| Cada vez leo, con más asiduidad,
críticas de periodistas especializados que delimitan
con cuatro paredes a la música, y entrevistas a artistas
que hablan de la experimentación como algo banal. Nos
encontramos aquí, ante uno de los grandes problemas
de la música de hoy en día en España:
la falsa limitación musical.
El hip hop es uno de los géneros más
afectados por esta sarna, y es por ello, por lo que nos tropezamos
cada vez con más grupos que suenan iguales. La falta
de cultura musical en el hip hop frena la evolución
de una música tan liberal. Los grupos que se sobreinfluencian,
sin llegar a interpretar o asimilar lo que escuchan, acaban
notándolo en el resultado de sus discos, que no llegan
a desprender ningún elemento o forma que podamos llamar
propia. Estamos hablando del 65% de los trabajos editados
en España. Del mismo modo, la cerrazón de los
jóvenes que escuchan hip hop a oír otras músicas,
influye en ese conformismo persistente al valorar estos trabajos,
que los sellos, por otra parte, editan como churros. Todo
vale, y no debería ser así. Si este género
ha podido beber y nadar de aguas tan preciadas como el jazz,
el funk, el soul o la electrónica, ¿por qué
los “bboys reales” no profundizan en estos estilos?
Pero no queremos parecer ingenuos, si la gran mayoría
del público de hip hop español ni siquiera escucha
a los clásicos, no conseguiremos que escuchen otras
músicas. Así las cosas, sin el conocimiento
musical pertinente es imposible que haya innovación.
Por no hablar de muchos periodistas especializados
que se ven atrapados y desconfían cuando un disco de
hip hop se sale de sus límites musicales. No saben
como encajarlo y se atrancan ante términos como glitch
hop, grime, chip hop o indie hop. Ese miedo que sienten al
encontrarse con un disco que contiene elementos de un estilo
que nunca han escuchado, les obliga a despreciar un trabajo
que en unos años podría ser un clásico.
El lema “dispara primero y luego pregunta”, funciona
a la perfección. ¿Por qué lo consienten
esos medios?, ¿es un complot a favor de la desinformación
musical? ¡Queremos leer a periodistas que nos instruyan!
Al menos, me conformaría con que supieran algo sobre
lo que escriben. Claro, que algún día se darán
cuenta (los medios, digo), o eso esperamos muchos, que corre
más hip hop (cultura, amor y sentimiento) por las venas
de Autechre que por las del 50Cent de turno. Eso y que además,
es más profesional buscar a personas cualificadas,
antes que sortear un disco entre cualquier impresentable de
la redacción que piensa que Autechre es una paradisíaca
isla austriaca. Pero ya será demasiado tarde, no llegaríamos
a tiempo de evitar una catástrofe cultural entre los
fanáticos “bboys reales”, y la falta de
bagaje musical acabará resintiéndose entre los
lectores, que van a despreciar todo lo que no suene a como
está delimitado. Así volveremos al punto final
del párrafo anterior. Pero que no os engañen,
si de algo debemos estar seguros, es que nadie puede limitar
la música. Leíste bien, nadie.
Y aunque éstos intenten negar lo innegable, a la música
no se la puede cerrar entre cuatro paredes. La música
ha sido siempre una acumulación de conocimientos, experiencias
y culturas que ha vagado en libertad, recorriendo un universo
infinito de sonidos y formas, hasta que alguien ha sido capaz
de darle un nuevo matiz, creado a partir de sus propios elementos.
Los cánones no existen. No podemos encerrar a la música
en un baúl, sola con sus recuerdos más antiguos,
acabaríamos con su esencia y sería un genocidio
cultural.
La historia nos demuestra que hasta la música
más clasicista, como por ejemplo el jazz, siempre ha
acabado experimentando a partir de otros sonidos para intentar
tocar un invisible techo musical, aún de la impasible
negatividad de los puristas, los cuales, más tarde,
han cedido ante la obviedad. Sin Louis Armstrong y Benny Goodman
el swing no hubiera transformado al jazz durante el primer
cuarto del siglo XX, sin la aportación de Dizzy Gillespie
y Charlie Parker el jazz no hubiera explotado su esencia negra
gracias al bebop y más tarde al hardbop, sin Ornette
Coleman y John Coltrane no hubiera surgido el free jazz, y
sin Chick Corea, Herbie Hancock y Miles Davis no hubiera llegado
la fusión al jazz. Y lo mismo podemos decir de cualquier
estilo; Paco de Lucía no hubiera firmado discos de
flamenco tan vanguardistas como Siroco y Zyryab sin respirar
jazz junto a Chick Corea, John MacLaughlin o Al di Meola.
Y si no hubiera trascendido la música de los alemanes
Kraftwerk, a quienes Afrika Bambaataa admiraba, quizás
hoy no existiría el electro.
La música necesita experimentar e
innovar para seguir adelante, y en definitiva, necesita vivir
y trasmitir la alegría de la novedad. No la convirtamos
en algo estático, que se tenga que medir por unas reglas.
Démosle la libertad que nos pide.
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