Los chicos del barrioPor : Alfonso C. Los chicos del barrio.
"Los chicos del barrio nos conocimos allá por el año 89, en el colegio. Luis, Andrés, Iván, Ramón, Roberto, Javier y yo coincidimos en la misma clase de educación primaria, cuando apenas contábamos cuatro años. En realidad no todos, el colegio empezó en septiembre y Javi y Luis cumplían, cumplen los años en noviembre. Es igual, el caso es que allí estábamos, forjando nuestra amistad desde nuestra más tierna infancia. No tengo muchos recuerdos de aquella primera época, apenas la siesta, la biblioteca donde leíamos cómics de Mortadelo y Filemón, de Asterix, los tomos de La vida es así. Tengo recuerdos más nítidos del patio del colegio, de nosotros jugando al fútbol y las chapas, o a los Caballeros del Zodíaco, o a Bola de Dragón. Qué tiempos aquellos los de las meriendas de Cola Cao con galletas, viendo dibujos a todas horas y siendo felices haciéndolo.
Ya con 8 años éramos amigos de toda la vida, bajábamos todas las tardes al Parque de Berlín a jugar al fútbol con otros chavales, lo pasábamos bien dando vueltas por el barrio, comiendo chucherías y haciendo las típicas travesuras de crío. Poco después llegó la Generación Nintendo a casa de Iván, así que cambiamos las tardes de fútbol por los torneos de Street Fighter. Cuántas horas pasaríamos embobados con la consola, divididos en dos bandos como era obligado en aquellos tiempos; Sega o Nintendo, Sonic o Mario, etc. Pero eran riñas de niños, nada serio, pequeñeces, igual que cuando Iván se enfadaba con cualquiera de nosotros que le superara una sola vez en alguno de sus juegos. En los cumpleaños respectivos era costumbre ir al cine, nos hartamos durante años de ver películas de Terminator, Steven Seagal, Van Damne, películas de miedo, de risa, nos daba igual, estando allí nosotros éramos la fiesta, tirándonos palomitas, haciendo ruido y molestando a la gente de bien. Lo que nos costó más de una expulsión del cine, pero bueno, nadie es perfecto.
Así transcurrían nuestras vidas, apaciblemente, hasta el verano de 1994. Mis padres me ofrecieron ir a estudiar al Liceo Francés, y yo, ignorante y temeroso de defraudar a mis padres, acepté. Eso significaba que 4º de Primaria fue el último curso que pasé con mis amigos, pero cómo aprovechamos ese curso. Recuerdo una excursión que hicimos, en la que Javi y Rober se subieron a un árbol, se quedaron allí 4 horas y tuvieron a las profesoras y al conductor del autocar buscándolos desesperados por media sierra. Cuando los encontraron, claro está, fueron castigados durante tres semanas. Lo que tiene el desacato a la autoridad. En fin, como decía, a partir de 5º estuve en aquel otro colegio, bastante más lejos de casa, con lo que tenía que levantarme más pronto que antes, además de tener que ir en metro cuando siempre había ido andando. Además, no estar en clase con mis amigos hizo que me perdiera momentos memorables, y estar con gente que no conocía no me gustaba nada. El colegio nuevo era duro, no podía salir ya todas las tardes, demasiado estricto ese colegio. Aún así seguía viendo a los chavales todos los fines de semana, sentados en cualquier parque comiendo pipas o en el cine.
Así pasaron un par de años, cuando Madrid nos descubrió una nueva afición con la que matar las horas muertas: el alcohol.
