Bartleby y compañía
Mientras me acercaba pensaba cómo pedirle que estampara su firma en uno de mis ejemplares de sus viejos libros. Podría haberle dicho también: “Dios, cómo le admiro”; que es lo que él se imaginó que le decía a Salinger dentro del libro que yo ahora extendía ante él disculpándome torpemente y sonriendo más torpemente aún.
No se echó a bailar, ni a reír, ni cruzó desesperado las casetas con el libro en la mano disfrazado de joven asesino para refugiarse entre los setos cercanos a la fuente. Tampoco me contestó: “Yo no soy Salinger”, que es lo que imaginó que Salinger le diría, dado que para eso llevaba décadas preservando su intimidad. Ni siquiera me dijo: “Yo no soy Vila-Matas“, haciéndome vivir una situación de absoluto bochorno que me hubiera hecho correr a mí para intentar comprender; con un ejemplar del Babelia sobre la cabeza a modo de sombrero, que siempre es buena excusa escribir en un periódico para no escribir nada.
Claro que, si hubiera sido así, podría haber yo aprovechado la situación de absoluta confusión para pedirle un autógrafo al admirador que había tras de mí y decirle: “Caballero, le amo. Todo se ha estropeado hoy y sólo se me ocurren majaderías para conectar con algún ser humano. Pero es totalmente verdad que le amo. Ha sido un amor a primera vista. ¿Sabe usted que va a pedirle un autógrafo al escritor más raro del mundo? Mi tarjeta. La escritora más rara del mundo soy yo, porque no escribo. Pero también lo es ese señor que está sentado detrás del mostrador. El mismo que se ha negado a firmarme un autógrafo porque dice que no se llama Vila-Matas. Puede llamarme miss Bartleby”.
Entonces Vila-Matas, perfectamente educado y (me pareció) aún más tímido, dibujó un señor con sombrero; que es lo que yo siempre (además de una mujer fatal) quise ser: un joven vestido de negro con pinta de asesino y sin un franco en el Deux Magots del París anterior a la guerra, armado de una pluma lacada o un lapicero por si Hemingway se dignaba a prestarme el sacapuntas. Y pasar la mano por la primera página de un cuaderno nuevo mientras aspiraba hondo el olor a buena suerte del mármol recién fregado.
El señor de pelo cano y sin sombrero me devolvió mis libros. En realidad sus libros. Caminé con dignidad aparente hasta la salida del parque. Volví a casa. Mi vieja pluma lacada me miró con desprecio.
Me gustaría que su vieja pluma lacada dibujara unos trazos incomprensibles sobre las servilletas de un café moderadamente bohemio del Bvd Magenta, especialmente dedicados a mí, el auténtico e inusurpable Bartleby….aunque temo que usted no sea otra que aquella asesina ilustrada, perpetrando un retorcido plan para atraer a una nueva enamoradiza y casual víctima, propiciatoria de estos placeres de tropezar con usted a estas horas de la tarde…merci & thanks
Por cierto…soy ese tipo con un indiscutible parecido al conde Drácula, que esperaba con sus libros (de él), dos puestos atrás de usted en la fila de la feria.
Más que Drácula, lo que eres es un fantasma, Montano.
Me ha puesto las venas como escarpias! Unas fabulosas serendipias me han traido aqui. Este es el libro que Vila-Matas me firmó el día de su conferencia en la Juan March, pero en esta Feria del Libro encontré una preciosa edición de Pre-Textos del Bartleby de Melville que tuve que hacer mía. Y, navegando, me encuentro su post!
Yo no soy artista. Pero he pasado gran parte de mi vida junto a algunos de ellos.
Se les reconoce enseguida, porque no pueden no serlo. Para ellos, expresarse es una necesidad vital irrefrenable. Ellos no han elegido ser artistas. Son capaces de arriesgar todo por un sueño. Su vida, lejos de ser cómoda, es extraordinariamente dura o extraordinariamente bella, según se mire.
De qué habláis?. He oído ya demasiadas veces esa manida excusa de : “yo soy el único pintor que no pinto”, o “el único escritor que no escribo”. Vaya cobardía. Nunca oí a un artista de verdad decir semejante bobada.
Me agota toda esta sensiblería blanda y poco auténtica, camuflada con modos sutiles y delicados. Creo que muchos nos creemos artistas sin serlo; es más fácil decir “soy un escritor raro” y estar frustrado, que dejarlo todo y arriesgar.
La cosa es bien simple: si uno no escribe, pues no es escritor. Así de sencillo. Hay que asumirlo.
¿No os dais cuenta de que es un coñazo ser raro? A vosotros os quería yo ver…