Deseos CumplidosPor : Javier R. Deseos cumplidos
Una, dos, tres... Hasta ahí todo va bien, aun queda hueco en la boca para una cuarta. El jugo dulce se mezcla con la saliva, provocando una continua sensación de desbordamiento, que estimula al espinazo a arquearse hacia adelante para evitar que el líquido chorree sobre el pecho. La siguiente entra a la fuerza empujada por el índice y los carrillos se hinchan como globos haciendo desaparecer los labios de sus facciones por pura presión. Con la quinta campanada no hay más remedio que detenerse y tragar algo. Y en la sexta van dos a la vez para compensar. Así, hasta que en la duodécima concluye la tortura de engullir uvas a contrareloj, con sus respectivos hollejos y granillas. La gente explota en gritos y se abrazan. La Puerta del Sol está repleta y el presentador hortera de turno, después de confundir a media España, como siempre, con los cuartos y las campanadas, brinda con la maciza de turno dando inicio a la gala de fin de año. Entonces, Paco salta del sillón, apaga el vídeo y, tarareando una “samba do Brazil”, se dirige, con un baile descompasado, hacia la minicadena coreana que le regalaron cuando compró la colección de libros de cocina para su madre. Lo cierto es que el dichoso aparato ni suena bien, ni intención debió tener el fabricante de que lo hiciera, pero ésta es una de esas ocasiones en las que vale cualquier cosa que haga ruido. Con la punta de los dedos pasa los compactos uno a uno.
- ¡ Ajá !, “c´est voila”.- Exclama, sujetándolo con la mano en alto. Durante unos segundos sigue contorneándose, imaginando en sus brazos a la espectacular mulatona que adorna la portada; ilusión truncada al abrir la caja, que detiene su baile e inunda sus ojos de sangre, bombeada por la ira de descubrir que el disco que contiene es el último de “Julio Iglesias”, en vez del que debía encontrar.
- ¡ Maldita sea !, otra vez no.- Grita indignado y regresa hasta el montón de discos en busca de la carcasa confundida.
- No puede ser.- Dice, ahogado en la desesperación. En la de “Julio Iglesias” está el de “los tres tenores” y en la de éste, el “Volumen brutal” de “Barón rojo”.
- Juro que no los vuelves a tocar.- Grita.- Aunque seas mi madre.- Añade, aun sabiendo que se encuentra sólo en la casa. -¿Resulta tan difícil guardarlos en su sitio?
Al fin, el enredo se resuelve dentro de la caja de un disco de grandes éxitos barato, que acompañaba al fascículo número uno de una recopilación de música de los sesenta; de los que sólo compró los dos primeros y le importa un pimiento si permanecen perdidos de por vida en aquel laberinto.
Las notas de la música brasileña encienden de nuevo la mecha festiva que se había sofocado hacía unos instantes. Paco se sacude como un poseso por toda la habitación, berreando la letra en una jerga ininteligible, y encaramándose a cualquiera de las sillas en el momento de apoteosis final de cada canción para adornar el remate con una pose de bailarín. Postura que no es capaz de sostener porque el pijama con cuadros escoceses rojos y verdes comienza a pesar, mojado por el sudor que brota animado por el anticipado veranillo de San Miguel, desnivelando su cuerpo huesudo y encorvado.
El golpe del cerrojo de la puerta, acompañado del tintineo de las llaves que cuelgan del exterior, le extrae de aquel extraño aquelarre con el sol en lo alto, en pleno “Ángelus”.
La señora María empuja la puerta y penetra el umbral cargada con cuatro bolsas de plástico blanco repletas de frutas y hortalizas, que tras un alarido de horror escapan de sus manos, rodando naranjas, manzanas y melocotones por todas las habitaciones que dan al recibidor. El susto no culmina en infarto porque reconoce, al fin, la esperpéntica imagen de su escuálido hijo corriendo hacia ella en la penumbra del corredor, al que detiene de una tremenda bofetada.
- ¡Idiota!.- Exclama, tomando aire para recuperar el aliento. - ¡Será posible el susto que me ha dado!, ¡con treinta y cinco años que parecen doce!, ¿no habrá ninguna mujer en el mundo que quiera a esto y se lo lleve ?.