Fue por aquel entonces que descubrimos el calimocho, la cerveza, el martini. El verano era asfixiante y un buen trago siempre era bien recibido mientras jugábamos al baloncesto a las 6 de la tarde. Fue también cuando empezamos a salir con chicas, a perseguirlas por López de Hoyos Ese verano descubrimos que el mundo no se acaba en Avenida de La Paz ni en la de América, que hay mucho que ver por ahí fuera. Y fue desde entonces que las cosas empezaron a torcerse. Empezamos a salir por ahí, por el centro, por otros barrios, descubrimos nuevas calles en las que hacer nuevas cosas, nueva gente. Cada día que pasaba de ese interminable julio nos deslizábamos por esquinas que parecían esperarnos, y allí, con nuevos amigos, chavales de La Latina, de Lavapiés, de todas partes de Madrid íbamos formando nuestras personalidades y refinando nuestras capacidades callejeras. Pero aquello nos duró poco. Iván, que también había cambiado de colegio, un par de años más tarde que yo, no acababa de acostumbrarse a los ambientes que frecuentábamos. Bajaba, me lo decía a veces, por no quedarse en casa, porque éramos sus únicos amigos. Pero se notaba que nuestras excursiones a los bajos fondos y a las vías de tren no le gustaban en absoluto. Sin embargo, pronto se hizo amigo de una chica que también solía parar con nosotros, llamada Dulce. Y pocos días después empezó a desaparecer durante bastante rato con ella. Por más que preguntamos, era imposible sacarle nada acerca de adónde iban y qué hacían por ahí solos. Más de una vez intentamos seguirlos, pero Dulce conocía los descampados, las callejuelas y demás rincones igual que nosotros los bancos del Parque. Sucede que un día que Dulce e Iván estaban desaparecidos y nosotros entretenidos dándole al vino cerca de unas vías apareció ella corriendo, con los ojos rojos y medio histérica, y nos pidió que la siguiéramos, que nos necesitaba, sin dar muchas más explicaciones. El resto de chicos con los que estábamos o bien no hicieron mucho caso o no se enteraban de lo que pasaba, pero nosotros salimos corriendo detrás de Dulce, a ver en qué se había metido Iván. Nos costó horrores seguirla, se metía por los sitios más inverosímiles, daba mil vueltas y cambiaba de dirección aparentemente sin rumbo fijo. Parecía que íbamos describiendo círculos. Por fin llegamos donde estaba Iván, tirado en el suelo y sangrando por la nariz, con la ropa manchada de tierra. Dulce nos dijo que su hermano mayor los había pillado y había pegado a Iván, y estaba segura de que volvería, ya que "nunca deja nada a medias". Así que cogimos a Iván entre todos y nos dispusimos a largarnos de allí cuanto antes. La mala noticia era que el hermano de Dulce iba acercándose, lo teníamos encima; la buena noticia es que no venía por la dirección en la que teníamos que correr. Imaginen a 6 chicos de 14 años cargando a un amigo, corriendo por un descampado lleno de piedras y baches, perseguidos por tres locos de 17 con ansias asesinas, intenten sentir la pesadez de las piernas, el nudo del estómago y las piedras volando por encima de sus cabezas y quizás lleguen a hacerse una idea de lo que pasamos aquel día.
Desde entonces Iván apenas salía de casa, estaba muy traumatizado. Su primera experiencia sentimental-amorosa había supuesto su primera paliza, y es normal que le cogiera miedo a la calle. Pero estuvo más de un año encerrado, saliendo sólo para ir al colegio y en muy contadas ocasiones en las que conseguíamos sacarlo de casa. Además se estaba volviendo paranoico, miraba a todas partes, esperando encontrar cualquier indicio de peligro en cualquier parte. Acabamos por dejar de llamarlo, nos ponía nerviosos a todos. En los últimos tiempos sólo lo llamábamos para que nos avisara por si venía la policía, en eso sí que era bueno. Y ya a principios de 2001 apenas nos veíamos, quizás una vez cada dos meses o así, muy poco. Parece ser que había hecho otros amigos, todos ellos muy cultos, muy inteligentes, muy aficionados a la literatura, como Iván se había vuelto a causa de la falta de callejeo. Así pues quedamos Rober, Andrés, Luis, Ramón, Javi y yo. Roberto, que ya había cumplido los 16, dejó el colegio y se metió a currar de albañil. Eso en Madrid puede dar mucho dinero, ya que esta ciudad es un escombro perpetuo. Trabajaba a destajo, 12 o 14 horas al día, apenas lo veíamos, y cuando lo veíamos solía estar borracho o drogado. Sus padres estaban en trámites de divorcio, así que con tal de no estar en casa se aprendió todas las calles y todos los caminos, de norte a sur y de este a oeste. Casi no dormía, pero nunca faltaba al curro y siempre parecía estar bien de salud, aparte de sus borracheras y demás colocones. Luis por su parte se cambió de barrio, sus padres habían comprado un chalet por la zona de Villa Rosa, en la parte alta de Canillas, cerca de donde se rodaba "Médico de familia". Zona de pasta, vaya. Luis tardó menos de dos meses en olvidarse completamente de nosotros, y las últimas veces que nos cruzamos fingió no conocernos. Siempre nos quedamos con las ganas de quemarle la casa, auténticos vándalos como habíamos sido de pequeños, pero a gran escala. En fin, como decía, Luis desapareció del mapa, al otro lado de Avenida. Quedábamos por entonces Ramón, Javi, Andrés y un servidor, pero tampoco aquello nos duró mucho. No me pregunten por qué, he estado noches intentando comprender qué pasó con nuestra amistad irrompible e incorruptible, pero no logro averiguar qué fue. Supongo que la distancia hace el olvido, que Madrid es lo suficientemente grande como para desaparecer de la memoria colectiva. No sé. Se me ocurre pensar que Madrid es como una araña, con una tela en la que espera pacientemente a que gente como nosotros, confiados e inexpertos en la vida, nos enredemos, nos quedemos pegados y gastemos nuestras fuerzas en intentar despegarnos, siempre con el mismo resultado: nada. Y cuando ya no quedan fuerzas es cuando uno empieza a pudrirse por dentro, la corrupción del alma es inevitable, sólo se espera una muerte rápida y se especula con las posibilidades de que eso suceda, cuándo y cómo. Otras veces pienso que somos nosotros, que no sabemos mantenernos unidos en el tiempo y el espacio. No es tan difícil hacerlo, estoy seguro de ello. No creo que el hecho de vivir en una ciudad grande signifique perder amigos así, como si fuese ley de vida. No puedo entenderlo.
