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I Certamen de literatura HHzpain.net

Una entre 6.000 millones

Por : Laura M.

El viento era frío y cortante, el acompañante perfecto a la par que molesto para una mañana de invierno a las 7:50; cuando la ciudad empieza a desperezarse para emprender una nueva jornada de rutina.
Carla llegó andando pesadamente entre bostezos a la parada de autobús de Colonia Jardín para ir, como cada día desde hacía ya 4 años, a su instituto de Alcorcón. Se sentó y se encendió un cigarro; le gustaba el primer pitillo de la mañana porque, al no desayunar, conseguía marearla levemente y hacerla sentir unos segundo como si se separase de su cuerpo y fuera libre. Aunque fuese poco rato, era el único tiempo muerto que Carla tenía cada día para olvidarse de cuanto odiaba su vida y el dolor que esto la producía. Siempre con esa sensación agobiante de que le faltaba algo, de un deber que se la estaba olvidado y le hacía sentir culpable.

Tras el primer calo se percató de algo terriblemente inusual; no había absolutamente nadie en su parada, ni en la de enfrente, ni siquiera por la calle o en la carretera salvo, muy de vez en cuando, algún coche solitario.
Se inquietó.
El silencio era tal que podía oír los latidos de su corazón o cómo los semáforos se quejaban al ponerse verdes para dejar pasar a transeúntes invisibles.
Miró el reloj; era la hora de siempre y además viernes. No era fiesta...¿Qué había impedido que todo el mundo se arrastrara a sus repulsivos empleos? ¿Un complot local contra...? Bueno ¿Hay algo que vaya bien en este mundo?...No, la ciudadanía no sacaba el valor de las piedras de un día para otro...
Entonces recordó una historia; la de Siddharta y cómo el mundo se sumió en sueño cuando él se dispuso a escapar de su palacio para encontrar el camino a la Iluminación y salvar a la humanidad del sufrimiento.
Le dio un escalofrío que hizo crujir cada una de sus articulaciones y el miedo le revolvió el estómago. Era una sensación muy extraña; como si fuese a...
- Hola- derrumbó el silencio una voz amable y penetrante que empujó a Carla a darse la vuelta con los ojos muy abiertos y la respiración acelerada.
- No tengas miedo – dijo el chico con una sonrisa impecable, tan perfecta y tan blanca que cabía preguntarse si era humana.
Su piel pálida tomaba un aspecto enfermizo al resaltar con su ropa ancha y negra y su pelo liso cortado a tazón que hundía su cara en las sombras y dejaba ver el brillo de sus ojos. Unos ojos grandes, de forma ovalada, algo rasgados, que rodeaban la pupila de un intenso verde que luego se tornaba gris y acababa de repente en una línea negra que rodeaba todo el iris.
Era muy guapo, demasiado para ser real. Su simetría era inalterable y eso, cómo Carla había leído alguna vez, era una de las cosas que hacían a una persona tener belleza.
- Me llamo Enda. Sé que es un nombre raro, es irlandés, gaélico ¡Qué raro está todo esto solitario! ¿Verdad?
Carla tardó unos segundos en sobreponerse del susto y reaccionar ante la mirada atenta del chico.
- S..si...solo falta un poco de niebla para hacerlo más siniestro
- Siniestro...es curioso cómo elegimos las palabras a veces. Diferentes vocablos pueden causar que nuestras vidas vayan a un sitio o a otro. Una palabra inapropiada puede hacerte perder a quien más quieres, una palabra a tiempo puede salvar una vida, unas palabras con sentido podrían cambiar el mundo...es curioso el poder que tenemos sin darnos cuenta ¿eh?
Carla se quedó callada pues, ante eso, cualquier cosa hubiera sonado ridícula y a veces es mejor el silencio, aunque este también transmita una opinión.
Mirando al suelo y con tono de confesión dijo:
- Eso es lo más inteligente que me han dicho en mucho tiempo- Enda sonrió y apuntó:
- A veces las palabras más estúpidas pueden resultar geniales dependiendo en la mente a la que vayan a parar y las conclusiones a las que hagan llegar. Muchas cosas dependen de la mente ¿Cuánta gente vio una manzana caer de un árbol antes que Newton? Infinita, seguramente, pero fue él el único que se paró a pensar porqué había ocurrido y llegar a una explicación.
Sí, no es una palabra, pero es un ejemplo. No es grande el que más sabe, ni el que cree tener razón; el grande es aquel que no dejó que los conceptos preconcebidos entraran en su mente sin una previa comprobación por su parte, alguien que no da todo por sentado y que piensa que si algo no se ha hecho es porqué se intentó y no salió bien.
No, por eso el mundo no cambia, la gente se rinde y tiene complejo de inferioridad. Desde pequeños nos meten en la cabeza que no llegaremos a nada, que o naces a mitad del camino; es decir, en una posición de poder, o ya puedes luchar que a penas conseguirás obtener aire para respirar. Pero eso es falso; no s necesita nada salvo esfuerzo, paciencia y el suficiente autoestima como para ser rechazado un millón de veces y volver a levantarse para seguir golpeando con lo mismo hasta que al final, cómo la gota que cae en la piedra hasta erosionarla, se consigue algo. Insistencia y mucha paciencia, esas son las claves para llegar lejos...Y da igual que te digan lo contrario los envidiosos que lo intentaron y no lo lograron o los que son demasiado vagos, hay que hacerse caso a uno mismo, pues eres la única persona que se preocupa por tus intereses, por nobles que puedan ser...

