02. 09. 2008 a las 23:44

“…vivir únicamente el momento presente, entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la luna, de la nieve, de la flor del cerezo y de la hoja de arce [...], no dejarse abatir por la pobreza ni permitir que se trasluzca en el rostro, sino flotar a la deriva como una calabaza en el río. Esto es lo que llamamos ukiyo“.
Asai Ryoi, Leyendas del mundo flotante. 1665.
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Ukiyo-e. Imágenes de un mundo efímero. Grabados japoneses de los siglos XVIII y XIX de la Bibliothèque Nationale de France. Hasta el 14 de septiembre. Entrada libre. La Pedrera. Barcelona.
(La Gran Ola de Kanawa, de Hokusai, es para Claudia. )
07. 08. 2008 a las 02:00
Como su padre ama el cine clásico. Su película favorita, que ve cuando llega a casa, es la única fuente de su educación sentimental. Quizá hayamos visto alguna más, pero eso mismo nos ocurre a casi todos. Bueno, yo acabo de salir del cine, como dice un cronista que sabe de esto, con “el estómago encogido de nervios”. Seguramente sea porque he visto un clásico. Y me acabo de enamorar.
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Lo cuentan mucho mejor, aquí.
01. 08. 2008 a las 01:25
Nunca, nadie, jamás, la cantó mejor. Ni siquiera ella.
23. 07. 2008 a las 10:57
Cuando descubrí aquella librería en la orilla izquierda del Sena no podía creer que en París pudiera seguir existiendo una comuna circulante de aprendices de escritor, que ansiaban ser literatos y dormían en camas enterradas entre libros polvorientos. París era una fiesta y, mientras lo leía, descubrí que ochenta años atras una chica americana llamada Sylvia Beach había creado aquella tienda, llamada Shakespeare & Company, donde Hemingway cogía libros prestados y Joyce publicó su Ulises.
Después volví muchas veces. La última pasé dentro dos días enteros. Conocí a George Whitman, su propietario, y a su hija Sylvia Beach, bautizada así en honor de la mítica librera. Hoy la nueva Sylvia se hace cargo de la tienda. Ya no huele tanto a humedad ni a gato como cuando sólo el anciano George imponía allí su desorden. Pero merece la pena pasearse un rato por ella con calma, como quien se pasea por los capítulos de una novela.
* El artículo entero, en ADN.es. Y todas las fotos.
20. 07. 2008 a las 13:14
Monty Python’s Flying Circus. Un sofá. Un abrazo. Y quedarse dormido.
19. 07. 2008 a las 01:22
Lamen pilas y, después, se miran las uñas de los pies a ver si se les van recargando las baterías. A veces los dedos de sus manos se convierten en cañones que disparan, pero no suelen hacer daño. Es difícil que nadie les entienda si les sorprenden hablando con la maquina de las cocacolas o escondidos en la caja del reloj de pared. Pero sólo están buscando la misión para la que fueron diseñados. Su apariencia es frágil pero su fuerza, increíble. A veces les entra miedo a oxidarse y se estropean. Entonces sólo necesitan un electricista que averigüe donde está la tapa, el lugar donde se abren. Y allí instale con cuidado el dispositivo que les suministrará miles de voltios. El artilugio puede ser muy sencillo. Suele ser suficiente con un megatrón de arroz.
Entonces son felices.
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I’m a cyborg, but that’s ok. Park Chan-wook. Estreno: julio de 2008. (Sólo dos años tarde)
22. 06. 2008 a las 21:35
Va de crecer. Sigo en ello. Igual que entonces. Y nunca me he aburrido.
Gracias 
13. 06. 2008 a las 23:03