Perdonen, me he ido del relato. Asco de ciudad... no sé si habrán estado en París; eso sí que es una ciudad, todo luz, historia, cosmopolitismo, relevancia. Madrid parece una cloaca al lado de París. Ah, perdón, he vuelto a irme. Bueno, como iba diciendo, quedamos Ramón, Andrés, Javi y yo. Rober apenas aparecía ya, Iván, según me habían contado, iba a veladas poéticas y a tertulias literarias en cafés elegantes y bohemios. Luis era carne de Pachá. Y nosotros, después de todo, seguíamos haciendo lo mismo: beber en el parque, ver pasar los días, y poco más. En cierto modo los 4 estábamos deprimidos, nos faltaba algo, nos faltaban partes de nosotros. Y todo eso hacía que se instalara en nosotros la desgana, la desidia y la desesperanza. Empezamos a tener malas notas, algunos conflictos con nuestros padres por nuestra ropa o por las horas a las que llegábamos a casa, por cómo llegábamos... Eran días extraños, de tensión. Andrés empezó a fumar porros, al principio era divertido, pero Javi era no fumador decidido y a mí me rascaba mucho la garganta como para cogerle gusto. Pronto Andrés dejó el colegio, empezó a vender y a fumar, no hacía más. Bueno, por lo menos él tenía dinero, y además el hecho de ser camello no le impedía seguir viéndonos como de costumbre, así que no le dábamos mucha importancia. Y luego pasó lo de Laura.
Les he hablado de París, pero claro, ustedes se preguntarán qué hace un tipo como yo en París. Pues verán, hicimos un viaje con la clase, un viaje cultural, que debía servirnos para profundizar aún más en Francia. Lo cierto es que no profundicé demasiado con el país, con quien sí profundicé fue con una chica de mi clase, Sandra. Por aquel entonces yo era el chico raro de la clase, una mezcla de niño loco y delincuente juvenil al que no convenía acercarse. Nadie lo decía, pero todos lo sabíamos. Y esa peligrosidad era lo que triunfaba entre las chicas ricas de mi clase, tan bien educadas y formales. Bueno, como iba diciendo, tuve una aventurilla con esta chica de mi clase. Pero eso apenas duró un par de días, no sé por qué lo hice, la verdad. Y claro, cuando le dije que no me gustaba - ¿qué iba a hacer sino?- se puso a llorar, tuvieron que consolarla todas sus amigas al tiempo que me dirigían miradas asesinas, que yo recibía con indiferencia. Pero ese día conocí a otra chica, de la otra clase que venía con nosotros, y a pesar de ser el desalmado que había dejado a Sandra herida de muerte pronto nos hicimos amigos. Y de ahí a empezar a sentirnos atraídos el uno por el otro apenas pasaron dos días. En el viaje de vuelta estuvimos todo el rato juntos, hablando, riéndonos, contando mis historias de joven delincuente, ilusiones, sueños que apenas sabía que tenía... Fue muy corto aquel viaje.