La retahíla no le sorprende, pero duele mil veces más que el guantazo, del que todavía percibe las sensaciones del calor y del empuje rítmico de la sangre que sigue llenando su mejilla. No es que las mujeres sean la única cosa que se le resiste en la vida, pero es lo que le produce mayor frustración. Supone su físico desagradable - y cierto que lo es -, carece de labia que lo compense y tampoco hay plata que le maquille a los ojos de cualquier vampiresa de las que persiguen la estela de la Visa oro. El amor mercenario es el que calma sus necesidades humanas. Eso sí, sólo cuando éstas y el sobre del mes se encuentran en absoluta conjunción. Después, transcurren treinta días de solitaria agonía esperando que llegue la nómina, confundido, sin saber si lo que hace es correcto o si se ha rendido demasiado pronto en la búsqueda de compañía incondicional, gratuita y sincera.
- Feliz año nuevo .- Contesta aturdido, frotándose el pómulo hinchado.
Durante dos segundos no hay respuesta. Después los dientes de la mujer comienzan a rechinar, sonido premonitorio del inminente estallido de despropósitos, que le invitan a abandonar el recibidor con celeridad, sin correr, pero sin entretenerse. Más vale prevenir que curar. No es una cobardía correr cuando evitar el mal es más rentable que afrontarlo. Aunque lo más frecuente en él es usar primero las piernas y luego el corazón.
Una vez a salvo tras la puerta de su habitación, la fiesta continua, particular y exclusiva, con un solo invitado: Don Francisco Peláez, Paco para los amigos. Oficinista, con poco más de uno setenta, y sesenta kilos escasos, que le ajustan el pellejo a los huesos, piel lechosa, ignorante de sol desde que a sus doce años decidió alejar su quijotesco físico de la vista del prójimo, y cabeza despoblada, arropada con los pelos que se deja crecer de un lado y cruzan la calva dibujando una parábola. A sus treinta y cinco años, y por muchos más Dios guarde a sus progenitores, sigue siendo “okupa” perenne del hogar paterno. No puede resistirse a la cocina cinco tenedores de su madre, a la impecable raya del pantalón y a las camisas almidonadas con las que va hecho un pincel.
Es, seguro, la única persona en el mundo que celebra la llegada del nuevo año el quince de septiembre. No por mero capricho, sino apoyado en dos razones de peso, extrañas, pero al fin y al cabo, como razones, razonables; la primera es que desde niño, la fecha que le significaba el comienzo de algo era el regreso al colegio, el final de las vacaciones y el inicio del largo invierno. Y la segunda..., pues que no había más que observar y admirar el color dorado del tremendo racimo de uvas moscatel, minutos antes de dar comienzo a su ceremonia. “¿Para qué demonios comerse uvas viejas de refrigerador en enero, cuando ahora las hay como melones, sin sabores raros y con piel fina?”.
Aun así, en su convencimiento, la tesis roza cada año el fracaso y sobrevive por los pelos para el siguiente, pues es inevitable que le asalten otras cuestiones lógicas, como la de “¿para qué tanta juerga si al día siguiente debía regresar al trabajo ?”, y que debe ignorar para no consumirse en una de esas depresiones post-vacacionales, puestas últimamente de moda los psicólogos. Y es verdad, que aunque intenta ignorar la sensación, hay algo maligno que recorre su interior, un minúsculo ser que le roe las entrañas desde diez días antes de que éstas den a su fin.
La mañana es gris. A estas horas aun no se distingue si el cielo se halla cubierto de nubes o es la boina de humos con la que Madrid se viste desde que cesan las lluvias, al principio del verano. El extraño influjo que ejerce el primer día de trabajo sobre la percepción disuelve en el rugir de los coches a toda velocidad, el canto agitado de los gorriones al pintar el sol de naranja intenso los tejados y las azoteas de los edificios, y el fresco del albor desaparece barrido por los vapores del gasoil mal quemado mezclado con el aliento tibio de los respiraderos del Metro. La ciudad se vuelve hostil y todos los estímulos se concentran en su estómago, constriñéndole, empujando hacia arriba el café con leche viudo que ha echado al cuerpo hace unos minutos, para cumplir, obligado, con un desayuno que nunca apetece. El sabor acre de los ácidos le hace toser y domina las arcadas enviando de nuevo hacia abajo el trago rebelde, que siente como le achicharra la garganta y el esófago.
- ¡ Joder, qué asco !.- Exclama con los ojos cerrados, apoyando las manos sobre el asiento de su Vespa doscientos. Garraspea, intentando que la flema arrancada arrastre el ardor que sigue estimulando la evacuación del estómago. Y al fin, se desembaraza de la desagradable sensación al escupir la masa viscosa, que impacta contra el suelo junto al escalón que levanta el portal de la acera.
- Buenos días.- Saluda una voz débil de mujer desde lo alto del peldaño. Paco levanta la vista palmo a palmo, hasta contemplar el rostro petrificado de Margarita, a medias entre el horror y la repugnancia, con los ojos muy abiertos, observando desde detrás de sus gafas de pasta marrón el descomunal escupitajo que su vecino de descansillo había estado a punto de descargar sobre sus pies.