Carla estaba atenta a cada sílaba, no podía creerse que ese extraño chaval le estuviera soltando aquel discurso; esas palabras que llevaba años deseando oír de la boca de alguna de sus amigas de toda la vida, novios o incluso familia. Pero al final había sido un extraño que probablemente solo intentaba convencerse a si mismo el que le empujaba a la luz. Había alguien en la tierra que pensaba así, alguien cuerdo al que le importaba algo más que la vida del inútil de Beckham o cualquier estupidez típica en la mayoría de las conversaciones.
Hubo un silencio, pero no incómodo. Un silencio significativo en el que te das cuenta de que la otra persona no es un cacho de carne con emociones ridículas e ideas planas sino que, como tú, tiene miedos, inquietudes y muchas preguntas sin respuestas. Podría darse por sentado, pero muchas veces olvidamos que no somos los únicos con sentimientos, tal vez porque no nos paramos a pensar en las razones de los demás y que la comunicación es cada día más escasa y nosotros más cobardes pues, por no querer que nos hagan daño, no abrimos nuestras puertas a nadie.
- Tu autobús – dijo Enda entonces. El 815 subía la cuesta relleno de pasajeros apretujados con cara de odio y maldiciendo la superpoblación.
Carla se levantó sacó el abono y cuando el autobusero abrió las puertas se despidió.
- Adiós Carla, nos veremos...-
Y cuando hubo metido el abono en la maquina y lo sacó se dio cuenta. Ella no le había dicho su nombre ni a dónde iba. Se dio la vuelta con el pulso nuevamente acelerado pero aquel chico ya no estaba.

En el instituto estaba ausente, reflexionando sobre aquel muchacho, sus palabras y como enlazaban con miles de pensamientos que había tenido anteriormente. Momentos de desesperanza en los que daría cualquier cosa por caerse muerta al suelo y descansar al final de cuanto la rodeaba.

A pesar de no mostrar el buen humor que encubría su pesar diariamente, las amigas de Carla no se dieron cuenta de que a penas se reía de los típicos comentarios de los profesores y de que se concentraba en el infinito más de lo habitual.
Cada uno tiene sus problemas, y por mucho que pueda querer a los que le rodean, a veces a uno se le olvida que esa gente también sufre y pasa etapas en las que un poco de atención sería suficiente para no estamparse contra el suelo y esperar a pudrirse ahí en soledad. Ni siquiera su padre se dio cuenta en la comida de que a penas si tomó un par de trozos de carne.

Realmente, si Carla hubiese estado pendiente de la poca atención que le prestaba el resto del mundo, posiblemente se hubiese vuelto a incrementar esa horrible presión del pecho que solía asfixiarla. Pero no esta vez, aquel era el pan de cada día pero esta vez tenía algo más importante en lo que pensar.
Tenía que volver a encontrar aquel chico...¿O quizás no? ¿Y si solo habían sido unas palabras certeras en un momento preciso como él había dicho? ¿Y si al conocerle se desvanecía el encanto y volvía otra vez a la misma pesadilla pero con más desesperanza si cabía? Pero...tenía que intentarlo; las cosas siempre van a peor, así que ¿qué más dará? Si lo último que se pierde es la esperanza ella ya no tenía nada que perder...pensaba mientras se abrigaba para salir a la calle como cada viernes.