Por primera vez desde que estaba en el Liceo me gustaba ir a clase. Antes de París no tenía muchos amigos: Fer, Edu, Pablo, Juan y un chaval francés llamado Pierre, que me tenía especial simpatía. Después del viaje todos en la clase me saludaban y hablaban; pero no por eso me gustaba ir a clase, sino porque entre clase y clase iba a ver a Laura, a hablar con ella. Todos los recreos los pasábamos juntos, hablando de la gente del colegio, de cualquier cosa, de todo, de nada. Ah, todo esto pasa a finales de curso 2000/2001, creo que no lo había dicho. Es para que no se me pierdan en la historia. Bueno, a las 2 o 3 semanas Laura y yo ya íbamos cogidos de la mano por el colegio, quedábamos después de las clases para... bueno, supongo que saben para qué, usen la imaginación. Sí, fue una época feliz, junio y julio de 2001... Y de repente todo se rompió. Laura me dijo por teléfono que necesitaba hablar conmigo, quedamos en el Campo de las Naciones, como de costumbre, testigo de tantos amoríos, y allí me dijo que me dejaba. Pueden imaginar el efecto que tuvo. Fue entonces cuando comprendí a Sandra, por qué había llorado tan desconsoladamente cuando le dije que no me gustaba. Podía sentir el peso del cielo sobre mis hombros, una terrible presión empujándome al suelo y oprimiéndome el pecho. Toda mi ilusión por la vida, el optimismo que había ido acumulando a base de estar horas sentado, tumbado, escuchándola hablar, reir, todo aquello dio paso bruscamente al vacío. No hubo lágrimas, no hubo tampoco apenas explicaciones, sólo me dijo "Santiago, no estoy preparada, no estoy segura" y después de eso desapareció, dejándome parado en medio del césped, sin saber qué hacer ni qué decir.
El verano que pasé fue realmente horrible. Estuvimos en Alcoy, el pueblo de mi madre. Estuve todo el verano con mis amigos de allí, todo el día y la noche en la playa y a todas horas borracho; y cuando no estaba borracho me asaltaba el mismo vacío que había sentido apenas un par de semanas antes, con las palabras pétreas de Laura. Y esa sensación de vacío se agravaba estando borracho, pero el alcohol me servía para olvidar, al menos por un rato. Y eso era todo lo que quería, quería mirar a la Luna sin tener que acordarme de Laura, sus ojos, su piel, su olor, su pelo cayendo a los lados de su cara.
De vuelta en septiembre al barrio. Fue entonces cuando Andrés se hizo camello, y poco a poco, casi sin darnos cuenta pero como si fuera inevitable Javi y yo dejamos de frecuentar los sitios de Andrés y Ramón, demasiado humo, demasiada desidia incluso para nosotros. Se juntaron unos cuantos del barrio que conocíamos de vista y se convirtieron en despojos, sentados todo el día en el parque fumando petas y con birras. Javi me reprochó varias veces a lo largo del otoño mi relación con Laura, diciendo que él había tenido que aguantar a todos esos capullos, había tenido que ver cómo Andrés se convertía en una especie de líder, de gurú de madera que preconizaba el amor y la destrucción de la riqueza al mismo tiempo que la del hombre. Curioso, cuanto menos. Así que Javi y yo solos empezamos a patearnos la ciudad, sin un objetivo concreto. Ir al Parque ya no era lo mismo, casi nos dolía pasar por allí, ver nuestras vidas pasadas en esos bancos y descubrir en qué se habían convertido... algo duro, muy duro. Y en nuestros paseos muchas veces nos preguntábamos cómo nuestro grupillo de amigos había ido desintegrándose hasta quedar nosotros dos. Me sorprendía que Javi pensara ese tipo de cosas, cuando estábamos todos él siempre estaba contando chistes, haciendo el tonto, parecía incapaz de pensar en nada serio; quizás lo había juzgado mal, quizás en realidad apenas lo conocía o quizás el verano había sido mucho peor para él que para mí. Un día se lo dije:
- Javi, no pensaba que tú pensaras ese tipo de cosas, pareces otro.
- San, los tiempos cambian, las personas cambian, pero siempre acaban por sorprendernos. Eso no lo olvides: la persona menos pensada será la que más te sorprenda.
Cuando le conté mis teorías sobre la relación entre la ciudad y la lenta desintegración de nuestro grupo me respondió con su visión; me dijo que imaginaba Madrid como un laberinto en el que cada esquina que girábamos iba apartándonos más y más de la salida, y al hacerlo íbamos siendo diferentes, más malos, más crueles, más insensibles, más egoístas. Temblaba mientras me lo contaba, me parecía verme dentro de ese laberinto del que hablaba, y dentro de mí el corazón pasando de rojo a negro, de sangre a una especie de masa viscosa e informe que lo invadía todo.
