Tirado en el sueloPor : Alberto G. Mientras espero junto al semáforo observo a las personas que, como yo, se han levantado para trabajar. Visten chaqueta y corbata. Sus caras demuestran sueño, no se mueven, miran al horizonte mientras esperan su turno y existe un silencio mortal sólo interrumpido por el ruido de los coches que a toda velocidad pasan por delante. Hay compañeros de trabajo pero ni me han visto. De repente, es el turno de las personas. Todas comienzan a andar. Hay quienes se chocan entre sí, pero prosiguen su rumbo, sin detenerse. Sin embargo, soy yo el que para su movimiento rutinario. Doy media vuelta y comienzo a caminar sin destino.
Tras toda la mañana andando, me siento en un banco de un parque. No se donde estoy, me parece que nunca he estado allí. Tengo delante dos edificios inmensos, ambos con rejas y barrotes en las ventanas. Puertas altas y completamente cerradas me hacen suponer que se trata de una cárcel, quizás divida en dos sectores. El sonido de una sirena revela mi error. Una de las puertas se ha abierto y de su interior han salido una gran cantidad de jóvenes a gran velocidad. Perplejo, observo como muchos de ellos se ríen de mí al pasar por delante. Algunos, me piden droga y me comentan que esperan buen precio. Aterrorizado, me levanto y prosigo mi camino.
Pasa un rato y el hambre hace mella en mí. La hora de comer está al caer y entro en una tienda a comprar. Dentro, un par de señoras se quejan por el incremento del precio de los productos. Atraído por el tema, me acerco para escuchar. De repente, la llegada de una tercera mujer con una revista entre las manos hace cambiar el tema de conversación. Las quejas ahora se dirigen hacia el modista encargado del diseño del traje de la princesa de España. No lo hizo bien.
Salgo de la tienda y un joven me pide un par de euros. Le advierto que a pesar de mi apariencia, no llevo nada importante encima. Me saca una navaja y me pide más sinceridad. Asustado, levanto mis manos con velocidad. Entonces aprovecha para robarme la cartera que llevaba encima. Solo pierdo unos pocos euros y todas las facturas del último mes, además del aviso del banco en el cual me informan que me quedan treinta años para acabar de pagar el piso. Para evitar confusiones, me quito la corbata y la chaqueta y las tiro en el contenedor más cercano. Continúo caminando.
En un bar cercano, me detengo a ver si me dan algo de beber. En el interior del lugar, una televisión inmensa retransmite un partido de fútbol que enfrenta a dos selecciones mundiales. Viéndolo, se encuentran muchos obreros que cerveza en mano no cesan de lanzar improperios a los jugadores del equipo contrario. Han interrumpido su trabajo por el acontecimiento, con la permisividad del patrón. En la esquina del bar hay un hombre con mono azul con la mirada perdida y cuya actitud llama mi atención. Le pregunto por su estado y me explica que ha sido despedido por su militancia sindical. Había protestado por la expulsión de un compañero y como réplica, lo echaron a él también. De entre los compañeros que están viendo el fútbol se escucha una voz que llama al joven y le invita a una cerveza para celebrar la posible victoria de su equipo y ahogar sus penas.
Me quedo observando a estas personas mientras consumo la botella de agua, por la que me han cobrado todo un señor euro. El partido debe de ser interesante, al menos, así parece reflejarlo el atronador ruido de los gritos. ¡Qué golazo hemos metido!, escucho. Trato de entender en qué ha contribuido ese hombre a introducir ese balón en esa portería, pero no lo consigo.
Me fijo entonces en el joven que había sido despedido. Se había levantado y sus palabras se mezclaban con las vociferaciones de sus compañeros. Él pedía justicia. Ellos reclamaban que se quitara de la pantalla. Entristecido, me voy de ese lugar en cuanto termino el agua.
