Diosa y RealidadPor : Mercedes N. Es una Diosa. Nadie sabe por qué, pero lo es. No puedes mirarla más de unos segundos ya que si lo haces quedas preso de su hechizo, quedas preso de ella. Es algo inexplicable, inconcebible. No hay ser humano que haya conseguido resistirse. Se convierte en una obsesión, una fijación, una dependencia total y absoluta; es tu alegría y tu tristeza, tu suerte y tu desgracia; tu vida y tu muerte... Llega a ser tanto que es todo, es una pero es la única. Es una complejidad infinita que te sume en la desesperación. Te ciega, te quita el habla, la capacidad auditiva y la movilidad. Todo gira entorno a ella. Ni siquiera eres capaz de pensar, ni de escapar, y no puedes porque no quieres. ¿Es buena o es mala? Simplemente es. Necesitas tanto de ella que llegas a enloquecer, te llena y te vacía como si tu cuerpo y tu alma fuesen un cántaro de barro y agua cristalina. Cuando tu fortuna y tu desdicha son tan grandes que consigues tenerla cerca, su calor te hiela el corazón, el cual se torna de una fragilidad absoluta. Y después, cuando se aleja, en ti sólo queda el mayor pánico que nadie ha sentido jamás, temor por el mundo que sin ella se acaba. Es mi Diosa.
* * *
¿Quién soy? Me desperté y sentí que algo sucedía. Sin embargo, el día transcurrió según las rutinarias pautas de siempre, bajo un plomizo cielo que prometía tormenta. Pero la sensación de cambio persistía en el ambiente, y yo parecía ser la única en notarlo. Un hedor, inodoro para el resto del mundo, me anunciaba que se avecinaba algún suceso importante. Ese día no llovió.
Cerca de la medianoche miles de ideas oprimían mi cabeza. Dolor intenso en las sienes, lágrimas en los ojos, y un porqué en algún lugar. El abrecartas, sobre mi escritorio, reflejaba en su hoja, rutilante, la llama de la vela, llenando la oscura habitación. Era la única imagen perceptible en ese momento por mi mente, colapsada hasta el punto de la locura. Necesitaba hacer algo, pero no sabía qué. Sólo podía quedarme quieta, sentada sobre la cama, observando el destello del afilado metal, intentando captar alguna de esas flechas que, a una velocidad vertiginosa, cruzaban mi alma, hiriéndola.
Tras varios intentos fallidos de calmarme, decidí conciliar el sueño.
Amaneció sin más. Todavía bajo las sábanas, entreabriendo los ojos, pude contemplar a través de mi ventana el cielo azul, que inevitablemente dibujó una sonrisa en mi rostro. Algo había cambiado.
Frente al espejo del cuarto de baño, tan cerca de mi reflejo que el cristal comenzaba a empañarse, observé el color de mis ojos con el fin de averiguar cuál era en realidad. Mi propia mirada me atravesó, caí por el infinito abismo de mi ser y, finalmente, al llegar a mi interior, supe con certeza quién era, el color exacto de mis ojos, y qué era lo que había cambiado.
* * *
...Y maté a la Diosa. Los primeros rayos de sol me iluminaban cuando lo vi todo claro. Tenía que acabar con ella para poder seguir conmigo. Guiada por un instinto que hasta entonces se había estado burlando de mí, escondido en el corazón, justo detrás de todo el amor que sentía por ella y que me inundaba, comprendí que debía destruir mi particular caja de Pandora, la que albergaba todo mi bien y todo mi mal.
Sigilosamente me deslicé hacia su dormitorio, aún sin saber cómo iba a terminar con el inminente fin de mi vida personificado, pero allí sólo hallé sus sábanas revueltas, y su mágico aroma aún flotando en el aire. Echando un vistazo a sus pertenencias, sobre el escritorio, pude vernos a las dos rodeadas por un marco. Aparecíamos sonrientes, cuando todo era felicidad y disfrute sin pensar en el cómo, el cuándo, el dónde o el porqué, nos teníamos la una a la otra y el resto no existía, porque nuestro mundo éramos nosotras. Tras esa imagen vislumbré un fulgor plateado que me indicó que él debía ser el elegido. Tomé con firmeza aquel abrecartas con la mano izquierda, por su empuñadura de madera barnizada, y me dirigí en su busca. Cuando me disponía a cruzar el umbral de la puerta, cambié mi rumbo, y sin motivo alguno, guardé la foto en el bolsillo de mi pijama.
