FotografíasPor : Franc C. Joanna cogía su taza de café con ambas manos, intentando absorber cada gota de calor que desprendiese la cerámica; el son de su voz se mezclaba de manera estresantemente matutina con el murmullo de los pasadizos de la estación de Verdaguer. A su vez, Scarlette iba y venía detrás de la barra, poniendo el primer carajillo del día a Don Aurelio y los solos de distintos tipos de gente, que se acordaban de su necesidad cafeínica entre metro y metro.
-Sinceramente, no tengo ni idea de cómo aguantas. Yo ahora mismo estoy completamente muerta de sueño y tu entras. –hablaba Joanna, tras un largo sorbido-
- Bueno, no te creas; sí que es cierto que los días que quedamos en el Cloop son algo más duros, pero no hay tiempo ni para pensar, casi. Justo al entrar, a las siete, es cuando empieza todo cristo a moverse en el metro y vamos tan follaos que no te das cuenta ni que estás cansada. Luego, poco a poco cuando ya hay menos gente, sobre media mañana, ya vamos más con la calma. Además con el volumen de excéntricos por metro cuadrado que tenemos no hay para aburrirse. Y una, no sé, una se acostumbra, no te creas.
El ruido del aparato al colgar el teléfono fue como una pequeña bofetada que devolvió a Álex por unos momentos a la realidad. La alienación había durado tan solo unos instantes, una eternidad momentánea a la que se había resignado sin esfuerzo añadido. Álex siempre le había reprochado ese conformismo que parecía llenarle las venas de zumo de manzana y robarle toda aquella zona del alma que amenazaba con sentir cualquier tipo de emociones. De manera que, al sentirse secuestrada, optó por participar en su propio rapto hacia un mundo extraño de pensamientos propios y emociones no tan distantes.
Álex recibió su llamada desde Islandia, y casi ni se dio cuenta de que el cigarro que tenía en la mano se consumía lentamente. Una voz lejana lo estaba acusando. Una voz lejana de mujer que le resultaba familiar. Aquella voz femenina familiar y lejana se sentía a gusto con su declaración. Álex no esperaba ninguna respuesta ni reacción por su confesión, porque sabía que no la habría, era una simple llamada informativa. Informativa y magníficamente neutra.
El ruido del aparato al colgar el teléfono fue como una pequeña bofetada que devolvió a Álex por unos momentos a la realidad. Miró la ceniza que se había extendido por su mano y, en gran parte, por el parqué. Y en ese preciso instante la lluvia acariciaba la ventana; una lluvia que hacía el amor con las luces nocturnas del barrio; una lluvia que mezclaba todo sonido (como una voz y aquella trompeta que sonaban a lo lejos) en una macedonia gris; esa misma lluvia le hizo sentirse inmensamente feliz.
En el mismo instante, en un rincón de la noche, Álex trabajaba bajo la lluvia con su parca fluorescente de trabajo, barriendo la esquina pelairondasantantoni, con Frank Sinatra en el walkman de su hijo cantando Down Town. Un momento más a la izquierda, Álex y Álex, que se habían conocido sólo unos segundos antes por compartir parada del bus en la que cobijarse y habían intercambiado sonrisas, conocieron a Álex, que había tenido la misma idea que ellos respecto a la utilidad de la infraestructura del transporte público bajo la lluvia. Unas calles más arriba, el aliento de Álex, empeñado en oler a alcohol, se esparcía humeante mientras su dueño encogía sus hombros buscando un portal apetitoso. Y entretanto, 7 calles, 2 plazas y 1 avenida más tarde, la gente del Cloop empezaba a llegar al piso76metroscuadrados de Álex y, de alguna manera, también de Álex.
Era la tercera vez que subía el dedo hasta el botón del timbre. Era la tercera vez que vacilaba. Dios. No sabía por qué estaba tan nerviosa. Total, iba a encontrar a un hombre que ni sabía que existía, que muy probablemente no le importaba y que por supuesto no se parecía en nada a un padre en el sentido que había soñado de niña. Pero, coño, no sólo quería, tenía que conocerle. ¿Cómo podía no sentir una curiosidad infernal, ver a quien debía una célula? Quizás luego se decepcionara, en el fondo le daba igual. Era más por ella que por nadie más, para estar tranquila, le daba igual lo que se encontrara, le daba igual. Mentira. Claro que quería que la recibiera bien, y que llorara y que la abrazara, y que le hablase. O quizás que estuviera muerto. O ciego. HIJODEPUTA. Bufff. Oyó una voz lejana y se sobresaltó. Sólo era alguien cantando. Dios, tenía que tranquilizarse. Era la cuarta vez que subía el dedo hasta el botón del timbre.
- Buenas. ¿Adónde vas a éstas horas tan oscuras?
- No sé. –sonríe- ¿Adónde irías tu si fueras yo?
- Si fueras yo irías a tomar algo dorado por ahí con una chica maja que conociera por la calle con alguna conversación naranja y soltura. Y si yo fuera tu me vestiría de blanco y salvaría vidas grises.
