por Gustavo Bravo

 

October 2008
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Te cambio el azul por el naranja

Ayer en el Café Central tuvimos la suerte de coger el último tren a Lisboa, mientras el maquinista daba el último aviso, y apresurados románticos se colaban en sus vagones como podían…

El tren en sí parecía querer hacer escala en algún planeta anaranjado, con doce gajos como las buenas mandarinas. Y entre las vías se podían ver cinco líneas de pentagramas que jugaban a ver cual llegaba antes a darse un baño en la fuente de la plaza empedrada.

Cuando era niño, Javier Colina le pidió una guitarra flamenca a los reyes magos, pero éstos le trajeron un contrabajo. Como él nunca había visto una pensó que no había ningún error, y acepto el regalo con mucha ilusión, sin saber que lo que tenía que abrazar era un instrumento de seis cuerdas, y no de cuatro, como el que él tenía.

Cuando le dijeron que los reyes no existían decidió seguir tocando, aunque con un sabor un poco más agridulce. Eso sí, sin cambiar de color. Los atardeceres son naranjas existan los reyes o no.

Habiéndose dado cuenta de esto, se encontró un día con un niño tocando en plaza algo que sonaba más bien como un saxofón, mezclando colores de amanecer y acordes veraniegos salpicados en sal.

Vaya, creí que era un saxo - dijo Javier.

El niño, atónito, dejó de tocar y le respondió malhumorado - Pues claro que lo es. ¿Qué crees que es si no?

Su enfado era más que lógico. Pues él le había pedido a los reyes un saxofón, y eso deberían de haberle traído. Aunque lo que Antonio Serrano estaba sujetando era en realidad una armónica.

Cuando ambos se dieron cuenta de lo que estaba pasando ya no había vuelta atrás. Estaban creando atardeceres de acuarela en el escenario del Café Central, y aunque sus instrumentos fueran los equivocados y fuera se padeciese una noche más bien fría, los demás buscábamos la sombra en la que protegernos del sol que se derramaba por las ventanas.

Es Azul ¿lo oyes?

Te alza un escenario. Huele a café con humo. Colores tosen polvo del aire en el café Central. Billie holiday telonea desde los altavoces de las esquinas. Telarañas de viudas grises. Vienes a un concierto de Jazz para olvidar esa llamada de teléfono. Todo lo que oigas es mentira. Superman murió axfixiado como López Vázquez en la cabina, nada de criptonita. Cacique con Coca-Cola. Los móviles tendrán puertas de cristal cuando nos importe más nuestra conversación que la de los demás. Recientemente he oído un fá sostenido ¿Quién lo desostendrá?. Para Thelonious era Evidence. Para mí era la primera fila. Prácticamente esquivando la mandarina del saxofonista.

A veces, cuando me apetece jazz, me paso por el Central. El jueves fui con Jose. Buscábamos a mi profe…

Puertas de cristal separan mundos. El frío de la calle y el calor de los acordes de Reggie Moore. Un pianista neoyorquino bastante excéntrico en aspecto, aunque capaz de encontrar las melodías que el piano custodia receloso para sus adentros. La garganta del saxo carraspea. Tengo la sensación de haber vivido esto antes. Aunque sé que eso es mentira. Es sin duda uno de los mejores conciertos de jazz que he visto en mi vida. Pero no puedo ser objetivo. Mi profesor de percusión está dando lecciones desde la batería.

Polvos de talco en las manos y la darbuka nos saca de las sillas. Al menos en nuestra mente de menta. El óxido de los metales no afecta a las clavijas del saxo tenor dorado. Ni siquiera del soprano, cuando nos interpreta un réquiem por una niña perdida. El humo y los cafes vuelan en dos horas. Toda la gente está sorprendida, excepto los que ya vinieron ayer y hacen trampas. Ojalá pudiera hacerlas yo y volver antes del domingo que es cuando se acaba…