* * *
Era yo quien había cambiado. Ni el mundo, ni el cielo, ni el color de mis ojos. Mi pequeño universo interior era el que sufría la alteración. Y fui consciente de que la quería. Algo dentro de mí me gritaba la palabra “amor” salvajemente. Se acabaron las dudas, el orgullo y el dolor. Ahora todo era obvio: tenía que decírselo. Se merecía muchas explicaciones, pero de momento, qué mejor manera que empezar de nuevo con un “te quiero” de corazón. Observé cómo mi reflejo, que no se había movido hasta entonces, me sonreía complacido, gesto que le agradecí y devolví.
Al girarme, la encontré frente a mí, nuestras caras a escasos centímetros. Muy despacio, casi rozando sus labios, le susurré las dos palabras como si fueran los dos últimos pétalos de una rosa. Antes de que me diera tiempo a ser consciente de ello, el frío recorrió mi cuerpo, y de pronto, al contemplar su gélida mirada frente a la mía, sentí una punzada en el abdomen. La última imagen que recuerdo se ve a ras del suelo: un reguero escarlata avanzaba incesante entre los surcos de los azulejos blancos del cuarto de baño, tiñéndolo todo de rojo a su paso, en dirección a la puerta. Mi sangre se despedía, pero yo no tuve tiempo siquiera de decirle adiós...
* * *
Y ahí estamos las dos... La Diosa y yo agarradas, haciendo alarde de lo que creíamos una amistad capaz de mover mundos. Observo y observo minuciosamente durante horas cada detalle de la imagen. Y no parece la misma que aquella mañana decidí guardar para mí. Todo sigue igual, pero ahora puedo contemplar en nuestros gestos una frialdad que antes no era capaz de apreciar. Ese vínculo irrompible que nos unía por aquel entonces, esa magia que le daba vida a nuestras vidas parece que nunca existió.
Esa foto muestra lo único que tuve, lo único que tengo y lo único que tendré.
Esa foto es el único color que se distingue en la gris pared de mi nueva habitación con restricciones metálicas.
Y esa foto es la que deberé seguir contemplando el resto de mis días.
* * *
Abro los ojos con sobresalto. Me estoy ahogando. El pecho me oprime con cada bocanada que aspiro. El aire es denso y está viciado. Me pitan los oídos. Creo que estoy tumbada. No logro ver nada, ni oír. Mi corazón late con mucha fuerza, no deprisa, pero noto más de lo normal sus ahora duros golpes. Intento respirar profundamente, tranquilizarme. Pestañeo, pero sigo sumergida en la oscuridad. ¿Puedo moverme? Sí: deslizo mi pierna sobre lo que parece una superficie metálica. Está muy fría. Siento que el vello de mi piel se eriza poco a poco. Debo estar desnuda. ¿Puedo mover el resto del cuerpo? Noto cómo los dedos de mi mano recuperan la sensibilidad que en algún momento, supongo, debieron tener. Un escalofrío vuelve a invadirme. Extiendo con cautela los brazos para calcular aproximadamente el tamaño de la superficie en la que me encuentro. Busco un extremo, un final, no lo hay. Tengo la sensación de estar suspendida en el vacío, y me acompaña, por lo tanto, el miedo a caer. Ha desaparecido el pitido de mis oídos, en los que ahora hay presión.
De pronto, un flash. Me ciega. Cubro mis ojos con una mano, entrecerrándolos. Mi visión empieza a aclararse: ahora todo es de color blanco, pero un blanco tan puro que me daña. Pestañeo repetidamente con el fin de vislumbrar una silueta, una sombra, algo. Todo continúa de color blanco.