- ¿Sabes que pasa? –dice sonriendo- Ya tuve una época en que salvaba vidas. Una época blanca, cierto. Pero una mañana me desperté y me di cuenta que vestía de verde oscuro como esos ojos –pausa y sonrisa- de modo que tuve que abandonar esa vida por otra más azul.
- Pues es una pena, porque de blanco y con esas ideas tan claras iluminarías caminos, no?
- Bueeeno, no sé, a veces. Mira, ¿ves ése hombre del otro lado de la calle, de marrón y plateado?
- Eeuuu, ¿El que lleva la boina?
- Éxacto. A ése lo salvaría con sonido.
- ¿Sí, tu crees? ¿Y eso?
- ¿Ves cómo anda? Eso es porque usa el andar como una herramienta y no goza. Si ordenas el tiempo de arriba a abajo y de izquierda a derecha escuchas una melodía. -...- shhh, escucha, a ver si la oímos...oyes?
De hecho creo que ninguno de los que estamos ahora vio nacer al Cloop, es curioso. Es como una especie de espíritu que aporta la noche de la ciudad y que se ha ido transmitiendo de mano en mano. Dependiendo de quien la formara, de un modo u otro, evoluciona, como evoluciona la noche y como evoluciona la ciudad. Cuando yo llegué no sonaba nada como estamos sonando últimamente. Eso está bien, un poco es como si una especie de voluntad abstracta usara nuestras personalidades para mostrar la suya, y ésta fluyese y se moldeara según lo hacemos sus huéspedes carnales.
Los minutos pasaban y a menudo lo hacían rozando con agresividad el papel de las paredes del piso de Mujer. El papel de las paredes del piso de su hija, en realidad. Una larga historia. Haría cosa de media hora que se había marchado la asistenta social, y todavía podía oler el perfume de aquella alegre mujer; quizás era el único sentido que había mejorado con la edad, el olfato. O por lo menos así lo creía Mujer. Abrió un par de dedos la ventana para oler la lluvia, aunque fuera de noche, aunque hiciera frío, aunque hubiese sobrevivido a su hija, aunque era hora de irse a la cama y aunque tuviera que apartar las cortinas des de la silla, con las manos en compañía de ese temblor tan poco agradable. Como cada noche, se iba a dormir pensando que quizás no despertaría, casi deseándolo, de manera que, si era la última noche, quería llevarse consigo el olor de la lluvia fresca.
Entró algo de aire nuevo y fresco y húmedo y Mujer cerró un poco los ojos inconscientemente, cediendo el protagonismo al olor del moho mojado bajo los tejados. Qué lindo, pensó. Qué lindo sentir este olor, en este momento. La invadió una extraña sensación de placidez como hacía muchos años que no sentía; se sentó casi sin querer, dejándose llevar por la tranquilidad del sonido intermitente de la lluvia; se la había esbozado un perfil de sonrisa tranquila en unos labios inertes desde hacía un tiempo, aunque el tiempo dejó de preocuparla hace ya mucho. Sentada ya, y con los ojos cerrados, breve sonrisa. Mujer notó como su cabeza se balanceaba, como siguiendo una melodía lejana, rítmica y sin embargo armoniosa, dulce y familiar. Lejana. Y poco importaba ya, Mujer moría con una sonrisa en los labios.
Era la noche perfecta para una de las reuniones del Cloop; esa media lluvia constante y regular (y ¿por qué no decirlo?, también algo cómplice) escondería las quejas y destacaría la melancolía. Cuando llegó el último (que, como siempre, fue Álex) fueron subiendo hacia la azotea del edificio. No tenía nada en particular, excepto que muchos edificios de la zona estaban orientados como para ver lo que sucedía en ese edificio. Y además estaba ese estupendo porche construido con todo tipo de basuras y materiales reusados y rehusados. Tres bombillas amarillentas de 80W cada una convertían el porche en una burbuja en medio de la noche.
Entre risas, comentarios, y alguna que otra escala, 13 personas se movían debajo del porche de aluminio, poniendo a punto sus herramientas. En un rincón observaban unos enormes ojos negros los preparativos de la velada, mientras las manos del mismo cuerpo se agitaban nerviosamente por no tener nada que hacer. ‘Joanna! ¿Puedes ayudarme un segundo con esto?’ gritó Abdullah (platos) mientras sacaba su segundo plato de la maleta para ponerlo en la mesa. Una vez estuvo la mesa montada con la ayuda de esos ojos negros, Abdullah (platos) alzó la voz al azar para pedir un momento de silencio.
-Bueno, a ver, perdonad un momento todos; seguid haciendo vuestras cosas si queréis, pero si podéis mantened una oreja abierta. Bueno, en primer lugar buenas noches a todos de nuevo, especialmente a Sergio (trompeta) y su trompeta, que hacía tiempo que no les veía y me alegro que vuelvan a estar por acá. A ver que tal va –Sergio (trompeta) asintió, sonriendo honestamente-. Quería presentaros a alguien. No sé si os acordáis que os dije que tenía una sorpresa para el Cloop. Pues bien, ésta es Joanna (voz) y lo sorprendente de verdad es su voz, hay que oírla rapear y cantar para comprender la perfección. Somos amigos desde hace bastante tiempo y creo que puede salir todo bastante bien. Y en fin, de momento nada más, sólo que espero que te sientas a gusto aquí, Joanna (voz), y que podamos pintar el aire de la ciudad todo cuanto nos deje la lluvia.
