por Gustavo Bravo

 

May 2008
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Regocijo dispuesto para que el pueblo se recree

Fiesta: “Día en que se celebra alguna solemnidad nacional, y en el que están cerradas las oficinas y otros establecimientos públicos”.

¿En qué momento dejaron de ser fiestas? ¿En qué momento sufrieron la metamorfosis? O, mejor aún… ¿En qué momento nos dejamos invadir por la desgana?

Siempre he pensado en la importancia de “tener un pueblo”, al menos para saber lo que son de verdad las fiestas. Yo nunca lo tuve, o al menos no lo recuerdo. Y es una de esas cosas que sin tener, echo de menos.

Ahora fiesta significa convertir un jueves en domingo, mientras que el miércoles se disfraza torpemente de viernes. Eso es lo que son las fiestas: No trabajar. Nada que ver con festejar. Nada que ver con celebrar. Un día más que pasar sin pena ni gloria. Descansar de lo que nos cansa. Desconectar. Dejar de pensar. Dejar.

Hoy es fiesta en Madrid. Hoy cerramos. Hoy dejamos de hacer lo que hagamos. Hoy es uno de esos días tan ansiados.

Yo me pregunto por qué… ¿Para qué? ¿Qué piensas hacer hoy? ¿Dormir?

Vivir la vida que quieres es la mejor manera de descansar. Dormir y no pensar a la larga cansa más. De verdad.

Conduciendo por donde cubre

Hoy podría haber tenido un accidente en la carretera, y sin embargo me ha dado por reírme.

Las fuertes lluvias habían dejado charcos bastante profundos en la M-40, por la que circulaba con bastante tráfico a unos 60 o 70 km por hora. Ya habíamos pasado por algún que otro charco, y la verdad es que era una sensación divertida ver cómo se creaban olas a los dos lados, cuando atravesabas las pequeñas piscinas formadas en medio del camino.

Los limpiaparabrisas no daban a basto. Llovía de tal manera que todo lo que se veían era un horizonte pixelado en el que adivinar coches por sus colores. Y los cristales, deseosos de ayudar decidieron empañarse…

Optamos por abrir temporalmente las ventanillas. La verdad es que siento debilidad por el olor a mojado, aunque esté mezclado con el vapor de los motores. A veces la contaminación no sólo se ve, sino que puede olerse.

Las veces anteriores habíamos atravesado las piscinas por el carril izquierdo. Pero esta vez nos encontrábamos en el carril central, con las ventanillas levemente bajadas y con unos cerebros demasiado atentos en descifrar lo que había delante como para pensar en lo que podría venir por los lados… Quién podría haberlo imaginado.

Casi sin darnos cuenta teníamos dos tsunamis más altos que el coche que nos transportaba abordado por babor y estribor. No sé cuánta agua quedaría fuera, pero sé perfectamente cuánta se quedó dentro… La risa fue la primera y última sensación. No podía creer lo que estaba pasando, y en ningún momento valoré que me encontraba fuera de control a 70 km por hora con miles de coches borrosos a mi alrededor.

Lo más curioso es que aún lo pienso y me río.

Guardar en la agenda

Supongo que todo habría ido bien si yo no hubiera cruzado la línea. Si me hubiera ceñido al plan acordado. Si jamás me hubiera enamorado.

Ignoro cuánto tiempo ha pasado desde que nos intercambiamos los móviles. Con agenda y número incluidos. A efectos telefónicos yo sería ella y ella sería yo, para todo lo demás supongo que mi vida era como siempre.

Colgué ese anuncio en Internet simplemente para probar. Era una tarde de esas aburridas en las que poco hay que hacer más que pensar en uno mismo. En ese momento me pareció una buena idea. Yo acaba de romper con mi novia, y la mayoría de los amigos eran comunes. La verdad es que nunca tuve eso que se conoce como “un amigo de verdad”.

Siempre me habían gustado esos libros en los que el protagonista lo dejaba todo y se marchaba, muy lejos, sin rendir cuentas a nadie… Lástima que yo no tuviera el valor que caracterizaba a esos personajes. Tenía un trabajo que mucho me había costado conseguir como para dejarlo sin más; un casa preciosa, con un balcón bañado por el sol anaranjado que se derrama por la Plaza de Santa Ana; y unos padres que, aún siendo como suelen ser normalmente unos señores prácticos a los que la edad les ha vuelto más conservadores que progresistas, no se merecían mi desaparición unilateral. No después de lo que habían hecho por mí.

