad estática de un melocotón maduro se deja caer por la cortinilla de un autobús casi mágico. El asiento produce una sensación que extraño. No es agradable, pero tu mano va en dirección quién sabe dónde, porque quiere tocar quién sabe qué quién sabe cuándo… Y lo toca.

Un crital rugoso no permite que la luz te moje. ¿Alguna vez has visto llorar a un hombre música por dentro? Una esfera blanca no parece encontrar su propio defecto en el whisky rojo. Se derrama líquido. Se saborea áspero en las uñas. Lenguas tiernas de morder anhelos… Lágrimas negras que decían ellos.
Quiero sonar en Mi menor. Quiero de mayor ser lluvia en verano. Quiero jazz latino templado y mojado… Teclas y yemas en los dedos. Márfil plástico, de álfil cálido. Tocar sobre tocado…

Las virutas de un sinte en los cascos son pelusas de un aire inválido drástico. Trasto viejo de urbe gris. Gris urbe que es viejo trasto. Moneda al aire gira como el astro sin luz. Cara: Deseo pedido en peldaño mal dado; Cruz: Nube con forma de unicornio perdido y cansado.

Soy la improvisación escondida en un disco jamás escuchado… Vinilo destruido en olvido. Diamante de aguja perdido en el tránsito. Mota de polvo sonoro en tu cuarto.