Amor por un infierno llamado Sevilla...Por : Rocío C. AMOR POR UN INFIERNO LLAMADO SEVILLA...
...por sus alcantarillas, dijo el poeta, Zatu Rey, la voz del hombre que se escucha cada mañana en los altavoces de mi radio, más al fondo los platos de Oscar. Cada mañana una canción de SFDK y un canuto, en los peores momentos también un vaso de whisky, y la ventana en mi pequeño piso de La Alameda, donde me refugio de esta ciudad y de su gente, la que pasa día a día debajo de la ventana verde a la que me asomo. Los miro, personajes desechos por la rutina, viejas que cargan el carro de la compra con los ojos tristes, viejos que escupen en el suelo mientras intentan empalmarse con las quinceañeras, adolescentes felices ignorantes de lo que se les viene encima, jóvenes con talento a los que todo el mundo ignora, a los que nadie escucha, niños que van al colegio riendo, jugando, inocentes y cándidos, trabajadores que escupen el odio a través de sus ojos, el odio de currar para alguien por nada, mujeres hermosas a las que ya nadie mira porque están demasiados cansadas y dolidas, putas que follan con asesinos en potencia que nunca han matado, proxenetas que yacen en su lujuria, yonkis con el mono, enganchados sin salida que no pueden continuar en su mentira, borrachos que destilan alcohol y una vida llena de palos. La fauna de la urbe, personajes atómicos que explotarán algún día. Yo soy una de ellos, también TÚ, aunque no lo creas.
Y Sevilla sigue impasible ante ellos, permanece callada y pensando por dentro “¡qué pringaos!”, como pensó cuando me vio llegar a ella por primera vez hace doce años, cuando tenía dieciséis y las esperanzas aún no se habían esfumado. Venía de un pueblo de mierda, donde estudiaba en un instituto de mierda con gente que apestaba a mierda. Lo único que quería era escribir y escribir, plasmar en folios todas aquellas ideas que revoloteaban en mi cabeza. Así que cogí lo poco que tenía y me monté en un autobús, dentro de él sólo había degenerados, rostros anodinos que daban miedo, expresiones extraviadas, culos sin vida aposentados en duros asientos, manos que no se entrelazaban y alientos que expulsaban un hedor inaguantable. Olía a sudor denso y a mentes sin futuro. Sólo eran un montón de corazones que habían dejado de latir, muertos que habían dejado de vivir, estatuas cadávericas que se agolpaban en el mismo lugar y que se dirigían al mismo sitio: Sevilla, la ciudad cementerio donde muchos cagarían sus ilusiones. “Es la hora de partir hacía la nada”, pensé observando a aquellas personas, nuevos habitantes para la masa del suburbio.
Mi primera impresión fue la fascinación y, aunque el aire me hizo dudar de todo lo que se movía, me gustaba cada vez más estar allí, empezaba a sentirme cómoda, como en casa. Miré a mi alrededor y no me fijé en los monumentos o en las engalanadas y cuidadas calles, ni en las zonas verdes o los elegantes coches de caballo. Yo sólo veía la esencia que trasmiten las grandes ciudades, las verdaderas metrópolis del S. XXI: Luces de neón, tiendas de 24 horas, cines pornos, niños haciendo break en los parques, yonkis camuflados de artistas haciendo malabares, graffitis inundando los muros, los colores de las piezas reflejándose en mi cuando pasaba, grandes puentes que me envolvían, el río pasando lleno de basura, estaciones de autobuses y de trenes, skateparks, Plaza de Armas, puticlubs, bares llenos de porretas, parejas follando en coches, locos hablando solos por la calle, ratas correteando entre los contenedores, tiendas de tatuajes y piercing, centros comerciales, hombres vestidos de mujer, mujeres vestidas de hombres, chulos ofreciéndome su amor, maricas, lesbianas, moros, blancos, negros, chinos, gitanos, niños, viejos, jóvenes, skin-head, txarperos, MC’S, DJ’S , escritores de graffiti, skaters, buena gente, mala gente, mirones, morosos, moromones, testigos de Jehová, evangelistas, monjas, curas, putas, chaperos, filósofos, escritores, borrachos, escritores borrachos y filósofos, góticos, heavies, punkis, hippies, guiris, guiris, guiris, millones de carteles de personas anunciándose, farolas con las luces fundidas, perros rabiosos, crápulas, ángeles, demonios, vampiros, gimnasios, locales de rayos uvas, McDonalds, Burguer King, Corte