Una tarde, sentados en un bar frente a un café y una cerveza le conté lo que había pasado con Laura, le conté todo lo que pensé en el verano, le confesé que aún la quería. Él, dando un trago ardiendo de su café, me dijo que lo intentara. No tienes nada que perder, salvo la oportunidad, me dijo. Estaba mareado, parecía increíble que Javi, el mismo Javi de toda la vida me dijera ese tipo de cosas. Pero así era. Decidí seguir su consejo, un día me planté delante de Laura y le dije todo lo que sentía, todo lo que me había rondado la cabeza desde el día del Campo. Se puso a llorar, me abrazó y me besó, pidiéndome disculpas por lo que había hecho, asegurándome que me quería y que no me dejaría otra vez. Unos días más tarde se lo conté a Javi, quien aplaudió la reconciliación, sacando después de mucho tiempo su vena cómica y haciendo el tonto para celebrarlo.
Las cosas con Laura no podían ir mejor, ya llevábamos más de un año juntos, y todo cambiaba: pasábamos mucho tiempo en su casa, descubriendo el placer carnal, cuando salíamos lo hacíamos con sus amigas, a veces venían también mis amigos de clase, otras veces salíamos con ellos, otras íbamos solos al cine o a cenar... Todo era perfecto. Pero claro, con ese cambio de ambiente dejé de ver a Javi, casi no sabía nada de él, lo cierto es que no me importaba mucho, tan embobado estaba con Laura. Alguna vez le mandaba un mensaje o le llamaba a casa, siempre quedábamos en vernos pronto y sin falta, pero creo que en el fondo él sabía que no iba a pasar nada de eso que decíamos. Todo eso, para variar en mi vida, cambió de repente. Estaba una noche en mi cama, con Laura, mis padres se habían ido de fin de semana. Y rompiendo el silencio que se había hecho después del sexo sonó el telefonillo. Al principio me pareció cosa de mis sueños, cuando me despertó pensaba en no cogerlo, no quería. Pero cinco minutos de martilleo intensivo acabaron con mis reticencias, cogí el auricular y puse mi voz más desagradable. Al otro lado reconocí la voz de Luis, el mismo Luis que nos había repudiado años antes. Se le notaba nervioso, histérico, apenas se le entendía algo, sólo dijo que estaba con Ramón y que bajara. Eran las 5 de la mañana, apenas había dormido y después de tanto tiempo no sé si quería volver a ver a estos. Y sin poder evitarlo vi pasar nuestras vidas por delante de mis ojos, pronto cubiertos de lágrimas. Mis amigos pedían mi ayuda y yo con dudas. Me vestí corriendo, desperté a Laura, le dije que se fuera a casa y bajé; Luis estaba sucio, con heridas en la cara, a su lado Ramón, los ojos rojos y como con la mirada perdida. Por qué Luis llevaba la cara y la ropa así fue lo primero que pregunté al verlos, Luis agachó la cabeza, sus padres lo habían echado de casa dos días antes. Acto seguido me contaron entre sollozos, derrumbes y suspiros que Andrés había tenido una sobredosis, que casi la palma, y que estaba en el hospital. Fuimos corriendo hasta el portal de Javi, me cogió el móvil, le conté lo que pasaba y le pedí que viniera con nosotros. Cuando llegamos estaba abajo, esperándonos. Había cogido las llaves del coche de su padre, eso nos ahorraría tiempo. Faltaba Iván, dije yo. Ramón y Luis se miraron como desechando la idea, pero Javi nos dijo que ya le había llamado y que venía. No sabía si creérmelo, y desde luego Ramón y Luis no se lo creían, pero al poco rato apareció, con su cuello vuelto y sus gafas. Nos metimos en el coche y Javi arrancó, dirección La Paz. Siempre se me olvida que Javi era algo mayor que nosotros y ya se había sacado el carnet; además su padre casi no usaba el coche, era prácticamente de Javi. A mitad de camino se me ocurrió que aún faltaba Rober, y cuando lo dije Javi me contestó que ya había hablado con él, que estaba de camino si es que no había llegado ya.
