por Gustavo Bravo

 

July 2008
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rincones del mundo

El rap de los que van de buenos

Cuando tenía 16 años estuve un mes en un pueblecito al oeste de Irlanda. Galway tenía tres calles, más o menos, y una de ella lo suficientemente larga como para que la llamaran “high way”. En esa calle, que casi siempre concentraba todos los espectáculos callejeros, había una pequeña tienda de instrumentos musicales en la que se escondía un pequeño sótano con vinilos abandonados.

Yo por aquel entonces era mucho más estúpido que ahora, y solo esuchaba musica rap y algo de funk. Y me limité a preguntarles si tenían algún vinilo de hip hop o de electrónica. Me enseñaron los dos únicos vinilos de rap que había en ese momento en el pueblo, y el Boulevard de Saint Germain… Todo lo demás era folk y pop ochentero irlandés (que es más conocido de lo que pensáis).

En fin, me llevé los tres vinilos, que encima eran muy baratos. Uno era de Premier, el Golden Years, y el otro era Hi-Teknology, de Hi Tek. El segundo disco, que no conocía de nada, me lo llevé porque colaboraba Common, el abanderado de mi subgénero preferido: “el rap de los que van de buenos”. Y para mí era suficiente a ese precio.

Ese día descubrí uno de mis discos preferidos de rap, y conmigo, el pobre anciano que como no tenía platos para los clientes me puso el disco en el hilo musical de la tienda.

Hay varios temas de ese disco que cambiaron mi perspectiva a la hora de componer música electrónica y en la forma de cuidar cada sonido que integra las instrumentales. Muchas de esas canciones me demostraron que es posible encontrar detalles nuevos cada vez que vuelves a esucharlas. Se ha convertido en uno de mis vinilos más importantes.

Por supuesto lo llevaba en el iPod cuando volví a Galway este año, aunque la tienda y el anciano ya no estaban…

Feliz Navidad y próspero… desarme nuclear

  • Adornos navideños de la calle Príncipe de Vergara de Madrid

África en el Retiro

Hoy he vuelto caminando del trabajo. Casi siempre atajo por el Parque del Retiro desde la Puerta de Alcalá hasta la salida de mi calle, y por el camino me cruzo con el estanque, las familias y parejas que pasean y con inmigrantes africanos oficiando de camellos en las entradas y salidas del parque. Ninguna de las cosas que veo mientras camino me extraña porque son cosas que veo desde que tengo uso de razón. Por mucho que diga la gente, esas personas llevan más de dos décadas buscándose las castañas pasándole costo a los chavales.

Nos tenemos muy vistos. La mayoría me conocen de verme a diario y ya sólo los nuevos se molestan en ofrecerme lo que tienen. Algunos lo hacen con un extraño sonido que intenta asemejarse a un beso, otros simulan el acto de fumar, otros menos imaginativos simplemente me miran y mueven la cabeza en gesto de pregunta… La mayoría de los que me saludan van mucho peor vestidos. Los que llevan mucho en esto tienen mejor ropa que yo y seguramente pronto puedan dejar de tener que hacer este tipo de manualidades.

Hoy ha pasado algo que me ha dejado consternado.

Cerca de la fuente conmemorativa a África, con la estatua de Martínez Campos, me he encontrado con un grupo de inmigrantes comiendo con las manos de unas bolsas de plástico. De sus bocas se escapaban algunos granos amarillos que me hacen deducir que las bolsas contenían restos de paella. Uno puede pensar que simplemente comparten algo que les habría dado alguien, de no ser porque dos gatos se alejaban espantados de las bolsas, que seguramente eran suyas incialmente.

Algunos de los que formaban el corro dejaban claro que necesitaban lo que estaban haciendo. Otros vestían vaqueros relucientes y Nikes de muelles. De los ocho o nueve que formaban el grupo tres dejaron a un lado su merienda para ofrecerme droga.

Siento que hay algo que se me escapa, y no es una fotografía en blanco y negro.

MNCARS

Una de las cosas que más echaba de menos en Dublín era esta mole de arte abstracto capaz de lo mejor y de lo peor. Tiene rincones imprescindibles en mi vida. Cuadros que casi significan más para mí que para los que los pintaron. Vistas acristaladas de Madrid…

Hoy me he pasado por las dos exposiciones temporales que concentran la atención de los visitantes de la ampliación. Esa que el arquitecto Jean Nouvel terminó hace un par de años. Para muchos aún sigue eclipsando su atención, con respecto a las obras que se exponen dentro del él. Es curioso.