Joanna (voz) saludó de manera estándar a los once que compartían porche que no conocía, y aprovechó, inconscientemente, para perturbar con su belleza tanto a Pau (caja flamenca) como a Nicole (saxo).
Si el barro fuera gris se parecería a la nube sólida que tenía Álex en la cabeza cuando empezó a percibir el mundo real. Algo parecido a tenue luz diurna entraba como podía entre las cortinas, golpeando las baldosas estridentemente. Ni siquiera se acordaba del día que era, dios, recordaba frases divertidas de la noche anterior, risas y todo teñido de colores cálidos y una reverberación excesiva. Álex todavía no había despertado, de modo que siguió tumbada un largo rato y cerró los ojos con la intención de pestañear lentamente. No conseguía encontrar en su memoria una secuencia continua, sólo fotografías con banda sonora. Como un pase de diapositivas. Un sonido de cristal roto. Y música de fondo todo el rato.
- ¡¡Apartaos!! ¡¡Apartaos, joder!! - gritaba Álex dentro de su cabeza. La calle Portaferrissa estaba completamente abarrotada de gente con helados y risas, gente con helados y risas que Álex esquivaba tan rápido cómo podía corriendo hacia el otro lado de Via Laietana. Joder, joder, puto Álex, quién la mandaba a él? Hacía ya tiempo que lo veía venir, pero por qué tenía meterse en ese pollo precisamente ahora? Al Álex lo conocía ya, pero no había sabido de él desde el suicido. Ojalá lo hubieran pillao ya con algún encargo, pero que va, es el típico que lo tiene todo bien montado para que caiga todo el mundo antes que él. Dios, y tiene que ser mi hermano el que se meta en el fregao otra vez. Por fin la Catedral, aquí es mucho más fácil correr. Cruza Laietana. Sin pararse. Sin mirar. Al otro lado, tras un salto, rodea una furgoneta demasiado rápido para poder pararse, justo antes de chocar con las figuritas de cristal hinchado de Antonio, dispuestas encima de un pañuelo para ser vendidas al módico precio de 10 euros las pequeñas, 15 las mayores, hechas especialmente para cada cliente. Ideal para un regalo, señora, compre una grande y le regalo un pareo. Demasiado tarde.
Álex decidió que aquella noche era buena para vender, los jóvenes del tejado volvían a tocar, así que la gente estaría animada. Además, había empezado el calor y al haber llovido se estaba fresquito en la calle. A ver si conseguía algo de dinero para pasar bien esta semana, que ya toca. Mira qué piso, por dios, parece la casa de un pordiosero. A mi edad. A ver si me espavilo.
Metió en el fondo del carrito el hornillo, junto al gas. Tras una capa de papel y trapos para amortiguar, bien envueltas algunas de las figuritas ya hechas que no había vendido, al fondo los cuencos, luego los jarrones y dentro de estos las figurillas de soles y animalillos. Y encima las herramientas. El tubo, los guantes, ¿dónde están los palillos? Vaya hombre, dónde los habré metido, estarán en el desván desde anoche, voy a ver. Álex estaba yendo hacia la cocina a buscar el palo de abrir la trampilla cuando sonó el timbre, un toque corto, y luego un toque algo más largo. Dios mío, ¿quién será?
Lo cierto es que había generado cierta expectación a su alrededor y, mientras se ultimaban los últimos preparativos, Abdullah (platos) quiso darle pie a un golpe de efecto: sin que nadie se percatase, dentro de una jauría de pruebas de sonido y afinamientos, poco a poco fue subiendo el fade del plato derecho, revelando así lentamente un ritmo quebrado muy suave; iba engullendo todos los otros instrumentos del porche, y Álex, Álex y Álex estaban a punto de preguntar qué coño estaba haciendo cuando la voz de Joanna destruyó el tiempo y el espacio, la vida y el arte, el lenguaje y el sexo y dejó que todo fuera nada y nada tuviera respuestas para todas las preguntas que ya ni siquiera merecían existir... y todo fue blanco...
El sonido del bajo (Aritz) fue como una pequeña bofetada que devolvió a Álex por unos momentos a la realidad. Habiendo vuelto al mundo con suelo y cielo, el bajo (Artiz) la daba profundidad y Abdullah (platos) fue sustituyendo el ritmo por un paisaje más complejo y mucho más pleno, que fundiéndose con la voz (Joanna) quiso desplegar alas y volar entre los edificios acariciando las ventanas de las que saliera una tenue luz. Sergio (trompeta) entró por la puerta de atrás del sonido con una sutil y generosa sensualidad, a la vez que la canallería de la caja de Pau mantenía el conjunto atado a lo salvaje del asfalto, y luego fueron Scarlette (flauta travesera) y José (voz)... y poco a poco el barrio se llenó de un humo blanco que se mezclaba con las gotas de la lluvia, gotas que pintaban la ciudad de colores cuando se disolvían en los alféizares. |