Inglés, discotecas llenas de pastilleros, cocainómanos, gordos, flacos, culturistas, brujas que te leen el futuro, curanderos que te protegen de la energía negativa, tiendas de drogas naturales, tiendas de comida microbiótica, tiendas de todo a 1 euro, tiendas y más tiendas, cibercafés, tres kanis en una moto, jeringuillas usadas en los lavabos, exhibicionistas, suicidas sin cerveza en la nevera, poetas, pintores, nínfulas, efebos, contaminación, tráfico, taxistas insultando al resto de los conductores, policías con cara de hijoputas, hijoputas con cara de policías, rateros, maleantes, escenas de películas que no se estrenarán, cristales rotos donde se reflejaba mi rostro desconcertado, adolescentes que se enamoran por primera vez, coches con faldones, alerones y luces violetas, pacifistas, ecologistas, políticos, empresarios, banqueros, toreros, futbolistas, bancos de hierros y almas de hierro, gente que no para de correr para acá para allá y otra vez para acá, yupis que no dejan de ladrar por el móvil, marujas hablando de una ventana a otra, camellos pasando droga debajo de esas mismas ventanas, travestís llenos de plumas, maquillajes y joyas, utopías en papeles de propaganda, amor, odio, mentiras, venganzas, celos, poder, dinero, amantes, amados, amigos, hermanos... Y yo caminando sin parar por las aceras donde se vertía todo aquellos, lo desconocido para mí. Era una ciudad hermosa, sí, pero al mismo tiempo escondía la repugnancia de la deshumanización: Nadie miraba a nadie y yo los observaba a todos.
Fue aquel día, mi primer día en Sevilla, cuando también lo vi a él por primera vez, pasó por mi lado, pero no me vio, sin embargo yo me quedé anonadada con su rostro, penetrante y extraño. Por aquel entonces no podía suponer que lo volvería a ver y que se convertiría en todo en mi vida, en lo bueno y en lo malo, el amor y la perdición, la nostalgia y el delirio. Pero todo aquello fue hace tanto, tanto, tanto... Yo entonces era una buena persona, una muchacha llena de vida y belleza, y ahora no soy más que una escritora borracha y loca que se esconde en su piso y en la literatura, mientras implora el recuerdo de un muerto. Con Sevilla, la ciudad que odio y amo, riéndose de mi a lo lejos.
Me convertí en una superviviente en esta jungla de perdedores, en este albergue de escombros y cenizas de héroes. Sabía que me iba a costar porque aquí cuando das un paso en falso te joden, te jode la policía y el gobierno, te joden los de arriba y los de abajo, te joden los otros chavales del barrio, te jode esta ciudad... y lo peor es que acabas jodiéndote a ti mismo intentando subsistir en esta basura y sabiendo que para hacerlo tienes que jugártelo todo.
Además estaba sola, sola, sola… no había nadie que me tendiera una mano y eso me inquietaba. Principalmente había dos cosas que lo hacían, esa soledad de la que hablo, la soledad no buscada, la soledad de los minutos lentos y las horas eternas, la soledad real, y la Incertidumbre, lo peor cuando no tienes nada a que aferrarte es la incertidumbre de no saber a que atenerte. Me pasaba los días intentando acabar con aquella inquietud, sabía que si la soledad acababa también lo haría la incertidumbre, pero ¿?qué debía hacer yo? Si lo único que había a prendido en mi corta edad era a leer a Bukowski y a escribir historias sobre perdedores que acaban perdiéndose.
Sin embargo un día, no sé por qué ni cómo, ni cuándo, esa soledad se terminó y con ella la incertidumbre. Empecé a conocer gente que conocía a otra gente y que a su vez conocía a otra y así sucesivamente y un año conseguí rodearme de personas que realmente valían la pena, entre las que podía ser YO plenamente, donde nadie me avergonzaba ni me hacía sentir una extraña. Recuerdo aquellos años entre mis amigos y me invade la melancolía y el desconsuelo. Joder, los colegas.... Ya nadie queda de aquella buena gente que llenaba estas aceras, todos han huido de aquí buscando satisfacer sus sueños, han escapado del estercolero de desilusiones. Verdaderamente no lo hicieron porque quisieran, no se fueron a su antojo, ninguno de ellos quería irse de aquí, todos adoramos esta ciudad y mucha de la gente que pertenece a ella, pero es que la muy guarra nunca nos ha dado una puta oportunidad.