Sentarse en el parque con los de siempre con el litro, los porros del Amed, las rimas, las historias del instituto, recuerdos de carreras con la madera detrás, de borracheras...la cura de choque tras una sórdida semana en la que los profesores les agobiaban y les decían que no valían nada y sus padres, al llegar a casa, les gritaban, ignorando la voz del adolescente que guardaban dentro que había sido aprisionado entre responsabilidades y sueños rotos.
Risas, rap y proyectos para el día siguiente: podía caer alguna pieza en el antiguo colegio ¿Por qué no? Empezaba a hacer buen tiempo, había que aprovecharlo.

Sobre la una y media cada uno tomó su camino a casa.

El vapor, que salía de su boca ,empañaba su visión de la calle tiñéndola de neblina durante unos instantes tras los que se disipaba para volver a cubrirse con una nueva exhalación de Carla. Su sombra cambiaba de posición al caminar al lado de las farolas y sus pasos eran lo único que parecía vivo en aquella cuesta en donde, por segunda vez en el día, el mundo parecía haber dejado de girar.
Sensaciones extrañas la recorrían por la piel, las vísceras...cómo si sus células supieran algo que ella no y se lo estuvieran avisando las unas a las otras entre susurros. “Una conspiración intracorporal, ya no se puede fiar una ni de su ADN” pensó.
Apretó el pasó. No sabía si todo aquello era producto del sueño, la cerveza y la oscuridad o de algo con mas peso, pero no se sentía con fuerzas de averiguarlo.

De pronto, como si las partículas de aire se hubieran enlazado en ese instante para formarla, apareció una negra figura enfrente de Carla. Precisamente, la farola en donde se hallaba la silueta estaba fundida y no conseguía distinguirle ni un solo rasgo.
Estaba parado justo en medio de la carretera.
Parecía estar esperando.
Carla estuvo por pararse y echar a correr hacia la dirección contraria, pero algo la retenía, una especie de vergüenza residual creada por alguna norma social que no recordaba. Increíble como el hombre consigue doblegar a su instinto convirtiéndolo en un ser más vulnerable incluso de lo que ya es...

Con el corazón resonando en su garganta y produciéndole arcadas, Carla pasó a unos metros del hombre y cuando lo tuvo a su espalda suspiró aliviada, ya que él ni se había inmutado.
Pero entonces la agarró de un brazo y se lo retorció tras la espalda con el fin de ponerla una navaja en el cuello.
- No...no me hagas daño...por favor...coge lo que quieras, pero déjame en paz...-
- No me interesa nada material...- dijo el hombre con una voz rota y susurrante en el oído de Carla. Olía como los billetes viejos e iba trajeado. Peinado impecable, zapatos limpios...
- Entonces...vas a ...-
- No, no, tampoco. No son cosas tan efímeras las que me han cruzado en tu camino, Carla.
- ¿Y...?
- No necesitas saberlo, después de muerta no te servirá de mucho-
Y como si fuese la continuación de la frase, la navaja cruzó el vientre de Carla. La impresión casi hizo que se tragase la lengua. No podía más que fijar la vista en el suelo y dejarse caer mientras aguantaba las arcadas que la sangre que subían por su esófago. Jamás pensó en acabar así ni imaginó ser tan frágil...

Se echó allí, en medio de aquella calle de la cual el asesino había huido con la misma rapidez con la que apareció. La contaminación no le dejaba ver mas que una estrella, que luchaba contra el mar de nubes, como Carla para mantener su alma dentro del cuerpo, pero tanto la luz del astro como sus fuerzas se fueron desvaneciendo...
Ya no sentía dolor. Podía oír, pero no tenía ningún sentido más al que aferrarse...¿sería aquello la muerte o un estado de consciencia previo?
Unos pasos se acercaban a ella lentamente dejando sus meditaciones a un lado.
La persona se agachó; como indicó el crujido de su ropa y de repente Carla sintió.
Era un dolor horrible, peor aun que el del navajazo. Era como si la herida se estuviese estirando pugnando para unir los tejidos que hacía unos minutos eran inseparables.
Carla deseaba gritar y llorar, pero su cuerpo era ajeno a esas emociones colmado de sufrimiento como estaba y una vez más, el dolor cesó.