Sus miradas se cruzan durante un breve instante. La de él, azarada por la presencia inesperada de la joven, pide clemencia ante la imposibilidad absoluta de que en ese momento salga de sus labios una excusa formal que disculpe su actitud. La de ella es inquisidora, y la indignación se sobrepone a su natural timidez, permitiendo mirarle a los ojos más de un segundo, aunque no lo bastante como para castigarle con el verbo. Y el silencio soporta este diálogo singular, hasta que ella da un pequeño respingo, baja el escalón esquivando el cuerpo del delito y desaparece calle arriba con paso corto y muy rápido, meneando su trasero respingón al compás; no por lucimiento de su feminidad, sino por la necesidad del contoneo para conseguir aquella frecuencia de zancada dentro de su falda estrecha, pero recatada.
- ¡ Jilipollas !, ¡ jilipollas !, ¡ jilipollas !.- Grita alabando su acierto, mientras golpea a ritmo en el asiento de la moto. “No se puede empezar mejor el año”, piensa, tras desahogar la adrenalina que le ha producido el aparecer como un cerdo delante de la única mujer que de vez en cuando le dedica una sonrisa, sin que el motivo sea reírse de él, y sobretodo el no haber sido capaz de pedir disculpas en ese mismo momento. “Claro..., que peor hubiera sido acertarle”. Sólo de contemplar aquella posibilidad se le erizaba el bello.
El reloj, implacable, se hace responsable de acabar con aquel momentáneo cabreo hacia su persona. Ajusta a la cabeza el casco de medio huevo, decorado con los colores del “uno”, del mejor, con las alas de Ángel Nieto, baila con la máquina el tango ritual para lograr que arranque a la primera patada; acaricia el estarter e inclina hacia la izquierda a su pareja con dulzura para llenar su alma de gasolina sin emborracharla, y al fin, con una bocanada de humo blanco despierta con su vivo repiqueteo. Al engranar la primera se sacude, intentando levantar la rueda delantera. Paco avanza por la acera en sentido contrario hasta el cruce con la calle Delicias, que empieza a cargarse de coches. Entonces, retuerce el puño sin compasión para colarse en el hueco que hay entre dos “pesetos”, a lo que el taxista que deja atrás protesta dándole largazos, tocando la bocina, y aún le ve por el espejo retrovisor gesticular con ambos brazos. “¿Cómo demonios lo hará?, piensa, “¿tendrá cuatro brazos?”. Instante después, le asalta otra duda. “¿Pesetos...?, ¿Cómo se llamaran ahora con la leche los euros?”
Los semáforos de toda la cuesta dan aviso del cambio, poniéndose de color ámbar uno tras otro como si fueran fichas de dominó empujándose en la caída. Paco vuelve a tirar de la oreja a la Vespa, víctima de la inercia inútil de escapar del semáforo anterior, ya en rojo, para tener que frenar sin remisión en el siguiente.
En apenas trescientos metros se siente desprotegido frente al frío. La temperatura es agradable para ir a pie, pero en la moto el aire se le cuela por el hueco que hay entre la americana y la corbata, y le pega la camisa gélida a la carne, haciéndole tiritar y sentir el doloroso roce de la tela en los pezones erectos. El reflejo es el de levantar las solapas para cubrir ese espacio, aunque quizás lo más efectivo sería ponerse la chaqueta del revés. Luego sonríe y desecha la idea al recordar la historia de un colega motero del abuelo Luis, que aplicó en una situación semejante la famosa teoría de la chaqueta vuelta; técnica para proteger el pecho muy parecida a la de los papeles de periódico que usan los ciclistas cuando descienden los puertos de montaña. El pobre desgraciado tuvo un accidente y quedó inconsciente en el arcén. Cuando llegó la pareja de la benemérita lo encontró con vida, respiraba y el corazón le latía, pero los números que le atendieron se percataron de que en el golpe le había quedado la cabeza al revés y decidieron hacerle una cura de primeros auxilios, “colocándosela”, con esfuerzo y con un ligero crujido, en su sitio.
- ¡ Quita, quita !.- Dice en voz alta, sacudiéndose en un escalofrío y frota las manos para hacerlas entrar en calor.