Entre aquellos que hace ya unos años nos abandonaron a las dos, a Sevilla y a mi, estaba ÉL. Después de cruzármelo aquel día tuvo que pasar un año hasta que lo volviese a ver, permanecía callado con su belleza rara envolviéndole, esa belleza que tanto deseé, que tanto sigo deseando. No voy a hablar de nuestra preciosa historia de amor y bla, bla, bla, porque a nadie le interesa eso y porque sería absurdo intentar describir lo que él producía en mí. Sólo diré que nos equivocamos porque no controlamos en ningún momento nuestros sentimientos y ahora soy una demente que lo sigue buscando por las esquinas. Un tal Jesucristo dijo “Ama al prójimo como a ti mismo”, también se equivocó, nunca hagas eso, puede arruinarte la vida. Nosotros cometimos el error de hacerlo y cuando quieres a alguien tanto como a ti mismo acabas convirtiéndote en él y él en ti y comenzáis a ser NOSOTROS y acabáis siendo UNO. Formáis una sola persona y cuando te arranca algo a lo que estás tan unido como tú mismo todo se derrumba, a mi se me desplomó mi universo.
Aquellos cabrones, hijos de su puta madre, maricones, putos colgados... nos arruinaron la vida, a él se la quitaron de seis puñaladas en su pecho y a mi del dolor que ellas me hicieron sin clavárseme. Si al menos hubiese estado allí... si al menos hubiese visto como moría... Oír sus últimas palabras, contemplar su última expiración, escuchar su último aliento, verlo por última vez cerrar sus ojos, oler su última sangre espesa...Lo sé... no hace falta que lo digan, piensan que estoy loca, bueno puede ser, pero ya les he dicho que lo quería tanto como a mi misma... Aquellos cabrones hijos de puta. Viene un colegas, un buen colega, y te dice “hey, qué pasa tía???” y te das cuenta que no es un día normal porque saboreas la tensión en el ambiente; sigue diciéndote “tengo que decirte algo” y los ojos se le nublan, descubres que algo malo ha pasado, te pones en lo peor y por supuesto piensas en la muerte, pero no en la de la persona a la que quieres, nunca piensas en su muerte, ni siquiera puedes imaginarla. Entonces quedas quieta unos instantes y lo único que quieres es huir para siempre, desaparecer de lo mundano, de este lugar desencantado. Empiezas a sentir odio y rabia, desesperación y dolor, se entremezclan las ganas de morir con las ganas de matar, el rencor te reconcome por dentro y deseas lo peor para esos hijos de puta. Pero ante todo sientes impotencia, la impotencia de saber que ya nada tiene remedio, que no hay solución, de saber que ya no volverás a ver su cara jamás, que no vas a volver a tocarlo y que nunca más lo escucharás reírse. Todo se tambalea de repente y caes al abismo, pero, por desgracia, despiertas de nuevo. Mi despertar fue la locura y, cual Nerón, hubiese quemado esta ciudad y hubiese reído viendo como las llamas se la comen, como rieron los cabrones que se lo cargaron en sus calles.
Pero no lo he hecho, en vez de eso, he matado, he asesinado cruelmente. No sabía lo que hacía o quizá sí. He matado...
Él se fue y mis amigos se fueron y yo cada día me imbuía más en un mundo que para mi era real, pero invisible para los demás. Se inició el principio de mi trastorno mental, como lo llaman ahora los jodidos matasanos. Todos los que habían apoyado mi literatura en otro tiempo comenzaron a darme las espaldas, fue más por la leyenda que se generó entorno a mi poca cordura que por la pérdida de principios artísticos. Y yo me pregunto ¿no son los locos genios y los genios locos? Mis editores rechazaron todo lo que escribía en esa época, relatos, poesía, novelas, ensayos... y los otros editores hablaban de mi literatura como ‘una desconexión irracional de las letras’, ¿qué coño quiere decir eso?, sólo insinuaban que me estaba quedando colgada. Las revistas literarias en las que alguna vez me habían publicado algo y que tan “vanguardistas” se definían, me llenaron el buzón de cartas diciéndome que no les interesaba lo que escribía, para ellos tan sólo eran “frases confusas que seguramente simbolicen algo pero que son incoherentes”. Serán capullos. Yo veo la realidad de ahí fuera y la describo, no se dan cuenta que lo REAL es mi literatura y lo IRREAL los que ellos ven: Esta ciudad está tan loca como yo y como tal hay que tratarla. Somos la esquizofrenia, yo soy una personalidad y ella es la otra.
Volvía a estar sola, más sola que nunca, sin nada ni nadie a que aferrarme. De nuevo la soledad. De nuevo la incertidumbre. Así que empecé a plasmar mis delirios, mi arte, por los muros de la ciudad. Cogí algunos restos de Montana que mis colegas habían dejado al irse y comencé a escribir frases sacadas de mi retórica por sus paredes. De esta forma logré unir mis dos grandes frustraciones: Esta ciudad y la literatura. Algunas decían así:
HEY, TÚ TE CONTROLAS A TI MISMO
LA FELICIDAD CONSISTE EN SOÑAR PERMANENTEMENTE
TÍRATE A LA VIDA Y TEN UN HIJO DE TUS MISERIAS
MIRA TU OMBLIGO Y DISPARA!!