Cuando se restableció la respiración, abrió los ojos, que se reflejaron en la atemorizada pupila de Enda, que la tenía entre sus brazos y la miraba expectante.
Sonrió levemente al comprobar que la vida volvía a fluir en el cuerpo de Carla.
Ésta no se atrevía a preguntar nada y se limitaba a agarrarse a Enda como si tuviese miedo a que se volviese a esfumar, pero al final ganó la curiosidad.
- ¿Qué ha pasado?- preguntó una voz débil que reptó por su garganta. Enda suspiró como cuando un padre escucha la pregunta de su hijo e intenta compactar la información y adaptarla a su entendimiento. Finalmente dijo:
- En un principio todos los fenómenos de la naturaleza eran atribuidos a la magia, a los dioses y con el paso de los siglos, la ciencia, al dar explicación a muchos de los sucesos, dejaba el espacio de lo inexplicable más y más reducido. Pero digamos que a la ciencia aun le queda mucho por recorrer para explicar determinadas cosas, cosas como las que hacen que tu vida esté en juego y que yo esté aquí para evitarlo.
Digamos que por alguna razón soy capaz de ver el potencial de la gente, quizás algo en mi detecte la calidad del ADN, quizás sea sensible a determinadas combinaciones químicas o digamos que, como muchos dicen, soy capaz de ver el aura. Digamos también que algún tipo de fuerza me obligó a hablarte esta mañana, la misma que introdujo tu nombre y tus datos en mi cabeza e hizo que viniese aquí ahora porque algo iba a pasarte. Digamos además que no soy la única persona en el mundo con la capacidad de ver más allá que el resto, que no es una mutación aislada y que gente que la posee y sabe lo que yo sé, cree que sus intereses, que han sido protegidos desde el primer día que la civilización vio la luz, están en juego por ti. Y por el mismo motivo que ellos sienten la necesidad de destruirte, yo me siento obligado a asegurarme de que tu camino sea el que, por el momento, las fuerzas físicas y químicas del Universo han trazado para ti-
Carla no entendía bien ¿La estaba hablando de magia? ¿De profecías?¿Destino? aun no se explicaba cómo seguía viva...¿O quizás no...? Haciendo un esfuerzo para levantar algo la cabeza, consiguió ver su vientre bajo la ropa rajada.. Estaba intacto.
- ¿Cómo...?-
- Bueno, digamos que el azar, ya que aun no hay un nombre mejor para darle, hizo que mis genes se cargaran de mutaciones curiosas que también se traducen en convertirme en una especie de mecánico de tejidos orgánicos...
Además, la magia no es más que aquello que sobrepasa el limite de lo que la ciencia ha logrado comprender y el destino...¿Qué es el Universo sino una inmensa reacción en cadena imposible de frenar?-
- Pues...la verdad es que no me hace mucha gracia pensar que no soy responsable de mis actos...pero...creo que no es el mejor lugar ni momento para filosofar- Enda sonrió y la ayudó a incorporarse. Sus piernas aun estaban débiles.
- Solo una pregunta más – dijo Carla - ¿Eres...una especie de ángel de la guarda o...? – Enda rió y con tono divertido respondió
- Soy una persona como tu; con padre, madre, instituto y hormonas revolucionadas...solo que con la capacidad de ver el futuro, el aura, curar...mmm...puede que el mito provenga de gente como yo...si quieres entenderlo así, sí, voy a ser tu ángel de la guarda y cuando le des nuevos ojos al mundo, yo estaré ahí para apoyarte...y decirte que ya lo sabía – y con una sonrisa burlona, se dio la vuelta y desapareció doblando una esquina.

Carla se quedó quieta unos instantes. No podía creérselo, no podía reaccionar...no...
Simplemente, no era posible. ¿LSD en los porros? A saber...ella cambiando el mundo...si, llevaba toda su vida soñando con ello, con aportar una mentalidad revolucionaria que hiciera a la humanidad dar un gran paso hacia su salvación pues, tal como lo veía ella, si seguía aquel camino, el fin ya se veía en el horizonte, pero...eso solo era un sueño.
Ella no era más que una entre 6.000 millones: ni la más lista, ni la más rica, ni la más habilidosa ni nada...¿por qué ella...?
Pero tal vez, esa no sea la pregunta.
Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos todos es ¿Y por qué no?

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