Recuerdo el día que me inventé la excusa de que me habían robado el teléfono, y que mientras recuperaba mi tarjeta usaría un numero viejo que tenía por casa de una vez que necesité tener una línea distinta a la habitual. Aunque para mis adentros sabía que ese número no era algo temporal, sino más bien un cambio en mi suerte.

Como mujer que era, mi cómplice en la fuga tenía la agenda repleta de números, muchos de ellos supongo que meros dígitos sin valor. Pero en mi caso, todos significaban lo mismo. Eran nombres, y ninguno me decía más que otro. Me gustó la idea de que mi agenda pasara a estar formada por letras con las que nunca hablaba, a nombres preciosos de mujeres que en algún momento podrían llamarme. Nunca se me dio bien eso de “pedir el número”. Y ahora me habían sido entregados todos los que nunca pedí. Como una especie de favor devuelto por un ser supremo. Como un caramelo envuelto en papel de seda.

Mi perdición fue enamorarme del único número que no estaba en la agenda. Me daba miedo llamar y que ella ya se hubiera ido. Que mi número sirviera de suerte a otra persona que jamás había visto. En ese momento me di cuenta de que había entregado algo más que un número y una agenda.

Ahora nunca marco, y siempre que me llaman cuelgo. Quizá por eso ya no me da miedo pedir el teléfono.

Toallas que giran

Siempre me ha hecho gracia que cuando una playa está situada de forma paralela a los meridianos (como ocurre en la costa mediterránea), puedes saber perfectamente qué hora es imaginando que las personas tumbadas en las toallas son manecillas de reloj. Sus pies te señalan la hora. Toallas girando sobre sí mismas como lo haría un girasol, buscando el tueste.

Desde mi terraza veo cómo pasan las horas y las toallas giran, cada una a su ritmo. Algunas lo hacen con retraso, otras por parejas, otras según llegan se adaptan a la hora que les toca. A las 6 de la tarde me da la sensación de que los playeros toman el sol como pidiéndome explicaciones…

Madonna´s hardest candy

Una primera y rápida escucha me hizo caer en un error de novato. ¿Cuándo aprenderé? Madonna había cambiado a sus productores de productos por uno de los mejores creadores de instrumentales de rap de las dos últimas décadas (Pharrel Williams) y encima, se había molestado en hacer un par de llamadas a los recientemente encumbrados Timbaland y Kanye West. Muy descortés por mi parte.

La rubia más inteligente del planeta ha decidido continuar el sonido dibujado en Confessions on a dance floor, aunque de una forma distinta. Lo que aquello fuesen tres singles increíbles (Hung up, Get together y Sorry), seguidos por una estela de mierda infumable, han dejado paso a uno de los trabajos más redondos de su carrera.

Quizá una de las mejores características que el hip hop podía ofrecerle era esa, la de mimar el disco de intro a outro más allá de la calidad de sus singles, o de la pegada concreta de uno de ellos. Así lo ha cuidado Pharrell Williams (The Neptunes), atención a las instrumentales de Incredible y Dance 2night, pfff.

Viendo esto imagino que la llamada de socorro por un single de impacto halló respuesta en Timbaland y Justin Timberlake, algo muy comprensible ya que si algo saben hacer es singles, y cuyo resultado es más que correcto. 4 Minutes va a funcionar bien. Lo de Kanye West me lo tomo como un antojo. Los caramelos son caprichos al fin y al cabo.

A diferencia de los demás Lps (quizá como se intentó con Music o Ray of Light), Hard Candy es un disco notable que se muerde la cola y que demuestra que aunque lleves una vida de single aún puedes dar un puñetazo en la mesa y que demostrar que tener algún problema al respecto de su trayectoria “significa perder la puta cabeza”.

Los colores, los mismos que en el anterior trabajo: rosa sobre negro, nocturno, flashes en la noche, perfecto para bailar o caminar sin pensar. Madonna busca la estética más dura dentro de su feminidad, y como el mejor de los corruptores de menores nos ofrece una gominola de azúcar por fuera y pica pica por dentro. Pharrel se encarga de envolverlo entre cliches techno y rap, mientras ella pone los estribillos dance y las letras pop.

Lencería fina con alma de cuero. Un tanga rosa de esos que se comen, y se te pegan por dentro (del alma, mal pensados).

Come to my shop. My sugar is sweet”.

YouTube Preview Image
  • 4 Minutes / Madonna Ft. Justin Timberlake (Prod:Timbaland)

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