COME EL PAN DE LOS RICOS Y VOMÍTALO PARA LOS POBRES
EL SOL DE SEVILLA HA DERRETIDO MIS AÑOS DE JUVENTUD
LO ABSURDO DE LA VIDA ES QUE ES ABSURDA
SOMOS SERES QUE NADAN EN LA NADA SIN HACER NADA
LA SOCIEDAD CANÍBAL NOS DEVORA
ENTRE LOS ESCOMBROS DE LA CIUDAD SE ESCONDEN LOS GENIOS
EL ÉXITO ES UN MENTIROSO QUE NOS ENGAÑA
Que complicado ha sido todo desde entonces...Y ahora tengo miedo, mucho miedo, porque he matado. Hoy me he asomado de nuevo a la ventana, con un porro y un vaso de whisky (no era un buen día), de nuevo he observado a los personajes urbanos, esos seres a los que nunca les ocurre nada y aún así pretenden encontrar la felicidad, ingenuos. Pasaban de un lado a otro por debajo de mi ventana verde y de repente lo he visto, he visto a ese hijoputa pasando por debajo de mi ventana verde tranquilamente, paseando, silbaba y creo que se dibujaba una sonrisa en su cara, estaba sereno como si no pasara nada, como si nunca hubiese matado. He bajado, sin pensar, rápidamente, con un cuchillo en la mano, ni siquiera recuerdo como llegó a ellas. Andaba sereno, imbuido en su mundo, y le he clavado el cuchillo por la espalada, delante de una multitud, delante de los personajes eléctricos de la ciudad de la luz, se lo he clavado por la espalda, he acuchillado a un hombre por la espalda, por la espalda... ¡Dios mío, tengo las manos manchas de sangre!... Luego he vuelto a subir a mi piso, esperando que vengan a por mí, la policía o quien coño tenga que venir a hacer algo, porque algo harán, ¿no?...Oigo las sirenas al fondo... Yo sigo aquí esperando la muerte o esperando el suicidio futuro, porque he matado a un hombre, por la espalda, no soy más que una chiflada cobarde, ni siquiera estoy segura si era él, a lo mejor no era, yo solo lo había visto una vez, en aquel juicio que se celebró en el año.... no lo recuerdo, no recuerdo el año ni tampoco la cara de ese chaval, ¿a quién he matado?, estoy escuchando los gritos de los transeúntes al ver el cadáver, ¿qué cara tendrá este muerto?, si vuelvo a verla quizá me asegure si he matado a la persona correcta. ¿Qué he hecho? Tengo miedo, están dando portazos en mi puerta verde, es la policía, lo están gritando...
Pero antes de abrirles la puerta voy a poner por última vez El liricista en el tejado, ya se escuchan las trompetas en la base de Acción Sánchez. Me enciendo un cigarro mientras tanto. La policía va a derrumbar la puerta y me encontrarán aquí, como cualquier perdedor de los que yo hablaba en mis novelas, me encontrarán con la mirada desviada, como el futuro de alguien que en el pasado era otra persona, me encontrarán vacía, de sentimientos y de vida, con las manos manchadas de sangre por la muerte de un inocente...o culpable, quien sabe. Cuando me encierren se empezarán a comercializar mis textos a través de una quimera que se divulgará sobre mi, sobre aquella loca, chiflada, majara, que vivía en aquel piso verde de La Alameda, aquella que lo perdió todo, sus amigos, su amor, su dignidad, aquella que cada mañana escuchaba un disco de SFDK porque decía que nadie como ellos sabían describir la ciudad que se lo había dado todo, los triunfos y los fracaso. Y cuando me ahorque en la prisión esa leyenda se convertirá en un mito y entonces seré la gran escritora que nunca pudieron descubrir en vida. Que les den por culo a todos. Que les follen, yo sólo quería ser feliz y escribir, escribir y que tú leyeras lo que escribo. Ahora voy en un coche policía, me están tratando como a un perro, como a un perro verde, yo los ignoro y lo único que me pasa por la mente es una frase del ZATU que hoy he hecho mía: A veces no me gusta ser quien soy me escurro entre el bulto, pero siempre salgo a flote como la buena mierda, pues eso, como la buena mierda. Así que ahora SSSCHHHCHHCC y a dormir y a soñar.
LA MUERTE ES LA VIDA PEGAJOSA DE LOS QUE SE QUEDAN
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