En la espera a que el disco se abra, larga, porque siempre que uno tiene frío, calor o prisa, los semáforos mantienen el disco en rojo con demoniaca intención, siente un petardeo extraño a su espalda. Se vuelve por su derecha y no ve nada, pero el ruido continúa presente. Se gira a la izquierda y contempla al otro lado del coche que ocupa el carril contíguo cómo se detiene una maltratada Vespa negra, con los cófanos y el escudo repletos de sollones y abolladuras. Sobre ella cabalga un mensajero con chupa renegrida, casco integral sin pantalla, del que asoman por el borde jirones de la tela del forro, y que queda vencido hacia delante por el bulto que le hace la negra coleta rizada que cuelga casi medio metro por su espalda.
Su cabeza gira y Paco vislumbra, a pesar de los tres metros que les separan, las gruesas venas de sus ojos, que tornan rojo el supuesto blanco de la esclerótica. Su mirada se posa en el inmaculado aspecto del oficinista y el blanco radiante de su montura. Bajo su bigote, parte de una barba de diez días al menos, se arquean sus labios mostrando una dentadura entre cobriza y negra, harta de nicotina e ignorante de la existencia del cepillo y la pasta de dientes. Su cuerpo se inclina hacia delante sin perderle la mirada y sacude leña a la moto con el motor en vacío, haciéndola rugir como un gato enfadado.
Paco intenta no caer en la provocación, pero la sangre le bulle. “Me está retando el muy cabrón”, piensa, mientras el subconsciente le invade alisando su cerebro como una apisonadora. Ahora sólo hay corazón.
Concentrado, tira de las gafas que apoyan en la parte frontal de su casco y las coloca sobre sus ojos. Son como el antifaz de un super héroe de la Marvel. Con ellas se siente invencible y sus poderes se multiplican. El tipo duro que jamás asoma, enterrado en lo más profundo de sí y encadenado por sus innumerables temores y complejos, aflora, devolviendo el reto con la mirada al motero melenudo.
La luz cambia y ambos salen disparados con el cuerpo echado sobre el faro para que la máquina no se encabrite. Segunda, tercera..., el tapón de coches que todavía no ha conseguido disolverse, al abrirse el siguiente semáforo, les obliga a hacer un slalom suicida a toda mecha por los estrechos pasillos que éstos dejan entre filas. “Si consigo salir de éste el primero, no me coge ni en Atocha, si hay suerte. Porque el “greñas” éste, seguro que tiene quemado ese trasto” , calcula, seguro de sus posibilidades en una carrera en la que sabe el lugar de salida pero no el de llegada. Lo más probable es que concluya en el primer semáforo que retenga al rezagado y el vencedor no tendrá más estúpido reconocimiento que el de pensar que es el mejor piloto de Vespas que hay en el mundo, o al menos en los madriles.
La furgoneta atravesada del repartidor de prensa le obliga a poner píe a tierra y cambiar de fila, lo que le produce un retraso ostensible. Y al salir, el mensajero le saca diez metros de ventaja.
La ansiedad por sobrepasarlo empuja innecesariamente sobre el recorrido agotado del puño, buscando más caballos donde no quedan. En poco trecho toma con alivio su rebufo, y el orgullo le llena al poder observar de reojo el desesperado gesto de decepción del otro piloto al darle alcance.
Un taxi se interpone en su trayectoria con las luces de pare iluminadas, obligándole a realizar una viraje brusco para evitar clavarse contra el maletero. Al superarlo descubre la razón del violento frenazo del coche y pega un zapatazo al pedal de freno trasero. Un hombre, un anciano sucio, un mendigo con un maletín en la mano, permanece impasible en el centro de la carretera en espera paciente de que alguien le arroye, sin huir, sin movimiento alguno para esquivar el golpe, observando con mirada serena el rostro descompuesto y la voluntad indispuesta e inadvertida de su eutánata.
- ¿Pero qué coño...- Exclama Paco con la moto cruzada, escuchándose sólo el chillido agudo de la rueda trasera bloqueada. No hay tiempo para pensar. Si mantiene la trayectoria no sólo mandará al otro barrio al peatón, sino que el impacto de su cabeza lo recibirá en el pecho o en la cara, garantizándole seguir la senda que iba a abrir aquel desgraciado. Por puro instinto afloja el zapato del pedal de freno y dando un golpe la máquina recupera la vertical, para volver a inclinarla del otro lado al volver a accionar la palanca, pasando a milímetros del anciano pero sin poder evitar que el coche que circula por el otro carril roce el portaequipajes. La Vespa se arrastra por el suelo seguida de una estela de chispas. Paco siente como se deshace su traje. Siente las gélidas garras del asfalto hundirse en su piel. Después, la goma del zapato traba el deslizamiento y una sacudida le levanta del suelo. Las imágenes se desvanecen tras el choque del casco contra el pavimento, convirtiendo su cuerpo en un pelele, que en la mediocre intervención de la fortuna, le detiene cerca del bordillo y no en medio de la calzada, donde la estampida de furibundos taxistas y desesperados curritos le hubieran aplastado contra el asfalto en su ciego afán por entrar en la ciudad.