Ya fuera, veo correr una multitud de personas delante de otras uniformadas que disparan pelotas de goma a las primeras. Las pancartas que llevaban caen al suelo y son destrozadas al pasar los furgones de policía por encima de ellas. Poco falta para que atropellen a los pobres atletas también. Algunos de ellos son atrapados y brutalmente agredidos mientras se les amenaza con la repatriación. Algunos contestan a las amenazas advirtiendo que no creen en los países, que no creen en España. Mayor paliza. Huyo de la zona atemorizado por la posibilidad de recibir yo también mi parte.
Metros más adelante hay una aglomeración de gente comprando entradas para un concierto. Me acerco a ver de que se trata y advierto que es para recaudar fondos para las víctimas de los desastres naturales del tercer mundo. Un joven que se encuentra a mi lado me comenta que los beneficios serán enviados para su distribución a la embajada en ese país, al único edificio que quedó en pie. Continúo mi marcha, cada vez más indignado.
Algo más adelante, una mujer acaba de morir asesinada por su marido. La policía lo tiene rodeado y le obliga a salir de la casa con las manos en alto. Muchas mujeres le increpan y le muestran pancartas contra la violencia. A él le da igual, no sabe leer. Continúo andando cada vez más desanimado.
Es ya de noche y estoy llegando a mi casa cuando un agente me avisa que el paso está cerrado, que un político está de visita. No me queda más remedio que esperar. Los nervios se acumulan.
Pasan las horas y el señor que no tiene que pagar una hipoteca, cuyo sueldo triplica el mío y que lleva a sus hijos a una universidad privada, no termina su discurso. El histerismo se ha apoderado de mí. Quiero irme, correr, huir. Comienzo una carrera atravesando todas las calles a gran velocidad. Los coches dan bruscos frenazos a mi paso a la vez que tocan el claxon con contundencia. Tras un largo rato, me desplomo fatigado a un lado de la acera.
La calle está muy transitada. La gente está paseando a pesar de ser una fría noche. Algunas personas se detienen a mirar diversos escaparates. Sin darme cuenta, yo he caído delante de uno de ellos. En poco tiempo, de la tienda sale un hombre que acusándome de estorbar, me comienza a empujar unos metros más lejos. Me desplazo como puedo por el suelo, mientras los transeúntes me observan.
En mi nueva localización, la gente ya no me mira, pasa por delante sin percatarse de mi situación. Tan sólo un perro parece haberme visto, pero la dueña, mientas conversa por móvil, no deja de tirar del animal. Caigo dormido con una profunda desilusión.
Me despierto ya por la mañana. El suelo, a pesar de su dureza y suciedad, me ha acogido con el amor de una madre. Hace un gran día. Me incorporo como puedo, me ajusto la camisa lo mejor posible y marcho a comprar el periódico. Al llegar al quiosco, el dueño me saluda amablemente y me regala un ejemplar del diario del día. Asombrado por la actitud, me dispongo a leer los titulares principales: Los empresarios y mandatarios capitalistas obligados por ley a ir a la cárcel al estar acusados de importar capital financiero del tercer mundo y expulsar capital humano del país. Un colectivo de estudiantes se revela contra la droga realizando un estudio en profundidad sobre la capacidad alienadora de la misma. Se juzgan a los banqueros por estafa legalizada. Se destinan el total de los beneficios de las transnacionales a acabar con la pobreza en el mundo. La educación, el punto fuerte del país. La monarquía y los privilegios son abolidos en el mundo.
Sobresaltado por el ruido de una sirena, me despierto y advierto que estaba delirando. Me observo y miro a mi alrededor. Sigo tirado en el suelo. Me duele la espalda y apenas puedo moverme. El ruido proviene del colegio que el día antes había visto. Junto a mí, un vendedor ambulante se prepara para ofrecer periódicos a la gente. Me acerco algo más a él, arrastrándome, y sin que se de cuenta, le quito un ejemplar. Entonces miro en portada: España gana el mundial. |