De vuelta de todo…

Como las mejores visitas, lo que iba a ser una semana se ha convertido en dos. Después de ir en tren hasta el sureste de la península, me recorrí 600 km inesperados hacia el norte desde Madrid. Unos días más que necesarios para pensar, escribir otras cosas, volver a ver caras amigas que hacía mucho que no veía y para conocer caras nuevas, como la de Silvia y Juan (esas cañitas que te lo ponen ahí). Así que nada, sin ánimo de aburriros más con lo personal, simplemente deciros que ya volvemos con los textos pixelados y con nuevos dibujos, si Silvia nos los concede (guiño, guiño).

En otro orden de cosas, deciros que debido al acercamiento personal y profesional, seré el dj de Remote Resource en sus directos, como un miembro más de su formación. Trabajaremos juntos en el nuevo disco que editaremos con Nota Negra Recordings y yo especialmente en lo que respecta a los directos, y al planteamiento del disco en ese sentido.

Todo buenas noticias, a excepción de que terminaron mis vacaciones. Os escribo desde una oficina camuflado, donde espero que no descubran mi doble vida…

Seguimos en contacto.

Gotero de lava

Plomo en el pecho, calor, tiempo que pasa despacio, presión en el aire, hermeticidad constante entre los pulmones y el techo. Aire mil veces respirado, vapor condensado, sudor amargo, calor del espacio. Sombra que alumbra, fuego en los muebles, agua que hierve, cocción inminente. Rojo sangre, morado en carne, tensión en auge, laberintos en tándem.

Mosquitos despiertos, reflejos dormidos, músculos muertos, pensamientos desfallecidos. Inyección de suero templado, que se evapora a través del plástico derretido. Insecto consumido, humano por fin vivo…

Avanzar a rastras por la arena al sol, mientras se pegan los tejidos, el viento cae en picado y el suelo nos succiona al sueño eterno de estar vivos. Olores a colores ocres, visiones de perfumes caros desperdiciados al horizonte.

Coyotes que devoran almas, enganchadas en cactus que sostienen las miradas de otros que no ven nada. Son percheros de sales de plata. Son tormentas eléctricas que no dejan ni rastro de agua. Es un bizcocho seco atravesado en tu garganta que exclama un socorro percibido únicamente por delfines en terapia…

Voces incesantes que martillean la alas y te derriban en el suelo con el asfalto hasta el cuello; con olores ocres de nuevo, pero en la gama de la brea quemada.

Agua evaporada… puerta equivocada… gotero de lava…

Acabo la semana en el norte

Si existe un segundo mundo entre el primero y el tercero ese es el oeste de Belfast. El barrio en el que aún hoy en día se sigue construyendo un muro entre un lado “católico” y otro “protestante”, donde la única diferencia apreciable son las banderas que ondean en las decenas de esculturas y rincones que rememoran los caídos, o más bien sus nombres. Y a que lado del muro te quedes una vez se cierre por las noches.

Alambre de espino, basura, hierros… El verde de la hierba y las pinturas políticas que exhiben algunas casas son lo único que brilla en la zona. Menos cuando llueve, ya que la hierba se mezcla con el barro. Entonces casi nada brilla, y eso es muy a menudo.

En la entrada de las calles se ven barricadas oxidadas en desuso, que no queda muy claro si siguen ahí porque hay otras gestiones urbanísticas prioritarias o para que nadie olvide lo que ha pasado en esas calles.

Aunque el muro de 6 metros de hormigón y metal verde no dejan que desvíes mucho la cabeza del tema. Al menos a mí, no sé para los que viven allí, y desde luego no pienso preguntarlo. Si desde tu casa no se ve, seguro que ves alguna pintada o mural que te lo recuerda. Todas ellas sobre gente armada, revolucionarios, o eslóganes políticos a favor o en contra de algo… Y listas de nombres. Miles de nombres por todas partes. Casi les oyes hablar.

Tu paseas y los habitantes te miran a los ojos, con descaro, algo que no hace más familiar ni acogedor al lugar, vendido al turismo como algo histórico de obligada visita, forzando a sus “dueños” a vivir entre cámaras de fotos y miradas. Y tú eres uno más al que mirar a los ojos.

Entras un Pub a pedirte una pinta y es más o menos lo mismo. El ruido que había desde dentro antes de entrar ha terminado justo en el momento en el que abres la puerta, y todos y cada uno de ellos te miran. Todos. Unos lo hacen durante más tiempo y algunos lo hacen hasta que te sientas. No eres de ahí, ellos lo saben y tú nunca lo olvidas.