Lo que pasó aquella noche no es necesario que lo sepan, basta decir que a partir de ese episodio de Andrés con la cocaína los Chicos del Barrio volvieron a ser los que eran. Después de salir del hospital todos nos encargamos de que Andrés se desintoxicara y conseguimos que dejara de vender y buscara un trabajo. Costó tiempo y esfuerzo, pero después de tanto tiempo estábamos otra vez todos juntos. Nos veíamos más a menudo, casi siempre en el bar donde le conté a Javi mi historia con Laura, y nos reíamos como antes. Aprendimos a apreciarnos mutuamente, a conocernos. Así hasta ahora. Sólo me falta una cosa: arreglar las cosas con Laura, a la que hace casi un año que no veo. Bueno, eso y unas canastas con los amigos."
El doctor salió a hablar con su madre. San podía escuchar apenas lo que decían, el doctor parecía estar hablando de él:
- Verá señora, su hijo no habla más que de sus amigos, quizás esté afectado por algún tipo de trauma con ellos.
- No sé qué puede ser, Santiago no sale mucho de casa, y por lo que comenta no tiene mucha relación con sus compañeros, nunca sube con nadie, nadie lo llama, él tampoco llama a nadie. ¿Cree usted que es un problema de socialización, o de sociabilidad?
- A usted no le sonarán de nada los nombres de Javier, Ramón, Luis, Andrés, Iván y Roberto, ¿verdad?
- No, para nada. Por lo menos no me suenan de nombres de amigos de mi hijo.
- ¿Y Laura? ¿No le dice nada?
- ¿Laura? ¿Quiere decir que mi hijo ha estado hablando de una chica?
- ¿Ha estado su hijo alguna vez en París?
- ¿París? No, nunca estuvimos allí.
- Señora, ¿de dónde son ustedes?
- Bueno, verá; mi marido es de Albacete y yo...
- No no, disculpe, me he expresado mal. Me refiero a en qué parte de la ciudad viven.
- Ah. Pues vivimos en Moratalaz, ¿por qué lo pregunta?
- Su hijo ha estado horas hablando de esos amigos suyos, asegurando que tanto ellos como él eran del barrio de Alfonso XIII.
- Sí, nosotros vivíamos antes ahí, pero nos mudamos cuando Santiago tenía unos 7 u 8 años. Pero allí tampoco tenía demasiados amigos, creo recordar. Nunca fue un niño hablador, ya sabe, siempre estaba dibujando o leyendo, inventando historias, tenía algunos problemas en el colegio, pero según el psicólogo de su anterior colegio no era nada grave, según él Santiago tiene alma de humanista, por tanto era normal que no se le dieran bien las matemáticas.
- Me temo que es algo más grave que las matemáticas. Verá, su hijo... su hijo sufre una deformación del sentido de la realidad.
- ¿Cómo?
- Quiero decir que su percepción de la realidad no es del todo normal, por decirlo de alguna forma. Verá señora, todas las personas, especialmente en estos tiempos de competencia, de ambición y éxito tienden a imaginar situaciones que saben irreales pero que consuelan sus fracasos reales. Es como soñar despierto. El problema de su hijo es algo más complejo: él comprende lo que sucede a su alrededor, toma parte más o menos activa en su entorno, pero posee, o no sé si decir sufre, la capacidad de crearse un mundo aparte de éste, una especie de vida paralela, que él considera tanto o más real incluso que ésta. No es algo muy común, aún está poco estudiado, pero es como si su hijo tuviera una doble personalidad esquizofrénica. Si no le importa lo dejaremos un par de días más en observación, tenemos que esperar a que deje de delirar, la fiebre le ha bajado pero él sigue... está como atrapado dentro de ese mundo paralelo del que le hablo, dice cosas sin sentido, no responde a los estímulos, tiene una actividad neuronal anormal y produce grandes cantidades de adrenalina. Tememos por su salud.
La madre de San estaba confusa, presa de un mareo incontenible por el que apenas podía tenerse en pie.
- Señora, si me permite un consejo, váyase a casa, lleva aquí mucho tiempo, ha tenido que soportar muchas tensiones. Tenemos su teléfono, si pasa cualquier cosa la avisaremos. Si quiere puede venir dentro de dos o tres días, pero ahora necesita descanso. Venga, la acompañaré a recepción, allí le pediremos un taxi.
Mientras el doctor Márquez acompaña a su madre abajo, San sólo piensa en arreglar las cosas con Laura y echar unas canastas con sus amigos. Afuera la ciudad observa a los incautos que van cayendo en sus redes, esperando el momento del cansancio y la derrota para inyectar su veneno. |