Creo que es oportuno incorporarme, o al menos intentarlo, pero... la sensación de miedo todavía sigue en mí. No sé calcular el tiempo. Llevo un rato decidiendo si debería levantarme, sin embargo no soy capaz de concretar cuánto ha pasado mientras tomaba una determinación; aunque eso tampoco importa mucho ahora, dadas las circunstancias, quizá disponga de todo el tiempo del mundo... Es el momento, no voy a quedarme aquí el resto de mis días, sean los que sean... Despacio, voy incorporándome, el brazo izquierdo me sirve de apoyo mientras elevo la espalda. Bien, ya estoy sentada. La suposición de que estoy desnuda se ve confirmada, y he descubierto algo más: estoy en una habitación. O al menos eso parece: enfrente tengo una pared, y a los lados también. Ese dañino color blanco...
Comienzo a sentir impotencia, en mi mente todo son hipótesis, sospechas, simples conjeturas. ¡Quiero saber qué pasa! Pienso. Pienso. Pienso. Si antes estaba a oscuras, después una luz ha llenado la estancia, y no hay ningún indicio de ventana, quizá significa que hay alguien por aquí...
- ¿...Hola?
Silencio.
- ¿Hola? – esta vez elevo un poco más la voz.
La única respuesta que obtengo es mi propio eco.
Creo que es el momento de ponerme en pie. No tengo ningún síntoma de cansancio, ningún tipo de dolor ni de molestia en general. Aunque sigo siendo incapaz de medir el tiempo, esta vez tomo con rapidez la decisión. Las plantas de mis pies igualan su temperatura con el frío suelo. Observo la pared que tengo enfrente sin moverme un centímetro. Sólo puedo apreciar su blancura. Lentamente me giro hacia izquierda y derecha y no logro discernir nada. La habitación está completamente vacía. Me doy la vuelta despacio, mis pies acostumbrándose de nuevo a la temperatura del suelo metálico. ¡Sorpresa! Aquí no hay pared. Un pasillo. No es ni ancho ni estrecho, pero sí largo, no veo el final. Es probable que se deba al color blanco. Quizá sea un efecto óptico, separo uno de mis brazos del cuerpo, elevándolo, bajo la mirada y veo mi piel más clara de lo normal.
Estoy cansada, cansada de todo esto. Tengo que buscar una salida, un vestigio de vida. Pero estoy desnuda... Aunque eso ahora realmente carece de importancia. Emprendo un camino a no sé dónde. Nada cambia: no hay puertas en las paredes, no hay giros, no hay nada. Sólo el largo y recto pasillo. Freno en seco, miro hacia atrás buscando la sala en la que me desperté, y, cuán grande es mi asombro que... ¡ya no hay habitación! No me lo puedo creer, así que corro de nuevo hacia allí. Y para mi desgracia, palpo una lisa pared. No sé que hacer. Giro sobre mí misma, desorientada y aturdida.
Vuelvo a tenderme en el suelo, sin cuidado alguno, y me echo las manos a la cabeza. Intento evitar ponerme a llorar, pero las lágrimas se acumulan en mis ojos, y una a una se van deslizando por mi rostro, en silencio. No son simples gotas de agua salada, son ahogados gritos de auxilio, exhalos de desesperación...
No tengo fuerzas para ponerme de nuevo en pie, ¿para qué? No serviría de mucho ya que no hay ningún sitio al que pueda ir, ni siquiera alguno que buscar. Nadie me espera, nadie me busca, estoy sola. Esto debe ser la NADA. Un momento... algo sí que hay, y ese algo soy yo. Yo estoy, ¿no decían eso de “pienso luego existo”? No estoy perdida del todo... Tengo una fiel compañía, alguien nunca me va a fallar, esa persona estará conmigo hasta el fin de los días, para los buenos y los malos momentos, sí, y no nos puede separar ni el tiempo ni la distancia, siempre tendrá un permanente lugar en mi mente, formará parte de mí el resto de mi vida, jamás me abandonará, haga lo que haga, ocurra lo que ocurra, nunca me dejará de lado... Y ese ente sublime no es otro que... Yo. |