Mientras me acercaba pensaba cómo pedirle que estampara su firma en uno de mis ejemplares de sus viejos libros. Podría haberle dicho también: “Dios, cómo le admiro”; que es lo que él se imaginó que le decía a Salinger dentro del libro que yo ahora extendía ante él disculpándome torpemente y sonriendo más torpemente aún.
No se echó a bailar, ni a reír, ni cruzó desesperado las casetas con el libro en la mano disfrazado de joven asesino para refugiarse entre los setos cercanos a la fuente. Tampoco me contestó: “Yo no soy Salinger”, que es lo que imaginó que Salinger le diría, dado que para eso llevaba décadas preservando su intimidad. Ni siquiera me dijo: “Yo no soy Vila-Matas“, haciéndome vivir una situación de absoluto bochorno que me hubiera hecho correr a mí para intentar comprender; con un ejemplar del Babelia sobre la cabeza a modo de sombrero, que siempre es buena excusa escribir en un periódico para no escribir nada.
Claro que, si hubiera sido así, podría haber yo aprovechado la situación de absoluta confusión para pedirle un autógrafo al admirador que había tras de mí y decirle: “Caballero, le amo. Todo se ha estropeado hoy y sólo se me ocurren majaderías para conectar con algún ser humano. Pero es totalmente verdad que le amo. Ha sido un amor a primera vista. ¿Sabe usted que va a pedirle un autógrafo al escritor más raro del mundo? Mi tarjeta. La escritora más rara del mundo soy yo, porque no escribo. Pero también lo es ese señor que está sentado detrás del mostrador. El mismo que se ha negado a firmarme un autógrafo porque dice que no se llama Vila-Matas. Puede llamarme miss Bartleby”.
Entonces Vila-Matas, perfectamente educado y (me pareció) aún más tímido, dibujó un señor con sombrero; que es lo que yo siempre (además de una mujer fatal) quise ser: un joven vestido de negro con pinta de asesino y sin un franco en el Deux Magots del París anterior a la guerra, armado de una pluma lacada o un lapicero por si Hemingway se dignaba a prestarme el sacapuntas. Y pasar la mano por la primera página de un cuaderno nuevo mientras aspiraba hondo el olor a buena suerte del mármol recién fregado.
El señor de pelo cano y sin sombrero me devolvió mis libros. En realidad sus libros. Caminé con dignidad aparente hasta la salida del parque. Volví a casa. Mi vieja pluma lacada me miró con desprecio.
11. 06. 2008 a las 00:39

Lejos de tu mundo. Insomnio. Letras. Fragmentos. Que escucho medio dormida por la mañana en el metro y me abren las orejas a patadas. Es el espíritu. Las formas. Lo que hace que la música de Hache me haga desear un vinilo de instrumentales. La generación del estrés. Letras incómodas de Mario, crónicas del suelo, tan aspéras y líricas como la verdad del día. Nos viene bien una dosis de realidad. Me da igual. Cuando hay problemas. A duras penas. Gregory House, trankimazines, record guinness. Ácido bórico en jardines. A veces te quiero. Otras te prefiero serio. Las hormigas. El gas. El pegamento Imedio. Olvidaos de lo que creeis que es el hip hop. Eran otros tiempos. Evolucionar sin caerse como hizo el World Trade Center. Love me tender. Sigo ausente. Puta máquina, no expende. Bajones repentinos, culto a la última de la nevera. Hoy duermo sin prisa. Nadie te esperaría una vida entera. Reflejos en gestos. Falsos novatos. Modestos. Expertos en esto. Los críos no buscan el monumento. Estaba claro. La verdad es sorda. Me río sola. A la mierda el cazarrecompensas. A los hechos me remito. A Madeleine la mató mi rapero favorito. Alguien tenía que hacerlo.
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Alguien tenía que hacerlo. Remote Resource. Lo tienes aquí.
20. 05. 2008 a las 22:22

Hoy vuelvo a pensar en ella. En esa cicatriz que volvió mortal su cuerpo pero no lo destrozó. También en la que aún no es y mañana llevaré cosida sin cuidado. No existe aún, pero recuerda a otra. Si aquella se curó cerca del corazón, no hay de que preocuparse. Mirad las fotos. Sonríe.
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Fotos de Bert Stern de la última sesión de Marilyn, para Vogue. Tenía 36 años. Y una cicatriz.