Por si la conciencia pide cuentas
Se cruzaba con ella cada mañana. Al principio, cuando decidió ir caminando a la oficina, le hizo gracia encontrársela un par de días seguidos, pero nunca habría imaginado que podría suceder cada día, en la misma manzana, como un mismo milagro.
Cada amanecer, ella se cruzaba. Él la miraba, pero sin excesivo descaro. Ella pasaba de largo, y se pasaba de guapa. Las baldosas que ella había pisado, ahora sostenían la vergüenza del que la miraba. Las que sostuvieron los deseos de éste, eran ahora pisadas por ella. Cuando él venía ella iba. Cuando ella iba, él la perdía. Como la ceniza que se consume, y cae esparcida. Trizas de alma carcomida era cada paso que un desorientado daba en dirección prohibida.
“Walking up a one way street!” gritaba Willie Tee en sus auriculares malogrados. Los demás gritos eran silencio en baja frecuencia. Ríos que bajaban por Gran Vía con destino alcantarilla sucia desatendida. Afluentes de mierda negra formando un delta en sus zapatos. Ventanas de cristal tintado que no se puede saber si se han manchado, o es que siempre lo han estado. Querer es poder seguir queriendo, pero nada más. Lo lamento.
Resulta curioso que siendo millones permanezcamos la mayor parte del tiempo con las mismas caras. Resulta indignante entonces que también se repitan los extraños con los que te cruzas. Debería poder reclamarse en alguna ventanilla de damnificados. Quiero desconocidos nuevos o mi dinero. Me siento estafado por un destino negligente y descuidado. Amén de haber rezado al dios equivocado, o de haber participado en el sorteo amañado de la mala torpeza que reza el sujeto más pringado.
Un día ella dejó de cruzarse. Así él dejó de mirarla. Así, sin sentido, dejó de amarla. Como vino se fue. Volvió a coger el autobús, como había hecho desde que su memoria le daba. Le pidió al quiosquero un metrobús, y un paquete de chicles mordientes. Busca saliva clorofílica descalza.
Pasaron los días, y ya no pensaba en ella. Dejó de obsesionarse con aquella desconocida y sus pasos de tacón. Le hacía gracia coincidir cada mañana con una chica que se subía dos semáforos tras él, y se bajaba tres paradas antes de la suya.
Sin duda es cierto lo que se murmura.
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Esto es lo que sonaba en sus cascos malogrados
Posted: June 15th, 2008 under Historias pixeladas.
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