Historias de un arquitecto de vidasPor : Andrés E. Se abren las puertas. Y la gente empieza a bajar las escaleras del vehículo. Los viajes en autocar son cansados y llegar al destino siempre reconforta. Y yo siempre les espero. Siempre estoy allí. En la parada de la estación de mi ciudad. Observando. Retratando. Procurando plasmar cuantas vidas pueda en unas cuantas hojas de papel en blanco y con la ayuda de un lápiz, siempre con la punta afilada, buscando su próxima víctima.
De ellos sólo sé de donde vienen y a donde llegan. Es suficiente para decir quienes son. Unos vienen solos; otros en pareja; otros en grupos. Unos llegan con una bolsa; otros con cinco maletas. Unos llevan traje; otros una camiseta gastada. Unos parecen cansados; otros parecen que se coman el mundo. No hay dos iguales y no hay uno aburrido.
Yo, mientras tanto, sigo escribiendo. Ellos sólo cogen el equipaje y saludan a los que (casi siempre familiares) vienen a recogerles. A partir de aquí todos están en su casa. O en la mía. Cruzan la puerta de la estación y se trasladan a mi cuaderno.
El hombre que viajaba sólo y con una cartera vuelve de ver a sus hijos, que ahora viven en otra ciudad con su madre. El divorcio fue el inicio de sus problemas y ahora no sabe como encauzar su vida para recuperar algo de monotonía, que, al fin y al cabo, es lo que le mantiene con vida.
El chico con el pelo largo y con una mochila viene del concierto que durante meses estuvo esperando. Una vez acabado, ha de volver a su casa, y, mañana, ir a trabajar para sacar adelante a sus hermanos pequeños mientras su padre esté en algún rincón de la ciudad con una botella medio vacía o medio llena en la mano. Para él, medio vacía.
La mujer de vestido elegante y aspecto cansado ha estado los últimos días en la costa, en una boda de un familiar, rodeada de falsas sonrisas, deseos vacíos y trajes caros.
Estas son mis historias. Tristes en la mayoría de los casos. Pero no importa, por que al salir de la estación, la realidad me invita a contemplarla en su entera desnudez, sin disfraces ni ideales de un modo de vida que no existe. Creo que es la mejor definición de mi ciudad que se me ocurre. Ahí fuera puedes ser un mendigo, conductor de autobús, o un ejecutivo de una gran empresa; pero siempre serás tú. Y los demás sólo serán una masa indefinida de la que hay que estar advertido; y protegido. Curiosamente, la mejor forma de protegerse de la gente es formar parte de ella, mezclarse entre ella.
Y es lo que hago, pero yo voy más allá. Yo me mezclo entre la gente, formo parte de ella. Pero, además, yo me convierto en la gente misma. Quizás podrá decirse que es la gente la que se convierte en mí, pero lo que importa es están ahí para mí.
Yo sólo pretendía entretenerme, evadirme, protegerme; inventar historias y gastar algunos cuadernos. Sin embargo, ahora he perdido la cuenta de los días o meses que llevo haciéndolo. Me acostumbré y se convirtió en mi creación. Por eso llegué a la conclusión de que tan sólo soy un arquitecto. Un arquitecto de historias. Historias que son vidas, o vidas que son historias. Yo edifico, construyo, levanto bloques de expresiones y gestos.
Pero creo que a la gente no le gustó mi creación. Los que me conocían me veían cada vez menos. No les decía a donde iba, tan sólo que no podía quedar o que me llamaran otro día. Es posible que estuviera varias semanas sin ver a los que tienen más cosas en común conmigo. Les abandoné por otros desconocidos de los que sólo se de donde vienen y a donde llegan. Estar más a gusto entre desconocidos que entre los tuyos puede ser una señal de que las cosas no van del todo bien.
Mi madre leyó algunas de mis historias. Supongo que le preocupó que no hiciera más que escribir cosas disparatadas. Al cabo de las semanas fue una obsesión, por lo tanto, mi madre decidió que esto debía acabarse. Pero yo no estaba de acuerdo. ¿Por que tenía que dejarlo?. Sólo me estaba protegiendo. Eso, de momento, no es un delito. Sin embargo, mi destino fue el de los que cometen delitos. Me encerraron en un psiquiátrico. Oí algo de esquizofrenia. Imagino que se referían a mí. Tampoco me importaba realmente, por que ahora no necesitaba ningún lápiz de punta afilada para evadirme. Ahora estaban en mi cabeza. La ciudad era mi mente. Aquellos edificios, aquellas calles, aquella gente, no paraba de ir de un lado a otro. Y así es como las cosas están en orden en la ciudad. Tiene un ritmo frenético, aún en las callejuelas que no dan a ninguna parte y rara vez pasa alguien. Aún así, forman parte de la historia, y no pasan desapercibidas para mí.
