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I Certamen de literatura HHzpain.net

cegado

Por : Javier M.

He terminado la botella de whisky de un trago mientras observo cómo el reloj cambia su manecilla más pequeña a las once. Debo llevar unas cincuenta horas sin dormir, en algún momento debí perder la noción del tiempo, tampoco me importa, sólo sé que no estás a mi lado y que jamás lo volverás a estar, me alegro de haberte querido de aquella forma. No tengo idea de donde me encuentro, pero estas calles me resultan familiares, las mismas pintadas en los muros, las mismas puertas cerradas y rejas de ventana, y la misma jodida niebla que no me deja vislumbrar el camino. La luz amarillenta de las farolas callejeras no me deslumbra, me recuerdan al cálido sol que alguna vez brilló en el cielo, y el neón de un letrero luminoso cercano le susurra verdades a mi cabeza. Me dice que es tarde y que estoy mal. Me advierte que allá abajo, en el infierno, tienen una butaca con mi nombre, y que por mucho que les insista jamás te dejarán venir a verme, malditos. Mi percepción de la realidad cada vez está más mermada, no por el río de alcohol que ha inundado el océano de mi sangre sino porque mi voluntad así lo desea, decimos que la voluntad define nuestros actos, pero olvidamos que nuestros actos definen nuestro ser y mi ser ya no actúa. Hace ya rato que la radio no emite ningún sonido, supongo que también habré terminado la batería de mi coche, ¿acaso la fuerza de mi espíritu se agotó con ella?, porque noto que me abandona. Recuerdo que me dirigía hacia a un atardecer, de granate intenso y ardiente malva. Recuerdo que llegó la noche y perseguí las luciérnagas rojas que se encontraban ante mí, raudas como yo formábamos largas hileras en columnas definidas. Recuerdo que mis manos me protegían del naranja hostil del amanecer, y que mis pies en aquel entonces me obedecían. Mis manos, culpables del peor de los castigos, manchan de sangre todo aquello que me atrevo a tocar. He recorrido calle tras calle y ahora ninguno de ellos me reconoce, me abandonan porque no he sido todo lo benevolente que debiera, ¿acaso existe en este mundo alguien que aún lo sea? No me importa, porque ellos me vigilan. He girado en todas las curvas del mundo y he tomado diez mil desviaciones, y siempre los tengo delante. Los edificios, amenazantes, me observan en cada paso que doy. Siempre alertas a mis movimientos cambian de lugar cuando yo me distraigo, cambian para que yo no pueda salir de esta maldita ciudad. Tengo miedo de bajar la ventanilla porque sentiré el hedor asfixiante del asfalto, estoy seguro de que penetrará en mí y me intoxicará los pulmones hasta darme la muerte, esa misma muerte que me guiará hasta mi butaca infernal. Vomitaré como ya lo hice en tantas otras ocasiones. Me duelen los pies, si no fuera por eso quizás haría un último esfuerzo y obligaría a mi coche a tomar el camino final, desconocido para mí y para el resto del mundo. Le obligaría a romper las reglas y rodar por entre las calles sin rumbo, sin señales que me detuvieran o me indicasen el camino a seguir, pero mis heridas pesan más. Por mucho que gire la llave del contacto no obtengo respuesta desde el motor, debe haberme abandonado el también, todos lo hacen. Lo compadezco, ha trabajado ya muchas horas para mí. ¿Por qué mis párpados reniegan de mí? Maldita ciudad. He vagado por cada rincón de tu corazón, me he criado en el regazo de tus callejuelas y he bebido del agua podrida que emana de tus venas, ¿acaso no puedes entender que soy tu hijo? No voy a luchar contra nada más, dejaré que el rencor y la venganza se unan a mí y te escupiré sentimientos de odio. Siento el peor de rechazos hacia ti maltita ciudad. Ven a quitarme la vida si te atreves.

-Ven a salvarme- te dijo mi espíritu mientras yo, junto a las puertas del abismo, os observaba con la Muerte cogida de la mano. Y la ciudad me llevó consigo.

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