Todo es oscuro, aunque sin conseguir doblegar a la luz se sostiene una extraña penumbra. “¿Donde estoy?”, piensa. Ve bultos y sombras, pero no distingue sus perfiles. Los sonidos son huecos, como si escuchase la conversación de una habitación lejana. Sólo es nítido un punto de luz azul que se agranda, se agranda despacio. En realidad no es una luz. Sólo se percibe el tono. el brochazo de color termina definiendo una mirada, dos ojos serenos sin rostro, nada más que una mirada que le observa.
- ¿ Quién eres ?.- Pregunta Paco con una inexplicable paz, sin alarmase a pesar de su inmovilidad y de lo desconcertante de la situación.
- ¿Quién soy?..., ¿Qué importa?, lo que necesitas es ayuda, no conocer gente.- Responde una voz masculina, potente y profunda, domada y suave.
La penumbra parece ceder. Brota algo más de luz de no se sabe donde, marcando una silueta alrededor de aquellos ojos, haciéndolos humanos.
- ¿Dónde estoy?
Los segundos se alargan en su denodado esfuerzo por mantenerse despierto y situarse dentro de aquella pesadilla.
Los pies comienzan a dormirse y el hormigueo asciende lento. Siente presión en el pecho, jadea, y una punzada en su interior le desgarra, abriéndose un hueco del que emerge una destello cónico, que le arranca un alarido que no emite su garganta, sino que escapa de sí por el boquete, inexistente al cesar el dolor.
- Duele...- masculla entre dientes.
- Lo sé.- Contesta la voz, serena, sin emoción.
- ¿Dices que puedes ayudarme?.
- Sí, pero has de desearlo.
- ¿ Es que se me ve con ganas de quedarme así?.- Exclama, entre toses que le roban el aliento.
Entonces, siente cómo le inunda un aliento tibio y amargo de “Don Simón” fermentado y el calor de unas manos en su pecho. Su cuerpo se sacude y la luz se hace de repente; le deslumbra y ha de entornar los párpados para conseguir enfocar. El sonido ya no es hueco. Hay voces y ruido de motores, dominados por el silbato acelerado de un guardia que aparta el tráfico del carril derecho, donde se encuentra tendido.
- ¡Dios, estoy aquí...!.- Murmura.
- ¡Eh, tío!, ¡estás vivo!.- Escucha una voz cercana por su oído derecho, con el tono ronco de un fumador de tabaco negro.
Paco gira la cabeza despacio, perdiendo de vista la calzada, hasta encontrar muy cerca, casi a distancia íntima, los ojos venosos del motero mugriento con el que competía por el título mundial de slalom urbano, aun dentro de su andrajoso casco.
- ¿Dónde está el hombre de los ojos azules?.- Pregunta sin fuerzas, sin conseguir elevar el volumen por encima del jaleo de los coches.
- ¿Cómo? .- Grita el mensajero, en el convencimiento de no ser oído tampoco, y acerca la cabeza para estar seguro de escuchar el débil murmullo del herido a través del raído acolchado del casco.
-...el hombre de los ojos azules?.- Repite con esfuerzo.
- ¿ Quién...?, ¿el viejo...?. Se ha largado nada más llegar el “guripa”. Por cierto, a tu “burra” no le ha pasado nada grave. La he aparcado ahí, en la acera, y la he echado el candado. Toma, te meto las llaves en el bolsillo.
Paco devuelve una mueca de agradecimiento y una nube de médicos del SAMUR le rodea, hablando entre ellos, pidiendo y dándose material en un aparente, pero ordenado y efectivo gallinero.
- ¡ “Vespapower”, tío !.- Escucha gritar desde detrás de los sanitarios al mensajero, que le muestra los pulgares de sus dos manos apuntando al cielo.- ¡ Te pondrás bien !, ¡ Los vesperos somos cojonudos !. Y su imagen desaparece al cerrarse las puertas de la ambulancia.
Día dieciséis de septiembre, día de año nuevo según el calendario de don Francisco Peláez, día en el que empiezan a cumplirse los deseos pedidos tras comer las uvas, antes de disolverse en el aire el último campanazo. Si Paco suspiraba por no ir a trabajar la mañana siguiente, lo había conseguido. Y en lo concerniente al perenne anhelo de impresionar a una mujer, también había sido deseo cumplido. ¿Qué más se puede pedir?..., ¿dinero?... Eso nunca se concede. |