Un día, en el sitio donde estaba recluido, un médico se acercó a mí para hacerme unas preguntas. Ahora no puedo recordar qué me preguntó, pero supongo que sería algún tipo de terapia o tratamiento. La sala estaba llena de doctores, pero sólo uno me hacía las preguntas. En el fondo parecían bastante amigables, aunque uno en estas situaciones tiende a pensar mal de todo.
Mis respuestas a sus preguntas parecieron no ser las adecuadas. Por lo menos las que ellos se esperaban. Dije algo de una ciudad, de una masa indefinida y de construir historias.
Estas sesiones se prolongaron algunos días. Pero una mañana me di cuenta de que algo no estaba bien. Creo que entendía por qué estaba allí. Era mi obsesión. De lo que me estaba protegiendo terminó por invadirme. Ni siquiera era yo mismo. Creaba historias sin tener una propia. Era un arquitecto sin casa. Lógicamente, traté de reaccionar y intentar recuperarme, lo que significó que mis respuestas a los doctores cambiaron. Abandoné mi obsesión anterior para intentar hacerles caer en la cuenta de mi cambio. Al poco tiempo decidieron que podía salir por las tardes un par de horas para dar una vuelta o lo que quisiese, con la condición de que si recaía, permanecería allí mucho más tiempo. Así que empecé a rehacer mi vida. Tiré todos mis cuadernos de historias y rompí los lápices. Algunos días llamaba a alguien, y los que no tenían nada que hace ni les daba miedo quedar conmigo me contaban como les iba la vida y me preguntaban por la mía. Creo que hablar de mi vida fue lo que más aceleró mi recuperación. Ya no tenía que evadirme, ni protegerme, sólo trataba de vivir. Y pareció que lo conseguí en no mucho tiempo. Casi todos los meses, los doctores aumentaban el tiempo que podía estar fuera. De modo que fui recuperando el contacto con más gente y, por supuesto, con mi familia, que últimamente no solían verme más que cuando podían venir a visitarme a mi habitación.
Ahora la ciudad se veía de otra manera. Era la misma y era diferente. Seguía siendo una masa indefinida de la que uno forma parte, pero ahora disfrutaba caminando por las calles anchas del centro de la ciudad, hablando con algún amigo de cosas normales.
En pocos meses, los doctores decidieron que ya no tenía que volver allí. Era una noticia buenísima. Significaba que era momento de darle el último y definitivo empujón a mi vida, y entender la ciudad como mi casa y no como un lugar exterior y agresivo.
Un día, en un bar, alguien me reconoció. Era alguien que yo había visto en la estación bajando de alguno de los autobuses que llegaban. Alguien que se sentó a mi lado, esperando a que vinieran a recogerle, mientras yo escribía. Me pidió un cigarro, pero yo no tenía. Era una de esas personas que sólo necesita pedirte tabaco para iniciar una charla filosófica de la que no puedes escapar sin ser maleducado. Me contó prácticamente todo su viaje. En aquel momento eso era peor de lo que él pensaba, pues no necesitaba que me contara su viaje. Yo solo me lo imaginaba. Así que cuando me reconoció en el bar le saludé pero traté de dejarle claro que estaba con unos amigos y no podía pararme a charlar con él. Evidentemente no lo entendió. Decidió que era el mejor momento para preguntarme por mi vida. Le respondí de la forma más tópica que pude pero siguió preguntando. Me estaba resultando bastante pesada la situación. Entonces me pregunto que si seguía escribiendo en la estación. Aquello no lo soporté, pensé en todos aquellos cuadernos y en los lápices afilados. No reaccioné de la mejor manera posible, eso está claro. Empujé al hombre contra la barra, arrastrando a tres personas apoyadas en ella. El estruendo sonó en todo el bar. Algunos me miraban sobresaltados, otros salieron sin decir media palabra. El camarero se me acercó furioso. Intentó echarme del bar, pero no me dejé. La insistencia del hombre acerca de mis historias me había echo recordar lo que me había vuelto loco. Al final el conflicto acabó solucionado por la policía, que acudió por la llamada de alguien que estaba en el bar cuando perdí los nervios. Entre mis amigos y yo pudimos convencer a los agentes de que yo tan sólo me había defendido. Afortunadamente, el hombre que me conocía había salido del bar indignado y corriendo, por lo que no pudo negar mi versión de la historia. Creo recordar que este ha sido el único incidente en el que me he visto involucrado (por decirlo suavemente) desde que salí del psiquiátrico. De no ser así, probablemente hubiera vuelto a él. De hecho, creo que a partir de entonces huía de los posibles enfrentamientos que pudieran surgirme. No era muy valiente, pero era bastante prudente. Pero por lo menos sabía que mi vida se centraba en eso mismo, en mi vida.
