por Gustavo Bravo

 

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Literaturcita o literaturcilla

Augusto Monterroso pasó a la historia como el autor del libro más corto jamás escrito. Su “microrrelato” El Dinosaurio, de tan solo siete palabras, profundizaba en la escritura de relatos muy breves, brevísimos. Esta idea plantea el problema que otras muchas veces sugiere el arte moderno, moviéndose en una zona entre la genialidad y la tomadura de pelo.

La diferencia entre un microrrelato serio y una cita, frase hecha, ironía o paradoja consiste en la evocación de una historia, de un espacio. Como ocurre con cualquier libro, sea cual sea su extensión, la imaginación tiende a rellenar los huecos argumentales y las descripciones que la novela no nos facilita. Esta idea sería elevada a su máxima potencia cuando la información con la que contamos en una página, unas líneas o una docena de palabras.

El conseguir esto no es tan fácil como a priori parece. Aunque como en muchas ramas de la genialidad es muy fácil frivolizar, a mí lo que realmente me interesan son las historias que de verdad ponen en marcha la imaginación. A la vez que están dotados de un gran valor estético, dado que en ningún momento deja de ser literatura.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Esta historia nos obliga nada más leerla a imaginar la personalidad del protagonista, lo que le ocurrió antes de despertar, el aspecto del dinosaurio, y el lugar en el que se encontraban. A mí personalmente me sugiere un hombre vestido de aventurero, corpulento y desaliñado, tirado en el suelo de una caverna mientras unas especie de tiranosaurio le observa desde lo alto. Una interpretación totalmente personal, que seguramante no coincida en absoluto con la de nadie.

Muchos escritores se han atrevido a probar en esto del microrrelato, quizá un día lo intente. Mientras me decido os dejo algunos ejemplos interesantes:

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho. (Augusto Monterroso)

Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas. (Mónica Lavín)

Soñé que un niño me comía. Desperté sobresaltado. Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato. (Luis Mateo Díez)

Y para terminar el microrrelato más friki:

Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. “Te noto mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina. (José María Merino)

  • He encontrado un artículo muy interesante en referente al tema escrito por David Lagmanovich para la Universidad Complutense de Madrid. En él podréis encontrar muchas más relatos.