Aún así, mis amigos decidieron ayudarme planificando un viaje. Lo cierto es que sí me servía de gran ayuda abandonar por unos días la ciudad que había sido testigo de toda mi enfermedad para conocer otros lugares de los que habíamos sido privados al nacer. Eligieron un lugar de la costa. Realmente el lugar me importaba poco. Aunque a mí nunca me había llamado mucha la atención la playa, (estaba claro que lo mío era la ciudad) el sitio resultó ser bastante interesante. Bañarse en el mar por la noche, cuando ya nadie lo hace, en compañía de dos o tres buenos amigos, es una de las experiencias más divertidas y agradables que puede haber. La sensación de libertad que te invade es inconmensurable. Ya ni siquiera me acordaba de mis historias.
Durante bastantes días y noches visitamos lugares y conocimos gente. Entre esta gente se encontraba una chica que me atrajo nada más verla. También estaba de viaje allí con unos amigos. Acababa de terminar el curso y aprovechaban los días más calurosos del verano para salir de su rutina. Su grupo y el mío empezaron a salir juntos, aprovechando los conocimientos que todos teníamos sobre los mejores sitios a los que salir por aquella ciudad de la costa. La chica también se mostró interesada en mí. Creo que estos fueron algunos de los días más felices de mi vida. La chica y yo acabamos por ser amigos íntimos. De haber vivido en la misma ciudad puedo asegurar que hubiéramos acabado saliendo juntos. Mis amigos y los suyos se las arreglaban bastante bien para dejarnos solos en numerosas ocasiones. Lo cierto es que a ella y a mí no nos importaba, y gracias a eso pudimos conocernos bien y, una noche, besarnos en nuestra habitación del hotel. Esa noche la pasamos juntos, aún siendo conscientes de que al día siguiente tendríamos que volvernos cada uno a nuestra realidad. Sin embargo puedo decir que mereció la pena. Nunca había estado tan seguro de mí mismo hasta ese viaje. Terminó por devolverme la vitalidad que mis amigos aseguraban que había tenido siempre.
Podría decir que parte (gran parte) de mi recuperación se la debo a los amigos que me aceptaron sin dudar cuando empecé a salir a la calle tras mi visita al psiquiátrico. Ahora podía volver tranquilo, sin temor a recaer y con la seguridad de que si alguien más me paraba para hablar de algo de lo que me había pasado no provocaría ningún incidente. Por lo menos ese era uno de mis propósitos en lo que decidí llamar el “tiempo de los propósitos”. Era un nombre bastante absurdo, lo reconozco, digno de alguna serie cursi de la televisión, pero no se me ocurría nada mejor para expresar mi voluntad de seguir siendo yo mismo.
Las últimas horas en la costa las utilizamos para descansar. Volvíamos por la noche, y durante ese día, estuvimos en el hotel, sin movernos mucho más de lo que nos exigía ir a comer.
Ésta puedo decir que es la última parte interesante de lo que tengo que contar. Lo que me ocurre más adelante no creo que diste mucho de ser lo que le ocurre a casi todo el mundo durante su juventud. Lo que no cambiará nunca será la atracción que me inspira la ciudad que me vio crecer; en la que me volví loco; en la que me recuperé; en la que tuve la suerte de tener gente que se preocupaba por mí; en la que tuve la fuerza de voluntad suficiente para romper con todo lo que había sido hasta ese momento y, por último, en la que conté mis historias. Si digo la verdad, dudo que alguna vez llegue a olvidarme de esa estación y de esos autobuses, y de ese hombre que volvía de ver a sus hijos o de aquel chico que había estado en un concierto, o de la mujer que volvía de una boda familiar. Esas vidas podrían haber sido verdaderas. Por eso, si las mantengo en la memoria, es como parte del pasado, como algo que creo que es conveniente recordar para que no me vuelva a suceder lo mismo en el futuro. Un futuro que, como ya he dicho, no difiere mucho del de la mayoría de chicos de mi edad.
Aún así, me queda una última cosa por contar, algo que sí mencionaría antes de acabar, referido al viaje a la costa con mis amigos, o mejor dicho, al regreso de ese viaje. Llegamos a la estación, y, al bajar, vimos a un hombre sentado en uno de los bancos con algo en las manos. Recogimos nuestras maletas y al cruzar la sala tropecé con aquel hombre, tirando al suelo lo que tenía en las manos. Era un cuaderno, y, un poco más allá, un lápiz de punta afilada rodaba. El hombre pareció enfadarse, pero yo no le di más importancia. Justo cuando salíamos por la puerta el hombre gritó algo que apenas pude oír.
-¡Tenga cuidado con mis historias! – dijo. |